Memoria de una llamada

    Hola, amigos de Jóvenes Católicos. Mi historia de vida es bastante convulsa. Aunque nací en el seno de una familia cristiana, en la adolescencia me aparté de la fe. Dejé de creer, no por nada, sino porque Dios y la Iglesia fueron quedando en un plano cada vez más secundario en mi vida. Me interesaba más estar con los amigos, irme de botellón, de fiesta por ahí. Me puse novio con una chica del pueblo, yo había estado viviendo un tiempo en Madrid y volví al pueblo con la idea de tener una relación seria y de aprender un oficio, en este caso era el oficio de albañil.

    Con el tiempo aprendí el oficio de albañil, y quería volver a Madrid, conocer mundo y ser independiente. Allí tenía familia así que no me fue difícil la adaptación, con el tiempo empecé a entender que no podía seguir una relación a distancia, además, me sentía agobiado por mi novia y la dejé. Entonces me dediqué a salir más y más por Madrid, al pueblo cuando volvía prácticamente no paraba por mi casa, estaba un par de horas. La cosa era no parar de estar de fiesta con los amigos. Ahorraba un buen dinero y me iba muy bien, coqueteaba con las drogas, cada día me gustaba más estar en ese mundo. Siempre he sido muy amigable así que me llevaba bien con todo el mundo y toda la gente me respetaba y quería. Sin embargo después de cada fiesta que me pegaba, me sentía más vacío, como perdido, me costaba volver a la realidad, empecé a perder el sentido de mi vida. No me sentía bien, pero no era capaz de entender qué me pasaba.

    En cuanto a la fe no creía en la Iglesia ni en Jesús, para mí las religiones no eran más que una forma de manipular a la gente. Una mentira. A la par, viendo como avanzaba la ciencia, parecía que podía verlo: ¡estábamos a las puertas de la edad de oro del hombre! pronto conquistaríamos el universo entero. Entonces apareció el atentado del 11-S, vi en directo por la televisión  la caída de la segunda torre, el espectáculo era dantesco, los hombres nos matábamos unos a otros sin escrúpulos, usando la ciencia no para bien, sino para mal de nuestros semejantes. Hasta ese momento el hombre era para mí el único Dios. Así que me quedé prácticamente ateo. Además como veía que por las religiones los hombres se mataban me volví religiosamente ateo y anticristiano. Todo lo que fuese cristiano era para mí motivo de burla.

    Estoy en el año 2003, vivo solo en Madrid, trabajo y gano mucho dinero, sin embargo, este dinero no me dura en las manos porque todo me lo gasto en drogas y excentricidades. Mi vida está al borde del caos. Cada día me resulta más difícil conjugar lo que soy con lo que hago, cada vez está todo más confuso y me siento más perdido. Por las tardes me aburro y empiezo a dedicar un tiempo a leer. Un día, estando en el pueblo, mirando los libros que había, buscando algún título que llamase mi atención para llevármelo a Madrid y leerlo allí, aparece mi madre y, me saca un libro de otro lugar y me dice: toma este libro, me lo dio Josefa para ti hace un par de años, no te lo había dado antes porque pensé que te molestarías, ella me dijo que este libro te ayudaría mucho.

    Josefa era una vecina, nos conocía desde pequeños, era de una familia muy piadosa, tenía tres hermanas monjas, y un sobrino cura, hoy ese sobrino es Obispo Auxiliar de Madrid. Era una mujer con un corazón muy grande y una santidad impresionantes. A pesar de que nosotros nos habíamos mudado de casa, seguíamos siendo para ella sus vecinos más queridos, a veces cuando pasaba cerca de su casa me paraba a verla, en ese tiempo llevaba sin verla algunos años. El libro que le dio a mi madre era un Evangelio Concordado, en que están distribuidos los cuatro Evangelios juntos como en forma de una historia, sin repeticiones, todo de una vez. Un día que estaba muy hastiado, cansado y aburrido de leer novelas, cogí el Evangelio, había una foto de Jesús, lo miraba, y me dije para mí mismo: bueno, aunque Dios no existe, tal vez Jesús sí que existió como hombre, voy a leer este libro como si fuera el Quijote, y empecé a leerlo.

