Una esperanza renovada

Nada podía haber ido peor. Tras muchos signos y milagros, tras palabras que llenan el corazón, correrías de gente que seguía a un hombre de un lado al otro de un lago, se quedaban sin comer por poder escucharlo. Después de vitorearlo colocando alfombras a su paso y aclamándolo con cantos y ramas de olivo llamándolo rey, comenzó el declive más trágico de la historia. Una cena donde el Hombre-Dios abre Su Corazón a sus amigos que le van a traicionar y a dejar solo. Es nuestra historia. Después todo son mentiras, falsedades, insultos y vejaciones, cobardías e intrigas palaciegas, que llevan a condenar al Justo.

Y después de sepultar a Jesús, ¿quién podía tener esperanza fuera de la Virgen? Pedro lo había traicionado sin poder pedirle perdón. Juan vio el Costado abierto de donde brotó sangre y agua, y pensó que aquel río se había secado. Judas se ahorcó. El resto había huido del huerto después de comulgar. Ni una hora fueron capaces de velar con el Señor Pedro, Santiago y Juan. José de Arimatea, un miembro del sanedrín, es el único que fue capaz de dar la cara en el último momento. Esta sería una historia triste si terminase aquí, sin duda. Y muchas veces nos anclamos en este punto, perdiendo toda esperanza.

El domingo, de mañana, va aquella mujer que se había encontrado con la Misericordia. Aquella María a la que le daba igual encontrarse a Jesús muerto. Ella buscaba un muerto, y ahí quería poner su consuelo. Pero nosotros no queremos un Jesús muerto, lo queremos vivo. Encuentra el sepulcro vacío. Al salir, uno de los dos ángeles allí apostados le pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Ella responde: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. María renuncia a que esté vivo, no quiere ni pensar que pueda estarlo, ella busca un muerto y no lo encuentra.

Jesús está detrás de ella, y le pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella piensa que es el hortelano. No se vuelve hacia él, simplemente responde algo absurdo: “Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré”. Parece absurdo decirle al ladrón que devuelva lo robado. Pues eso hace María, aturdida sin duda.

Le dice Jesús: “¡María!”. Ella, volviéndose, exclama en hebreo: “¡Rabbuni!”, que significa “Maestro”. María reconoce la voz del Señor que la llama por su nombre y se vuelve hacia él, se convierte. Conversión significa “volverse hacia”.

El tiempo cuaresmal es tiempo de conversión por excelencia, pero eso no significa que los demás tiempos no lo sean. El tiempo pascual es tiempo de convertirse al resucitado. Muchas veces vivimos como si Jesús estuviese vivo, pero eso es un error. Jesús ¡está! vivo.

No podemos perder jamás la esperanza, jamás. Cristo ha resucitado para quedarse con nosotros hasta el fin del mundo. “¡Jesús ha resucitado verdaderamente, Aleluya!”, exclamamos durante todo el tiempo pascual. Si ha resucitado, es que ha vencido de veras la muerte y el pecado, ¿qué podemos temer? Nuestro pecado es una ocasión para que el Señor se luzca. Como vemos en toda la vida de Jesús antes y después de la resurrección, Él siempre busca la ocasión para derramar Su Misericordia. Lo que más le gusta a Cristo es derramar Su amor sobre nosotros. Simplemente espera un corazón dispuesto a acogerla.

¡No desesperemos, Cristo ha resucitado, nada debemos temer!

Padre Pablo Pich Aguilera