La caridad en tiempos de pandemia

Comenzamos el mes de mayo, mes de María. Inmersos en una situación histórica que será juzgada por las futuras generaciones. Con la desescalada en ciernes, se nos presenta un panorama complicado para muchas economías domésticas. Pero ante el ruido mediático, la incertidumbre de los gobernantes y la preocupación por el porvenir laboral, como cristianos, tenemos una certeza: Dios no nos abandona (Jr 1, 8).

En conversaciones con feligreses, suelo decir que los bautizados tenemos una ventaja sobre el resto de la humanidad: conocemos ya el final de esta película, la victoria de Cristo Resucitado. Sin embargo, hasta ese momento culminante, está en nuestras manos, el obrar adecuadamente, para que el mensaje del Evangelio alcance todas las dimensiones de una sociedad, cuyo dogma actual es la ética líquida afectada por el relativismo de la multiplicidad de medias verdades. Escondiendo la única Verdad, el único Camino y la única Vida, que es Jesucristo.

Nuestra vida de fe no puede desentenderse de la vida cotidiana, deben caminar al unísono, en una misma dirección, especialmente en estos momentos de confinamiento, las personas atrapadas en sus casas no pueden salir a buscar el sustento diario, por lo que la escasez de los más vulnerables empieza a dejarse sentir en nuestras calles y plazas.

Y es que esta crisis humanitaria está acentuando una visión nueva para todos, sobre el verdadero valor de la vida humana, estremeciéndonos ante cada cifra de afectados y fallecidos, entremezclados con las cifras de recuperados, como un hálito de esperanza y siendo más que nunca, si cabe, conscientes del cuidado que necesitan aquellas personas más vulnerables, y que viven a nuestro lado: el vecino de al lado.

Lo que nos lleva a intuir el verdadero sentido de hermandad universal que está recorriendo nuestro mundo, también nuestro pequeño mundo: familia, amigos, conocidos. Haciéndonos descubrir día a día, pues tenemos todo el tiempo para reflexionar en oración, lo que supone este confinamiento temporal obligado, con el objetivo de pensar no solo en nosotros mismos, que es natural; sino también y muy especialmente en los demás.

Lo que ya ha supuesto un verdadero cambio en nuestras vidas y en nuestra percepción de las cosas, de lo que es verdaderamente importante y de lo que es secundario y superfluo. Así pues, posiblemente esta situación extrema nos haga ver más claramente y ser conscientes, siguiendo la constante exhortación del Papa Francisco, que nuestro mundo está integrado por una única familia, la humana, que está llamada ineludiblemente a convivir en este planeta, nuestra casa común.

Cuando estamos confinados en casa, impotentes, temerosos, y económicamente indefensos, el Evangelio de Jesucristo nos recuerda, que tenemos algo más satisfactorio en nuestra lucha diaria y cotidiana como creyentes y fieles seguidores del Resucitado. Especialmente en este tiempo de Pascua de Resurrección, y es que tenemos un Salvador, que es capaz de “compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4, 15).

Seamos dóciles al Espíritu que nos asiste en la tribulación y la prueba, nuestros corazones están sobrecargados de noticias de cómo el Covid-19 está impactando en nuestras vidas. Pero Jesús Resucitado nos ofrece algo eterno hoy: el consuelo del Evangelio donde nos ofrece su amor y su presencia, su descanso y refugio; y la certeza de sus promesas. Claro que las pruebas son arduas y difíciles, sin embargo Cristo es más grande. Es en los momentos más oscuros de la vida, donde la Buena Nueva que salva, nos alumbra e ilumina mucho más.

Es, en tiempos como éste, a consecuencia de lo descrito anteriormente, cuando la acción caritativa de la Iglesia pone en marcha toda la estructura asistencial. Desde las propias diócesis, Cáritas diocesanas y parroquiales, instituciones de vida consagrada, hermandades, movimientos, asociaciones de fieles, etc…; todos, aúnan sus esfuerzos con el objetivo de paliar, en la medida de lo posible, las grandes necesidades que muchas familias y personas están sufriendo, y desgraciadamente, van a sufrir.

Aunque esta pandemia, está infringiéndonos un duro golpe, Cristo y la caridad evangélica de su Iglesia, siempre están presentes y nunca fallan. Si nos abrimos a Él, la sangre redentora limpia nuestras infidelidades y su compasión disipa nuestras dudas. Jesús resucitó de entre los muertos, ascendió al Padre, y como nuestro gran sumo sacerdote, está orando por ti en este momento (Heb 7, 25).

Juan Manuel Góngora Matarín

Presbítero de la Diócesis de Almería.