¿Esperamos en Él o nos dejamos despistar por lo periférico?

Si hay una palabra que marca la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos es, creo, promesa. Y ya no sólo lo que leemos en las lecturas de las misas de estos días, sino que la vida cristiana, la historia de la salvación, está atravesada por esta dinámica de un Dios que promete sus bondades al hombre. La promesa a Abrahán, a Moisés, al rey David, la de la ascensión, la del envío del Espíritu Santo, la de la nueva Jerusalén o la que proclamamos todos los días en misa: la segunda venida del Señor en gloria y majestad.

Pero estas promesas siempre aparecen sujetas a un periodo de prueba, de conquista, de tiempo para que el hombre afirme, con su libertad, que quiere lo que Dios le promete. Es lo que viene siempre relacionado en la Escritura con el número 40, que utiliza Lucas al decir que pasaron unos 40 días entre la resurrección y la ascensión. Un tiempo en que los seguidores de Jesús se debatieron entre creer y no creer, como vimos con Tomás, con los de Emaús, con Pedro o María Magdalena.

Hoy os propongo que meditemos nuestra vida como este camino de reconocimiento del Señor, que viene marcada por el qué esperamos. Porque a veces no sabemos captar al Señor porque le esperamos donde Él no se quiere dar. Dicho de otro modo: hay que aprender -y esto es tarea de toda la vida- a querer lo que Dios quiere, a cumplir con hechos lo que decimos con palabras: hágase tu voluntad, Señor; no la nuestra.

Lo que Dios ha prometido vendrá seguro. Y esa espera cambia sí o sí el presente, que pasa a estar marcado por la realidad futura: el futuro repercute en el presente y el presente en el futuro. Pero, ojo, que no se trata sin más de una dinámica revelada. Podemos decir que sin esperanza nadie puede vivir, va en nuestra naturaleza porque Dios así lo quiso al crearnos. Es su huella en nosotros. El asunto es reconocer que ese anhelo viene de Dios y sólo Él puede realizarlo, y que esta esperanza, que se da por la fe, hay que vivirla en lo cotidiano.

Y eso es la promesa del Espíritu que hoy Jesús hace: llegará un día en que seremos plenos y felices sin fin. Antes, tendremos que pasar la vida, un periodo de prueba para decir y demostrar que sí, que queremos la plenitud que Él nos trae. Y ahí nos ayuda el Espíritu.

Este anhelo de felicidad es una de las pruebas de la existencia de Dios para san Agustín. El santo advierte que todos queremos ser felices, pero que nadie posee la plenitud de tal modo que viva siempre entusiasmado siempre, que todos tenemos momentos malos. Para muestra, el botón del Covid-19. ¡Siempre queremos más aquí en la tierra! Y esto, lejos de generarnos impotencia, debe llevarnos a descubrir que eso no es más que una prefiguración que Dios ha puesto en nosotros de lo que un día será el Cielo, de lo que sólo será colmado por Él. San Agustín se preguntaba cómo es posible que el hombre tenga esta esperanza si jamás nadie ha poseído en plenitud semejante dicha. Y respondía: porque Dios, que es felicidad infinita y nuestro creador, nos ha creado y programado así. Y, ojo, Dios es un caballero que siempre cumple su palabra. Esa felicidad, esa plenitud llegará a todo aquel que sea salvo y llegue al Cielo.

Ahora bien, para reconocer esta esperanza, necesitamos rezar. Orar para comprender mejor a Dios, para saber cómo habla, para entender bien cuál es su promesa y descifrar la cantidad de ellas que ofrece en la Escritura y a través de todas las fuentes de la revelación. Entrando en su lógica, entenderemos, por ejemplo, que la esperanza y el camino hacia la tierra prometida es imagen del noviazgo o comprenderemos por qué el matrimonio es imagen del amor de Dios por su Iglesia.

También comprenderemos la certeza de las certezas, la que de verdad nos cambia la vida: que Dios ya ha vencido. Ahora bien, ¿esperamos en Él o nos dejamos despistar por lo periférico? Centremos nuestro corazón para Él desde la oración al Espíritu Santo. Preparemos Pentecostés para recibir del Señor lo que Él quiere darnos: la plenitud.

Javier Peño (sacerdote)