“Con Misericordia eterna te quiero” (Jr. 31,3)

    Cuando me pidieron escribir un testimonio sobre mi fe tuve dos sensaciones: ilusión y pavor a la vez. Ilusión por poder expresar mi tesoro más preciado y pavor porque, desde un primer momento, quise abrir mi corazón, mi mente y mi ser, y esto es algo íntimo.

    Comienzo mi testimonio orando desde el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu… como hija del Padre, hermana de Cristo y sintiendo ese aliento del Espíritu que me invita a expresar todo lo vivido, lo presenciado y lo oído.

    Mi nombre es Mariema, soy graduada en Magisterio de Educación Infantil y en estos momentos estoy opositando. Tengo 22 años y “soy católica” desde hace 6 años. Sí, habéis leído bien, me declaré fiel a Él con 16 años.

    Desde pequeña, siempre he tenido un interés especial por ir a celebrar la Eucaristía. Todavía recuerdo cada domingo, que dormía en casa de mis abuelos, rogarles que saliésemos media hora o más antes de casa para llegar a la iglesia los primeros. Yo necesitaba llegar y ayudar, y siempre quería ser monaguilla. Solíamos ir a la iglesia de los Carmelitas Descalzos y creo que, indirectamente, aquí nació mi especial interés hacia Sta. Teresa de Jesús, siempre presente a lo largo de mi caminar, junto con la Virgen del Carmen.

    He amado, amo y espero seguir amando la vida. Doy gracias diariamente a Dios por este gran regalo, por lo bueno y lo menos bueno…porque, en las diversas circunstancias que he vivido, en los momentos debilidad, Dios me ha hecho fuerte. Fuerte en Él, con Él, desde Él…y con sinfín más de preposiciones.

    Estoy complemente segura que, en el Colegio donde estudié Secundaria, Dios quiso que me encontrara con un profesor sacerdote que me invitó a participar en unas convivencias pertenecientes al Plan Diocesano de Animación Vocacional (PDAV) de nuestra Archidiócesis de Mérida-Badajoz. Siempre cuento que yo iba en el modo en que vamos muchos en esa edad, es decir, a conocer gente. Pero hay preguntas que, en algún momento de nuestra vida, nos hace alguien y que siguen resonando en nosotros con el paso del tiempo. Tenía 12 años cuando me preguntaron “¿A qué vienes a esta convivencia? Nunca pensé en lo trascendental de esta cuestión. Hoy, siendo monitora del PDAV y catequista en los grupos del colegio donde cursé Bachillerato, Sagrada Familia, también yo hago esta pregunta a los niños y jóvenes para que intenten encontrar sus respuestas.

    Con los años me he dado cuenta de que he conocido a mucha gente, que he tenido y tengo muchas experiencias que contar, pero, lo más grande que le puede pasar a un católico, es conocer a Dios. Gracias a esta pregunta, ahora, valoro mi experiencia de encuentro con Él.

    Cuando dije que me declaré fiel a Dios con 16 años es porque quizás, me di cuenta de esta cuestión. Aquel verano de 4º de la ESO, no estaba en mi mejor época, la situación no era la mejor. Me encontraba desconcertada, en un sin vivir conmigo misma, no me valoraba… recuerdo que llegué al campamento de verano del PDAV, sin ganas e ilusiones, pero agradecida de poder estar otro año más en el albergue. Una noche, en una de las celebraciones que teníamos cada día, vivimos una celebración del Perdón. Fue ahí donde tuve la necesidad de escribir en una carta todo lo que sentía, todo lo que necesitaba pasar por el corazón de Dios. Cuando se la entregué a mi sacerdote y empezó a leerla, él comenzó a emocionarse. Al terminarla no hubo palabras. Fue mucho más. Fue un abrazo que me alivió. De verdad, que cuando digo que ha sido el abrazo más reconfortante que he tenido en mi vida no miento. Supe, en ese momento, que ese abrazo era de Padre, era de Dios. Un Dios que se hacía pequeño conmigo, que sentía mi dolor y supo cómo curarlo. Un Dios que pasó todas mis miserias por Su corazón. Un Dios de Misericordia. Obtuve mucha paz. Desde aquel día sé que soy la niña de sus ojos y que Él es el motor de mi vida.

