Querida mamá:

Así me despertó Fer a las 7 de la mañana ese jueves. Llevaba varios días diciéndomelo, y yo me resistía a tomármelo muy en serio, ya fuera porque no estaba segura de que fuera una buena idea, o porque en el fondo no quería ver lo que se nos venía encima.

Estar casada con un inmunólogo tiene sus cosas buenas, pero en época de pandemia yo llevaba más tiempo que nadie oyendo datos escalofriantes del aún desconocido coronavirus, de sus efectos, de su mortalidad, y de lo rápido que nos iba a cambiar la vida. Cuando casi todo el mundo todavía se reía del virus que inexplicablemente tenía paralizada toda China, y Madrid todavía disfrutaba tranquilo del buen tiempo, yo me iba sumergiendo en una nube negra de datos de lo que iba a ocurrir en pocos días. Y no me lo podía creer. ¡No me lo quería creer!

Ya le he dicho a Fer que para la próxima pandemia no me cuente nada, prefiero irme enterando poco a poco con el resto de la población y al menos poder compartir la angustia, ya sabes, mal de muchos…

Pero Fer cada día me venía con más noticias de lo que iba ocurriendo, de cómo avanzaba el virus, de cómo nos iba a coger fuerte en Madrid, de las medidas que no estábamos tomando en España y deberíamos, del confinamiento al que nos tendríamos que someter, del colapso que iban a sufrir los hospitales.

Todo era una pesadilla para mí, que iba a dar a luz en breves y mis planes estaban muy lejos de todo eso.

Marzo prometía ser un mes tranquilo para nosotros, yo de baja ya en el trabajo y felices, esperando la llegada de nuestro tercer hijo.

Además cuando no ves todavía a la gente a tu alrededor muy alarmada te puede parecer que a lo mejor no es para tanto. Pero lo era.

Yo ya lo terminé de ver claro un par de días antes de dejar Madrid, cuando fui a mi última revisión de obstetricia en la Fundación Jiménez Diaz.

Al marcharme de la consulta le dije a la doctora que quizás nos íbamos de Madrid unos días hasta ver cómo se desenvolvía todo (ilusa), y me contestó que ella en mi lugar se iría sin pensarlo, por todo lo que venía.

(La Fundación Jiménez Díaz ha sido uno de los hospitales con más muertes de coronavirus de Madrid las primeras semanas de la pandemia, y de los primeros que empezó a tener casos.)

Al salir de la consulta te llamé, querida mamá, quería consuelo y que alguien me dijera que esa pesadilla no estaba pasando,

Pero claro, en Lleida todavía os faltaban unos pocos días para alarmaros de verdad. Os faltaba ver ,como yo ya iba viendo en Madrid gente con mascarillas y cara de asustados por la calle.

Gente cruzándose con mirada desconfiada, colas en los supermercados de gente volviéndose loca, tampoco teníais parques precintados, ni ese ambiente de intranquilidad general que iba a más.

Así que tú me intentaste tranquilizar, pensabas que exageraba. Me dijiste que fuéramos a Lleida unos días, que allí estaba todo normal y nadie hablaba aún de coronavirus, así me tranquilizaría, por mí y por el bebé.

Así que ese jueves al despertarme, ya no le dije a Fer que no, hicimos las maletas y esa misma mañana salimos hacia Lleida.

Ese viaje lo recuerdo como si fuera algo irreal, de una película de éstas en las que llega el fin del mundo y les pilla a todos con lo puesto, tipo El día de mañana, o Independence Day.

Me veía huyendo de Madrid, ¡huyendo de un virus!

Todavía me parece surreal cuando lo pienso.

Y según avanzábamos por la carretera me iba sintiendo peor. En lugar de alivio sentía culpa y pena por la familia que dejábamos en Madrid.

Me preocupaba si estarían bien y además tenía una especie de culpabilidad por abandonar el barco.

Pero sobretodo me empezó a entrar un miedo terrible por vosotros, por si llevábamos el coronavirus con nosotros y os contagiabáis por nuestra culpa.

Íbamos con los niños, que no entienden del metro de distancia ni de no tocarse la cara, etc, así que si alguno teníamos el virus, sería cuestión de días que lo tuvierais vosotros, que sois personas de (más) riesgo.

Pero ya no había vuelta atrás.

Así que llegamos a vuestra casa después de 4 horas y media de viaje y, como tú me dijiste después; parecíamos unos refugiados. Con cara de miedo, sin tocaros, apartando a los niños y metiéndole enseguida en la habitación, lavando toda la ropa. Un show.

Pero nos acogisteis sin ningún tipo de reserva o miedo, como si no pasara nada.

Y desde entonces hemos vivido en una especie de limbo desde que empezó todo esto. No ha faltado esa angustia y también sufrimiento, por los datos del periódico, los muertos, los contagios, por nuestros conocidos y allegados que están pasándolo mal, la muerte de Javier Gual, y tanta gente que sufre sin que podamos hacer nada más que rezar y hablar por teléfono con ellos.

Pero paradójicamente han sido tiempos de mucha paz:

Lo primero el horario que nos hiciste nada más llegar, querida mamá, para ordenar nuestras cabezas y a los niños.

Las rutinas que nos han ayudado tanto, también rezar todos juntos, lo único que podemos hacer desde aquí por todos los de fuera; los Rosarios de los sábados con todos los hermanos por zoom, con todos hablando a la vez y los niños emocionados de ver a sus primos.

Las mañanas en casa de teletrabajo para los profesionales y Belén y Javi estudiando, luego todos a la Misa de las 13:15 desde el salón, en zapatillas no, por favor..

Sin hacer nada especial más que estar. Y es que lo mejor de estos días ha sido eso; estar.

Estar todos tranquilos en casa, confinados pero juntos.

¿Cuándo y con qué excusa hubiéramos estado alguna vez en la vida dos meses encerrados con las personas que más queremos en el mundo?

Sin preocuparnos de salir, de comprar, de quedar, de llegar a algún sitio..

Tampoco es que hayamos parado, al final eramos 10 personas en casa! 11 desde que llegó Roque.

Barbacoa, paellas al sol, partidas de cartas, deporte con Patri Jordan en el Ipad, compras furtivas en Zara online, Fer teletrabajando y haciendo repostería, Belén sus ensaladas, Javi persiguiendo a los niños, o los niños a Javi, Víctor esperando su cómic nuevo de Tintín, Carmen poniéndoles deberes a todos, mamá cocinando y pensando actividades para sus padres y alumnas, papá descubriendo encantado el mundo del teletrabajo y probando el piano.. y todos tan ocupados que al final se nos han pasado los días volando.

El día que me puse de parto fuimos al hospital con un poco de angustia, pero todo salió fenomenal, nos atendieron rápidamente, y a las 24 horas estábamos ya en casa, sin virus y con un niño. ¡Nuestro catalanito!

Al final un bebé es lo mejor del mundo, nazca en el momento que nazca. Y aunque nadie sabe aún muy bien qué pasará, por aquí estamos todos de acuerdo en que no podíamos haber vivido mejor estos tiempos de incertidumbre, esta pandemia, que nos ha “obligado” a pasar unos días que sólo voy a recordar, a pesar de todo, de los más felices de mi vida.

Gracias mamá y papá.

Publicado por Conchita Pascual en Queridos hij@s