FIAT… Totus tuus!

En este mes de mayo que se va acabando como las efímeras tardes de la primavera, hemos caminado de la mano del dulce rostro de la bienaventurada, de la Virgen, con nuestras ofrendas de flores en casa, con el rezo del Santo Rosario en familia, pero siempre Ella nos lleva a escoger la vida, a caminar en la esperanza.

María es la flor más bella que ha brotado de la Palabra de Dios, aquella alma humilde y grande que esperó como Simeón el consuelo de Israel. Como dice Benedicto Xvi en la Encíclica Spe Salvi: “Ave maris stella. La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros?”.

Quisiera cerrar los ojos y descorrer las lágrimas vivas que gotean como la memoria, volver al encuentro de tantos rostros heridos, tantas historias con nombre, soledades incomprendidas, sufrimiento y cruz de tantos días atrincherados en casa. Después del dolor, de la tristeza vendrá la alegría como aquellos bienaventurados que caminan gozosos ya en el Reino de los Cielos. Volveremos a cantar como Job, “Te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos”.

En María, venceremos todas nuestras dificultades, en la responsabilidad de nuestro servicio y de nuestra entrega, Ella, esta mujer sencilla, tocada por Dios y encarnada en su vientre bendito, como el de tantas mujeres embarazadas, que dan paso a la vida, que dan sentido a la fe y escriben el milagro de Dios en sus vidas.

Proclama mi alma la grandeza del Señor”(Lc 1,46), salen las palabras de un corazón valiente, que se apasiona por el proyecto de Dios, hasta la locura de un amor que no tiene limites. Nuestra cultura no tiene la capacidad de renunciar, de abandonar el yo, para entregar la vida en un camino lleno de dificultades, para gozar del Reino de los Cielos.

Han sido días difíciles en las casas y los siguen siendo, ojalá este tiempo no sólo nos haya hecho madurar en la fe, sino también en la compasión, en la ternura, que nuestra manera de proceder sea desde ahora como la de Jesús. No seamos jueces de nadie, sino entreguemos a los demás todo nuestro amor, dar sin recibir, poner nuestra vida también en las plantas celestiales de la Virgen, más que Ella sólo Dios.

Guíanos por esa dulce espera, donde también caminaron los bienaventurados, por el conocimiento del amor verdadero. Sostennos en el momento del sufrimiento, conviértenos Madre Nuestra en anunciadores intrépidos de Cristo como testigos del Evangelio en el día de la Pascua: ¡La paz esté con vosotros! Nos encomendamos a la flor de todas las gracias y repitiendo confiados decimos:

Salve, Madre, en la tierra de tus amores

te saludan los cantos que alza el amor.

Reina de nuestras almas, flor de las flores,

muestra aquí de tu gloria los resplandores;

que en el cielo tan sólo te aman mejor.

 

Reina, aquí todo es tuyo; tu gloria y hermosura

bendicen hoy tus hijos en cántico triunfal.

El sol de nuestro cielo con tu esplendor fulgura,

y aquí, Madre, las almas olvidan su amargura

para entonarte el himno del amor inmortal.

 

Virgen santa, Virgen pura,

vida, esperanza y dulzura,

del alma que en ti confía;

Madre de Dios, Madre mía,

mientras mi vida alentare,

todo mi amor para ti;

mas si mi amor te olvidare,

Madre mía, Madre mía,

aunque mi amor te olvidare,

tú no te olvides de mí.

Alberto Diago Santos