El Corazón de Jesús reclama nuestro amor

Celebramos esta semana, en concreto el viernes 19, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, un día en la que la Iglesia intenta unir el corazón de los fieles al de Cristo de un modo especial.

Contemplamos a Jesús doliente, a ese Jesús que, vivo y resucitado, sufre por los pecados de una humanidad que, en ciertas zonas del mundo, como nuestra vieja Europa, se olvida de su amor y de la locura que supone su encarnación y muerte en cruz para reparar los pecados del mundo.

La tradición ha respondido, generalmente con la oración de entrega y reparación, es decir, con las llamadas horas santas, que no son otra cosa que una vuelta a Getsemaní: es un velar una hora con el Señor, que sufre por los pecados de la humanidad, y que nos pide, como a Pedro, a Santiago y a Juan, que le acompañemos. Y nuestra misión es estar con Él, contemplarle y consolarle como consuela con la compañía ante la ineficacia de las palabras.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús subraya siempre la dimensión reparadora por el pecado. Y la adoración al Santísimo es ya, en sí, uno de los actos de reparación que más gustan al Señor, pero no es suficiente. Hay que darle nuestra vida y, como dijo san Pablo, “añadir en nuestros cuerpos lo que le falta a la Pasión del Señor”. Esto es, vivir sacrificialmente: ofrecer nuestros cuerpos como hostia viva y agradable al Señor. Y la Eucaristía, que es comunión de todos en el Cuerpo llagado del Señor, debe llevar a darnos cuenta de que hemos de reparar y expiar nuestros pecados durante toda la vida, pero, ¡ojo!, también por los de aquellos que están llamados a ser uno en Cristo, por la comunión de los bautizados. Los pecados de los hermanos no son ajenos a nosotros. Esto también significa comulgar.

Pidamos al Señor la gracia de conocer el corazón de Jesús, de comprender la necesidad de reparación por nuestros pecados y los del mundo. Porque, para construir la civilización del amor, primero será necesario que se establezca la reparación del pecado. El Amor no es amado. Acabemos con ese sinsentido.

El corazón de Jesús también se nos revela en las Bienaventuranzas, y lo hace de un modo maravilloso. No en vano el Papa Francisco ha reclamado las Bienaventuranzas, en Gaudete et Exultate, como programáticas para la vida del cristiano del siglo XXI.

El corazón de Jesús es Aquel del que brotan las lágrimas en la casa de Betania a la muerte de su amigo Lázaro. Es el corazón que acompaña a los dos de Emaús y les hace arder de amor. Es el corazón que ama al joven rico simplemente con la mirada. El corazón que perdona a Pedro tras las negaciones y le pide, simplemente, su amor. Es el corazón que lucha en Getsemaní, el corazón que perdona al Buen Ladrón, el corazón que grita Tengo sed del amor de cada uno de nosotros. Es el corazón que se siente solo al ver a un solo hombre rechazar su amor. En resumen, uniendo todo lo anterior, es el corazón que nos pide compañía, es el corazón que nos pide reparación, que nos pide oración, evangelización… es el corazón que nos reclama ir por el mundo anunciando que hay una esperanza, que todo tiene sentido, que Jesucristo está vivo y que existe Dios.

Y hoy, este corazón que palpita en la custodia y en los sagrarios, que se comunica en la Eucaristía para poder llegar a todos, es el corazón que quiere que seamos plenos, que se empeña en nosotros, que insiste en que llevemos a buen puerto nuestras respectivas vocaciones, que nos regala un matrimonio, unos hijos, amigos… con paciencia, con verdadera amistad que entrega la vida.

En esta solemnidad del Sagrado Corazón podemos contemplar, al hilo de algún suceso de nuestras vidas, cómo el corazón de Jesús reclama nuestro amor, nos necesita de un modo u otro; cómo tiene anhelo de reparación, de oración, mortificación… que cada uno piense de qué modo puede paliar la sed del corazón de Jesús. El Amor responderá.

Javier Peño (sacerdote)