5 lecciones de fe que me dejó la pandemia

Aún recuerdo estar en mi salón de clases dándole la recién publicada noticia a mis alumnos: «recuerden este día, esta clase, en la que se ha declarado que estamos viviendo una pandemia». Vaya, ¡qué momento histórico! Recuerdo haberlo comentado con ellos y hasta habernos reído un tanto nerviosos, sin saber que pasaríamos los próximos meses en casa durante la cuarentena.

Sin duda, este ha sido un tiempo de recogimiento, adaptación y oración. Ha sido una pausa forzada que nos ha obligado a valorar aquello que de verdad merece ser valorado. Han sido días de mucha reflexión y por esto, quisiera compartirles algunas lecciones de fe que he aprendido durante la pandemia:

  • Dejar a Dios ser Dios

Vaya que esta fue una gran lección. Muchas veces oramos y pedimos la gracia de Dios para alguna de nuestras necesidades, pero, ¿realmente estamos dispuestos a aceptar cualquiera que sea su voluntad?

Para este año teníamos planeados viajes e importantes celebraciones. Parecía que habíamos pensado en todo detalle, pero nos alcanzó el «detalle» que nunca contemplamos. Y volteamos nuestra mirada a Dios, a nuestro Padre que estaba esperándonos con los brazos abiertos. Entendí que tendría que respetar su voluntad, ante todo, y esperar lo mejor. Siempre permaneciendo de su mano.

Dejar a Dios ser Dios es atender y aceptar su voluntad sabiendo que todo Él lo permite con un buen propósito. Teníamos planes, sí. Pero aprendimos a cambiarlos por esperanza en Dios.

  • Somos parte del Cuerpo de Cristo

La Iglesia Católica nos infunde el sentirnos hermanos en la fe, pero pareciera ser que este período de contingencia nos lo ha remarcado. Aún recuerdo el discurso del papa Francisco, durante su oración por el mundo frente al coronavirus, asegurando que toda la humanidad estaba en el «mismo barco» y que era necesario «remar juntos». ¡Cuánta razón tuvo!

Se hizo viva la palabra: «Las partes del cuerpo son muchas, pero el cuerpo es uno; por muchas que sean las partes, todas forman un solo cuerpo. Así también es Cristo. (…) Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de Él». (1 Cor 12, 27)

Más que nunca, este nuevo padecimiento a causa de la pandemia nos ha recordado lo importante que es ver al prójimo y ser más empáticos. Saber que todos formamos y construimos la Iglesia con nuestras acciones mutuas.

  • No podemos vivir sin amor

De ver a mi familia todos los fines de semana, pasamos a solo vernos por videollamada. Gracias a Dios tenemos herramientas tecnológicas que nos permiten seguir en contacto, pero sin duda, nada reemplazara el cálido sentir del abrazo de tu madre.

Nunca imaginamos vivir en un mundo lejano, el uno del otro, pero aquí estamos. Y, más que nunca, esperamos ansiosos volver a la normalidad para visitar a los abuelos, a los tíos, a los amigos. Sé que tú también guardar este deseo en el corazón.

Es cierto que el distanciamiento social nos han limitado el contacto con nuestros familiares. Pero, también es cierto que esto solo nos ha hecho recordar lo importante que es demostrar nuestro afecto hacia nuestros seres queridos. Recordemos que, el amor es la máxima expresión de aprecio, cuidado, interés y empatía.

Dios, siendo un Padre amoroso, nos ha dado la oportunidad de amar como Él mismo nos ama. Aprovechemos este tiempo para discernir cuál es nuestro llamado en la representación y ejercicio del amor de Dios a través de la fraternidad y la solidaridad con nuestros hermanos. Y, al volver a salir de casa, busquemos cómo llenar de más amor el mundo que nos rodea.

  • El tiempo con Dios vale oro

Mi rutina diaria (pre-pandemia) consistía en salir de casa a las 7:00, llegar del trabajo, salir de ahí a las 17:00 horas y llegar a casa a las 18:00 horas, tras una hora de tráfico. Todo el día la pasaba trabajando. Regresaba a casa para cenar y dormir. ¿Tiempo de oración? Claro, algunas veces, cuando el cansancio no me ganaba. En esta rutina, viví cuatro años desde que me gradué. Cuatro años que francamente, volaron.

La vida en la ciudad era una continua prisa. De verdad que solo una pandemia nos habría hecho bajar el ritmo, y lo hizo. Gracias a la cuarentena puse, como muchos otros, una pausa en mi vida. Me costó, claro. Pero al final, pude aprovechar cuanto tiempo tenía para unirme más a Dios.

Ahora escucho misa diaria, rezo el Rosario y la Coronilla del Sagrado Corazón de Jesús. Quizá en ningún otro momento lo habría podido lograr y ahora prácticamente he tenido ese preciado regalo: el tiempo.

  • La Salvación es la meta

Sí, tenía un sinfín de planes, y ¿para qué? Ciertamente, había dejado a un lado (en pausa) cuál era la meta última: la salvación.

Nada que te aleje de esta meta, vale la pena. NADA. La cuarentena me concedió esta gran lección. Dios siempre está con los brazos abiertos para recibir a cuanta oveja quiera volver al rebaño. Solo debemos poner en Él nuestra esperanza y confiar en su santísima voluntad.

Este es el secreto para conseguir una verdadera y profunda paz interior. Dios se hará cargo de todo, cuando dejemos todo en sus manos y comprendamos que volver con Él, a su Reino, es el fundamental fin de nuestra existencia.

Así que, hermanos, esta cuarentena me dio una tremenda sacudida y me atrevería a decir que a todos. Cambió repentinamente nuestro estilo de vida y nos hizo ver lo que ciertamente era significativo: aquello que nos acerca a Dios.

Ansío con todas mis fuerzas volver a abrazar a mis sobrinos, ver a mi pareja, visitar a mis tíos, saludar a mis alumnos. Pero lo que más ansío, con todo mi corazón, es volver a la Iglesia y recibir los Sacramentos. Esta cuarentena realmente nos ha enseñado cuán preciados son estos tesoros.

Preparémonos para que al poder salir de nuevo, seamos fieles con un corazón más puro y enfocado en Dios. Oremos para que Él sea nuestro camino y meta máxima, que podamos ser siempre dignos representantes de su cuerpo, la Iglesia, y tengamos la capacidad de auxiliar a nuestro prójimo según su amor.

Recordemos que el tiempo vale oro, no perdamos ni un segundo en formarnos para ser fieles seguidores de Jesucristo. ¡Oro por ti! ❤️

Myriam Ponce