Jamás permitas que nos separemos de ti

    Como quien nos da un voto de confianza, Dios siembra en nosotros una semilla de Fe. Que forme raíces más o menos profundas, o incluso que no las forme, depende más del terreno y sus cuidados que de la propia semilla… Porque la voluntad de la semilla es la misma para todos.

    Para mí, decir sí a Jesús y vivir en la Fe no solo fue una decisión libre, sino que también fue tomada desde la responsabilidad y el amor. Es por ello que a lo largo de mi vida he ido madurando en la Fe y reafirmándome en ella… aunque eso no quiere decir que no haya vivido algunos momentos de sequía.

    Mi nombre es Lucía, tengo 20 años y veo a Dios como aquel amigo que te acompaña durante el camino y como aquel que te espera en la línea de meta. Mi vocación es ser médico, pero no fui consciente de ello hasta que me encontré estudiando una carrera que no tenía nada que ver con la medicina. Decidí redirigir mi vida y aceptar que equivocarse es de humanos y fue en esa época cuando empecé a poner a Dios en el centro… y todo comenzó a tener sentido. Vivir en la Fe y con la confianza puesta en Él hizo que no desistiera, me dio fuerza y aliento, me dio valentía ante los desvíos del camino y me hizo “amar el tiempo de los intentos y la hora que nunca brilla”. Ahora puedo decir que, dos años más tarde y a 1.000 km de mi casa, estudio Medicina.

    Poner a Dios en el centro y hacerlo partícipe en mi día a día es una forma de silenciar todo el ajetreo que me rodea y poder reconocer el punto de apoyo y la esencia de todo: el amor. Con silenciar el ajetreo no me refiero a dar la espalda a los problemas que me pueda encontrar, sino todo lo contrario, es una forma de ser consciente de la realidad que me rodea y de cuáles son mis misiones cada día. Es también ser capaz de sostener la mirada, contemplar las cruces del mundo, sabiendo que cada uno portamos una, más o menos grande, e intentar compartir las cruces de los demás. Para mí eso es vivir en la Fe.

    Sin embargo, hay días e incluso épocas en las que el centro se desplaza, ya sea porque priorizamos otras cosas, o porque vivimos en un jaleo constante que es capaz de quitarnos el tiempo de oración y dedicación. Ante estas situaciones, que son normales, lo primero que hago es ser consciente de que no estoy priorizando lo verdaderamente importante, y después me apoyo en las personas que me ayudan a sostener la Fe… Como decía San Ignacio de Loyola: “En tiempo de desolación no hacer mudanza”.

    Al fin y al cabo, vivir así es hacer del día a día una causa y compromiso, es echarle ganas y darle un sentido a nuestro tiempo, es vivir en el servicio. “Effetá, esto es: Ábrete”.

    Lucía Medina