    Experimentar la misericordia de Dios me llevó posteriormente a iniciar un voluntariado con personas con discapacidad. Trabajar con ellos despertó en mí una sensibilidad mayor hacia el mundo de la discapacidad y reafirmar mi experiencia de que los preferidos de Dios son los más necesitados.

    La palabra acompañamiento ha ido resonando mucho en mí a lo largo de estos años porque he tenido la suerte de ser acompañada en mi proceso. Acompañamiento es mucho más que escuchar; es acogida, es madurez, es compromiso… vivo mi vida muy ligada al acompañamiento, en un doble sentido: ser acompañada por alguien con más madurez en la fe que yo, que camina conmigo en la senda del gran don de la fe y también tener la suerte de poder acompañar a otras chicas que se plantean la vida desde los planes de Dios.

    Tengo la inmensa suerte de compartir este don de la fe también junto a otras personas que me han ido ayudando en mi proceso, como es el caso de mi madrina de confirmación: alguien que no se aleja de mi lado, que me cuida que me ha enseñado también cómo cuidar a mis ahijados de bautismo y de confirmación, uno de los mejores y mayores regalos que me hace este gran don de la fe.

    Comparto esta experiencia también con mi hermano y bastantes amigos que me acompañan desde pequeños en convivencias, campamentos, ejercicios espirituales, retiros, congresos, formaciones…Vivir la fe en comunidad es mucho más satisfactorio porque contamos con el testimonio de otros muchos para seguir creciendo. Personas que Dios va poniendo en mi camino y que, como Ángeles Visibles, me ayudan a seguir buscando a Dios y a vivir mi fe de manera comprometida.

    En mi proceso personal tiene un lugar importante mi madre, una mujer luchadora por sus hijos, fiel a la familia, perseverante, y capaz de sobrellevar el fallecimiento de una hija. Ella, como María, me enseña el “no temas, Dios siempre está contigo, pese a todo”. Una vez, me dijo unas palabras que nunca olvidare: “María perdió a su hijo, como yo, pero el mundo sigue avanzando y necesito seguir aquí por vosotros. Ella tuvo la esperanza de volver a encontrarse con su hijo y yo también la sigo manteniendo. Mientras, Dios está conmigo…”. Me calaron sus palabras porque es verdad, Dios siempre está con nosotros, siempre se hace el encontradizo, aunque, muchas veces, nos cueste tanto verlo.

    A mis amigas siempre les digo que, en la Eucaristía, Dios está más cerca que nunca. De nuevo, cada domingo, se sube a La Cruz de cada uno. En un sencillo Pan y Vino que se parte y se comparte. Qué gran gracia la de descubrir que, cuando comulgamos, nos convertimos en verdaderos templos de Amor. Que nuestro alimento sea siempre la oración y la Eucaristía.

    A mi pareja, siempre he intentado explicarle quién es Dios para mí, y qué debe ser para nosotros. Es complicado, pero no imposible, hacerlo presente en muchas situaciones que vivimos. Muchos interrogantes y pasos que vamos dando son semillas que van germinando en nuestra relación. Doy gracias por las palabras de mi pareja que me “animan, sé que estoy más cerca de Dios desde que comparto mi vida contigo”. Sigo pidiendo que lo nuestro siempre sea cosa de 3. Dios mediante.

    Gracias a la música sé rezar, sé orar, sé hablar con Dios. Como diría San Agustín: “Quien canta reza dos veces”. Me levanto cantando, agradeciendo, e intento recoger el día igual. “La niña de tus ojos”, “Supe que me amabas”, “No hay lugar más alto”, “Alguien”… y muchas más canciones, son letras con las que he ido creciendo y madurando en la fe a lo largo de estos años.
    No quisiera olvidar las palabras de mis Santas favoritas, de aquellas por las que tengo por referencia: Santa Teresa de Jesús , con su “Solo Dios basta” y Santa Madre Teresa de Calcuta, con su “Yo soy el lápiz de Dios. Un trozo con el cuál Él escribe aquello que quiere”.

    Esto es solo un humilde testimonio, pero, si de algo estoy segura, es que la fe es la dulce promesa de que nunca me sentiré abandonada.

    Gracias a Jóvenes Católicos por vuestra invitación. Hacéis un magnífico trabajo. Y recordar que, Dios con Misericordia eterna, nos quiere.

    Mariema Del Carmen Seck Moreno.