Enseñanzas de Emaús para después del coronavirus

El evangelio de los discípulos de Emaús, cuenta como en el camino de regreso a casa de Cleofás y el otro discípulo (pon ahí tu nombre para meterte en la escena), se encuentran con un viajero desconocido. Ellos estaban abandonando el seguimiento de Cristo, dejando de ser discípulos suyos. “¿Eres el único forastero en Jerusalén, que no se ha enterado de lo que ha sucedido?“ Y le cuentan los hechos acaecidos, con una interpretación muy humana, muy pegada al terreno: “Jesús, profeta poderoso en obras y palabras…” Visión humana, muy de tejas para debajo de lo que ha acaecido en la ciudad santa.

Es quizá la nuestra, de todo lo que nos ha ocurrido en este más de un mes que llevamos padeciendo esta crisis brutal en la humanidad. “Volveremos a brindar”, a la vida habitual, a lo que hacíamos hasta ahora, a seguir la vida lo más parecido a lo que estábamos haciendo, y nos ponemos de perfil, para que todo esto nos haga el menor daño posible, y podamos volver a la situación anterior que teníamos. “A ver si consigo que todo esto me afecte lo menos posible”, pensamos.

Jesús los escucha -el siempre escucha- y les habla del Mesías, de las profecías, de la interpretación cierta de lo que había ocurrido en esos años de predicación, de los milagros que había hecho, las curaciones, la resurrección de Lázaro, la multiplicación de los panes y de los peces… Les encandila, porque la verdad siempre atrae. Hace además de seguir, pero le piden: “quédate con nosotros que el día ya va de caída”. Se quedan a cenar en su casa, y a la hora de partir el pan les celebra la eucaristía, les da a comer su cuerpo y a beber su sangre. Ante la grandeza de la eucaristía, ante su fuerza arrolladora, ellos se transforman.

¿Por donde empiezo? Cleofás y el otro, se fueron esa misma noche a Jerusalén. No esperaron ni un minuto más o a que se hiciera de día, a que saliéramos con normalidad a la calle… Esa misma noche, dice “levantándose en aquel momento se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, y les contaron lo sucedido. “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

Nos damos cuenta de que algo tiene que cambiar en nuestras vidas, pero no acabamos de saber qué ni cómo hacerlo. Esto no puede seguir igual. No puedo seguir llevando una vida cristiana lánguida, alejada de las fuentes transformadoras de la gracia que son los sacramentos, con un afán evangelizador que cotiza muy por debajo del precio del barril de Brent… Me doy cuenta de que lo que hacía hasta ahora era muy poco, no era propio de alguien que se consideraba como Cleofás y el otro, discípulo de Cristo, de alguien que había sido elegido para llevar la semilla del evangelio hasta el último rincón de la sociedad en la que vivía. Y ese, el otro soy yo. Yo no puedo seguir llevando ese título de “discípulo de Jesucristo” cuando vivo como si no lo fuera, cuando no asisto a la eucaristía del domingo, cuando no acudo a la fuente de gracia y de perdón que es la confesión, cuando no rezo casi nada…

Muchas cosas van a cambiar, y esperamos a verlas. Y estamos equivocándonos radicalmente. SOY YO EL QUE TIENE QUE CAMBIAR. No son los demás, no son las circunstancias las que me transforman, las que cambiarán este mundo tan necesitado de dar un giro radical, sino que tendremos que ser los cristianos como siempre hemos hecho a lo largo de la historia.

Quizá empieza por ahí.

– Revive y medita con sentido actual las escrituras. Deja que arda tu corazón, y que el Señor suplante a tu vida actual, todo lo que sucedió en aquella tarde a pocos kilómetros de Jerusalén. Vibra con lo que te está diciendo el Señor.

Vuelve a Jerusalén, a tu lugar de trabajo, al trato con tu familia y con tus amistades con la lección de la generosidad que has visto en otros estos días, bien aprendida. No seas el mismo egoísta de siempre. Vive para los demás. Haz de tu trabajo una empresa solidaria, en la que sirvas de verdad a los demás, con una tarea bien realizada, hecha para servir a los demás y ofrecérselas como los sacrificios de la Antigua Ley al Señor.

– Reza más. Transforma todo tu día en una oración que suba como el incienso y que te haga tener siempre presente el rostro de Cristo, a quien debes parecerte, a quien tienes que hacer presente en tu entorno: descubrirán a través de ti el rostro de Cristo.

– Desde allí, haz lo que les dijo Jesús que hicieran los apóstoles y discípulos reunidos en el cenáculo: “Volved a Galilea”. Y como dirá San Pablo, “la cosa empezó en Galilea”. Desde allí se lanzaron a predicar esa nueva vida que ofrecía el evangelio hasta nuestros días. Volvamos también nosotros a Galilea. Hagámoslo con el ejemplo de nuestra vida llena de una profunda fe. Transformemos el mundo y llenemos esos interrogantes, esos vacíos que tantos a nuestro alrededor, no saben como responder y llenar. Cambia tu y con tu vida les darás a ellos también las respuestas y las pautas para que entre todos transformemos este mundo tan necesitado de un cambio radical.

Jaime Sanz Santacruz (sacerdote)