    Intentaba leer cada día un poco, pronto las palabras de Jesús empezaron a interpelarme, el Evangelio me mostraba como mi forma de vida era la causa del vacío existencial en el que estaba instalado, vivía justo al contrario de lo que Jesús proponía. Poco a poco me iba identificando con algunos de personajes del Evangelio como Zaqueo, las palabras y gestos de Jesús me provocaban curiosidad y un  deseo de acercamiento, de estar con él. A la par de todo eso, y a pesar de ver tanto mal como obraba, se me mostraba la bondad y misericordia de Dios, que perdona a la pecadora, el amor con que ama a los hombres cuando busca la oveja perdida, cuando acoge al hijo Prodigo y hace una fiesta porque lo ha hallado vivo. Todas estas parábolas hacían mucha fuerza en mí, me inundaba por un lado un deseo fuerte de volver a creer en Dios, de seguir a Jesús, y por otro lado mis pecados y escrúpulos me impedían tomar la decisión de seguirle, me daban ganas de confesarme y a la vez un miedo terrible a que el sacerdote me echase a la calle por todas las cosas que tenía que confesar. La noche en que murió San Juan Pablo II fue la primera vez que volví a rezar el Padre Nuestro, que apenas recordaba cómo era.

    La frase “os digo que habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” era como un martillo que golpeaba mi corazón, hasta que un día ya no pude aguantar mas y de rodillas hice mía la confesión del hijo prodigo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser hijo tuyo, trátame al menos como uno de tus criados”. A los pocos días cogí fuerzas y me presente ante el sacerdote de la Parroquia de donde vivía que estaba al lado de mi casa y, lleno de vergüenza, lagrimas y dolor fui confesando todo lo que había hecho en los últimos 15 años. El sacerdote con mucha misericordia me puso de penitencia volver al día siguiente, asistir a la Santa Misa y comulgar. No hay palabras para describir lo que sentí ese día al poder recibir a Jesús en la Eucaristía.

    Aprendí a rezar el Rosario gracias a Radio María. Mi vida cambió como de la noche a la mañana, me fui de Madrid y volví al pueblo, deje de beber y tomar drogas, de vivir de los excesos.  En aquellos días, San Pablo se convirtió en mi maestro y guía, me identificaba perfectamente con él. El me enseñaba por un lado, como era la comunidad cristiana y por otro como era el apóstol de Jesucristo. La gente del pueblo, no se podía creer lo que sucedía en mí: ¡había pasado de blasfemar públicamente el nombre de Dios a ir a la Iglesia!

    Empecé a aficionarme a la oración y meditación, un día un amigo me propuso ir unos días de retiro a un monasterio Trapense, no conocía nada de ellos, por casualidad un amigo cura iba todos los meses a una Trapa que había justo a dos horas de mi casa: Santa María de las Escalonias, en Córdoba. Yo no sé qué me paso, pero aquella vida me fascinó, era una vida de plena entrega a Dios, dedicados solo a trabajar y alabar a Dios,  “Ora et Labora”, los monjes Vivian en una felicidad constante, siempre riendo, la Salve Cisterciense, después de rezar completas, con todas  las luces apagadas, la campana, el Oficio de Vigilias a las 4:30 de la madrugada, todo allí me impacto.

    Así que después de un tiempo discerniéndolo con el maestro de novicios entré en el monasterio. He sido monje durante siete años. Ha sido un tiempo de prueba y oscuridad, como no puede ser de otro modo en el desierto. También ha sido un  tiempo de crecimiento en la fe, esperanza y caridad. Ha sido una verdadera bendición, que apenas hoy estoy empezando a recoger sus frutos. La vida monástica me ha enseñado el “Solo Dios”, que aunque puede empezar un poco como un canto al escepticismo, sin embargo es la fuente de la que se bebe una fe y esperanza más auténticas, te lleva a esperar completamente confiado en Dios que en su amor tan inmenso hacia mí, y a pesar de mis miserias e infidelidades, todo lo dispone para mi bien, incluso lo que en un principio me puede resultar doloroso. También te enseña a ver las cosas de otra manera, vivimos en la época de las imágenes, sin embargo, Dios es mucho más profundo que una imagen, y las personas somos mucho más que una imagen, una necesidad. Somos seres de deseos, que a veces confundimos el medio con el fin, el único deseo que nos puede saciar es el deseo de poseer a Dios.

    Estando en el monasterio, no podía olvidar el “Ay de mi si no evangelizare” de San Pablo, constantemente me interpelaban las palabras de Jesús en la Ascensión: “Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos”, así que decidí emprender otro camino, este con los hermanos Paulinos, un camino que estoy empezando, lleno de ilusión y temor, pero confiado en que de la mano del Espíritu Santo y con la ayuda de mis hermanos, recorreré para Gloria de Dios. El carisma del Beato Santiago Alberione, fundador de la Sociedad de San Pablo, se dedica apostolado desde los medios de comunicación. El Paulino trasformado por la Eucaristía trata de llevar a todos a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida. Os pido una oración por mí y por toda mi comunidad. LAUS DEO.

    Fr. Antonio María