Que nos espera a los cristianos después de la pandemia

La pandemia ha sido padecida brutalmente de diferentes maneras. Se ha sentido en el plano mental, espiritual e intelectual. Ha enfrentado a todos como sociedad; a nuestros miedos más entrañables y cómo humanidad ha logrado despertar instintos, que en algunos casos se han manifestado con los gestos más bellos y en algunos otros, con los actos más viles.

Esta etapa, tan compleja en la historia no solo de nuestras vidas, sino de nuestra existencia como especie, debe de encauzarnos hacia una nueva y más sana realidad, en todo sentido. El sufrimiento que nuestros hermanos han soportado a causa de la pandemia como el miedo, la falta de trabajo, la incertidumbre, la soledad, la violencia, la discriminación, el cansancio, la pobreza; en fin, un sinnúmero de dolencias que se han hecho presentes en cada uno de nosotros dentro de nuestra circunstancia; NO pueden suceder en vano. Todo este caos que nos envuelve debe darle sentido a una transformación de nuestro corazón, alma y pensamiento.

No sólo los cristianos tenemos esta labor, todos estamos llamados a esta tarea tan importante para retribuirle al planeta y a Dios, todo lo maravilloso que tenemos y hemos hecho a un lado todo este tiempo.

Hemos vivido en la obscuridad, en dónde no sabemos apreciar lo que realmente importa. Estuvimos ocupando un espacio en el mundo, más no lo VIVIMOS. La vida va más allá de obtener satisfacciones, se trata de TRANFORMARSE, hacernos crecer y no estancarnos en la vacía comodidad en dónde no se obtiene algo que le dé un sentido a la existencia.

Recuperar ese sentido, permitirle al Espíritu Santo que more dentro de nosotros con el fin de hacerle justicia a nuestra naturaleza y permitirle, a ese amor divino hacerse tangible en nuestras acciones. ¿Cómo podemos lograrlo? Esto es inevitable al observar nuestro mundo y a nuestra gente padecer tanto dolor. Es en ese momento, en el que entendemos que toda esa gente tiene amigos, hermanos, papás, hijos, etc; que así como nosotros, se preocupan y sienten por ellos. ¿Cómo mantenerse indiferente ante tal realidad? Hay que transformar nuestro pensamiento y corazón para que nuestras acciones sean humildes y caritativas. La caridad no es un acto de darle al otro lo que te sobra en una forma soberbia por vanidad propia; por el contrario, es amar al prójimo como a uno mismo y cómo a tus seres más cercanos y por ende atenderlo igual y darle lo que puedas, por amor. Es momento de realmente ser humildes, conocer nuestras limitaciones y saber en qué podemos realmente servir a nuestro entorno y a nuestros semejantes. Reconocer el valor de la familia, nuestros amigos y de agradecer por tenerlos en nuestra vida, sin dar por hecho nuestras relaciones humanas y mucho menos la que tenemos con Dios. Hay que ser conscientes de que todos podemos equivocarnos y no ser tan crueles con nuestro prójimo, practicar la VERDADERA empatía y no hacerlo de forma hipócrita y selectiva.

Debemos llevar a la humanidad a través de nuestras acciones a una época próspera en donde el cuidarnos y respetarnos entre sí sea prioridad. Es hora de darle fecha de expiración a las actitudes narcisistas, soberbias, egoístas y banales que tan solo demuestran un falso bienestar. Cada uno de nosotros está llamado a orar, reforzar nuestra relación con Dios y tener a Dios en nuestro corazón. De ahí, todas nuestras acciones y pensamientos estarán ligados al amor y verdadero entendimiento, que nos permitirá disfrutar nuestro presente sin caer en la obscuridad de la incertidumbre. Aprender a vivir con nuestra cruz valorando cada pequeño milagro que se presenta en nuestra vida diaria, sólo hay que permitirnos ver las maravillas que Dios nos tiene día a día y en ellas crearnos a nosotros mismos y a los que amamos por tener a Dios en nuestra vida y corazón. Toma la mejor versión de ti mismo para hacer frente a lo que venga porque con ayuda de DIOS, si lo dejas actuar, será para tu mayor bien.

Karla César Vargas