La asfixia del diálogo

Soy un defensor del diálogo, pero me doy cuenta, precisamente por eso, que el espacio público actual no lo soporta. El diálogo es algo elevado, que necesita su tiempo y respeto, que obliga a la escucha y preocupación por el otro. El diálogo no son argumentos en el mundo de las ideas, sino encuentros entre personas.

Para el diálogo hace falta mucho más que uno mismo. La asfixia de todo diálogo es la imposición, la impaciencia, la no conformidad con lo propio, es decir, el otro. La auténtica asfixia está en uno mismo, en la incapacidad para poner más mejilla que la primera bofetada, en la falta de incomprensión de la verdad del otro. Cuando la verdad del otro no es escuchada, fácilmente se recurre a la ideología como argumento que lapida todo. No hay atención alguna a la otra persona.

En este confinamiento, que en la centena de días parece que toca a su fin, nos hemos entristecido y llorado poco, nos hemos alegrado y celebrado mucho menos. Han pesado las estadísticas, que nos mostraban muertos y contagiados (veremos si son verdad o no) y nos querían decir, a toda costa, que la gente se recuperaba. Nos hemos alegrado poco, a mi modo de ver, por quienes lo han pasado en precariedad y desde dentro, con la responsabilidad que supone todo esto para ellos.

El diálogo es exigencia, nuestro paradigma es la oración. En ocasiones, caemos en el reduccionismo de tratar el asunto en diálogo con otros, con quienes usar estratagemas y salirnos con la nuestra. En judeo-cristiano, el diálogo es de una persona reconocida como libre precisamente en conversación con Dios, lo Absoluto, el Bien que no deberíamos nombrar por admiración, la persona encarnada a imagen y semejanza. Ante esto, el diálogo se asfixia. En cristiano cabe preguntarse, por qué no callamos ante el prójimo sincero. Es más, por qué seguir anunciando Buena Noticia en medio del desastre, la catástrofe, la barbie. ¿No será mejor “acomodar” posiciones? ¿”Con-formarse, asumir “la forma” y “el rol” que toca, la posición y todo lo demás, y seguir adelante?

La asfixia de todo diálogo es Pedro, que siempre quiere tener la primera palabra. La lectura atenta del Evangelio le delata. Quiere ir por delante, queda detrás. Los últimos, sin embargo, serán primeros. La elocuencia y los buenos deseos de los que quieren “primerear” y “posicionarse” no pocas veces quedan contaminados por sus expectativas. Olvidamos que el diálogo, del que soy responsable siempre, termina siempre que lo doy por clausurado. En todo diálogo exigente e importante, que nos incumbe vitalmente, cabe ser como el amigo que en la noche llama para recibir alimentos o como la viuda insistente ante el juez. Ambos se hacen cargo de una valentía inusitada y una esperanza estridente que se resume en dos palabras: constancia y esfuerzo.

Así dice un gran consejo: “El no ya lo tienes. ¿Qué quieres hacer a partir de ahora?” ¿Ante Dios hay que ser persistente o el diálogo se debe dar “a la primera”? ¿Qué diálogo fecundo se ha exigido? ¿Cuántas veces lo primero ha sido del todo insuficiente?

José Fernando Juan @josefer_juan