Sonreír es decirle al otro un «estoy contigo» sin palabras

Una sonrisa genera otra. Es un reclamo que induce a la cordialidad, al acercamiento y a la amistad. La sonrisa del otro, sobre todo si es natural, raramente nos deja indiferentes y, de ordinario, suscita otra. Al igual que el buen perfume, es contagiosa. Lo dice ya la canción: «Cuando sonríes, el mundo sonríe contigo…». La alegría de las personas, su optimismo, su felicidad, se propaga a los demás. Como el fuego, prende con facilidad, alegra y engancha a cuantos están a su alrededor.

Cuando se habla del efecto dominó de la sonrisa, uno no puede menos de recordar las de Teresa de Calcuta y de Diana de Gales y el impacto que éstas tenían en quienes les trataban. Cuantos estaban a su lado quedaban seducidos por ellas. En algunas ocasiones nuestro semblante no es más que una reacción casi instintiva, una mera réplica de la del otro. En estos casos es un gesto mecánico en el que nuestra actitud personal es, más bien, pasiva. No debe ser sólo producto de la química de nuestro cuerpo, sino un acto voluntario de correspondencia, de gratitud y de generosidad para con los demás. Sonreír —así— es amar, es decirle al otro algo así como un estoy contigo sin palabras.

Amor con amor se paga. Responder a una cara alegre con otra del mismo tono, aunque tengamos que hacer un pequeño esfuerzo y nos duela, merece la pena y es una de las mejores muestras de amor que podemos ofrecer a los que nos rodean.

«El mejor regalo que tenemos son los demás» —decía Mae Parreño, una filipina que dirige Batiré, un centro orientado a la inserción de mujeres sin recursos de Brixton, Londres—. Esta frase no dejaría de ser otra más de las que se dicen, si no supiéramos que ésta frágil mujer, además de ser huérfana, inmigrante, trabajadora y madre de familia, lleva 15 años luchando por sacar adelante esa gran obra social y avala sus palabras con una sonrisa maravillosa.

Publicado en Tan_gente por Rafael Sanz Carrera