Vivir la fe a través de la familia

    Soy la tercera de seis hermanos, ahora mismo no podría entender la vida sin una familia unida por la fe católica.

    Me dispongo a compartir con vosotros algo que nunca pensé que me pedirían. Me pilló completamente desprevenida, como a cualquier joven de mi edad le hubiera ocurrido, si te piden que cuentes cómo vives tu fe en estos tiempos.

    Al principio me pregunté por qué a mí, pues no es que me haya ocurrido un acto de fe sorprendente en mi vida, pero luego reflexionando, me di cuenta que sí, y ese algo es mi inmensa suerte de poder vivir mi fe dentro de una familia numerosa católica y practicante.

    Puedo decir orgullosa que tengo unos padres maravillosos, que me han sabido transmitir a mi y mis hermanos una fe sencilla, donde cultivar la fe requiere trabajo y esfuerzo, una fe sin ornamentaciones, una fe humilde y una fe donde el dar a los demás y entregarse a ellos es muy importante.

    La familia, en sentido amplio, también abarca a los abuelos y no quisiera dejar de mencionarlos. La vida no me ha permitido disfrutar de todos mis abuelos, pero si de mi abuela materna, la cual me ha transmitido con su ejemplo, enseñanza y su saber que Dios siempre está presente.

    Pero os preguntareis ¿como se vive la fe en familia? Cómo decía Santa Teresa de Calcuta “La familia que reza unida permanece unida”. En mi caso particular con el rezo del Santo Rosario, realizamos una oración que nos acerca mas a Dios y a la Virgen y nos permite asentar nuestra fe a diario.

    A lo largo de mi corta vida, esa fe ha ido madurando, creciendo; En mi infancia, puedo decir que he tenido una fe muy de niña, en la que comencé mi relación con Dios gracias a mis padres, que, por medio del sacramento del bautismo, me iniciaron en el camino de fe. En la medida en que iba creciendo, esa fe iba aumentando, pues con la comunión que pude recibirla acompañada de mis hermanas a edad temprana daba un paso más, para encontrarme más cerca de Dios.

    Durante mi adolescencia, comprendí que esa fe había que explotarla al máximo, y cuidarla como un verdadero regalo. Decidí seguir formándome por medio de grupos de fe, en el que el broche de oro fue el sacramento de la confirmación, donde reafirmé mi compromiso de seguir a Dios. Aunque como todo adolescente, no todo es tan bonito y existen momentos donde la duda se hace presente cómo el rechazo a la oración, el no ir a misa y plantearse la existencia de Dios. Gracias al testimonio de mi familia esas dudas y rebeldías no se me presentaron.

    Una vez que comencé mis estudios universitarios me uní a unos grupos de fe a los que también asisten mis hermanas. La participación en esos grupos me permitió realizar unos ejercicios espirituales, en los que maduré la fe que venía cultivando en etapas anteriores.

    Ahora puedo decir que no entiendo una vida sin fe en Dios. Compruebo cómo esa fe actúa en mí a través de mi familia. Con entrega, alegría, bondad, con ese entusiasmo de pensar que me saca de la cama por la mañana, y me arropa en la noche día tras día.

    Como he dicho antes cultivar la fe requiere trabajo y esfuerzo y para ello debo cuidarla, seguir formándome y aprendiendo y así estar preparada para la sociedad que me ha tocado vivir. En definitiva, la fe me permite aportar mi grano de arena para construir una sociedad menos individualista y egocéntrica.

    Dios se encuentra en todas partes, y sobre todo en la familia, pues como bien dice el Papa Francisco “La familia es un tesoro precioso”, en la que te guían, aconsejan, dan ejemplo, acompañan en este largo recorrido, que es la vida.

    Os invito, para aquellos que aún no habéis empezado, a que comencéis este camino maravilloso de llegar a la fe a través de la familia

    Lourdes López-Herrera Plasencia