“Id, que la gente vea cómo vivís”

A todos los fallecidos, a sus familiares y amigos, para que el Señor de la Esperanza, llene su vida de paz y consuelo.

Nuestro mundo ha sido golpeado por una pandemia, una enfermedad grave que se ha llevado a muchas personas, almas buenas que peregrinaron a nuestro lado por la tierra.

Creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14,1). Vivamos una fe de testigos y no de espectadores, de obras que nacen de la oración silenciosa e íntima. De ese Jesús que habla desde la compasión y no por los criterios de un mundo roto y herido por la banalidad y el narcisismo del hombre moderno. Pongamos a Dios en el centro de nuestra vida, en una amistad verdadera con Cristo.

Los cristianos somos buscadores de Dios y descubridores de la felicidad. Tenemos la certeza d habernos encontrado con el Señor. Como diría Benedicto XVI, en Deus Caritas est (n°1) encontrarnos con el Acontecimiento de Cristo nos ha dado otro horizonte definitivo a nuestra existencia: hablar como Él, obrar como Él obra, perdonar como Él, amar como Él y morir como Él. En definitiva, vivir según “su modo de proceder”, el de Cristo, como recordaba el siervo de Dios Pedro Arrupe.

Como jóvenes cristianos también resuenan en nuestro corazón las preguntas que otros jóvenes se hacen y las hacemos nuestras: ¿dicen que ha resucitado? ¿sigue vivo? Es la hora de dejar que estas preguntas se llenen también de los sentimientos de dolor, vergüenza, desolación y fracaso de muchas personas que siguen sin encontrar sentido y se ven ante la puerta del sepulcro y la visión de la muerte. También nosotros somos frágiles y ante esta situación presento mi humilde Fe. Me pregunto en la oración … ¿He abandonado al Señor? ¿sigo con ÉL? ¿Dónde puedo reconocer los signos de su presencia? A pesar de nuestra historia que vivimos estos días, estas semanas, yo confío en Jesús. Con mis pobres fuerzas, todavía con la ayuda de Dios, puedo hacer la profesión de Fe eclesial: verdaderamente Cristo ha resucitado, la vida ha vencido a la muerte, no busquemos a un muerto sino al que Vive y nos redimió para la siempre. Quiero decir a todos los jóvenes: ¡Él vive y te quiere vivo! ( Francisco, Christus Vivit, 1)

Estas semanas siguen siendo difíciles para muchos. Pero me siento reconfortado en la Iglesia, como mi casa donde habito en la fe y desde donde me lanzo al anuncio del Kerigma. Me ha dado ejemplo toda la iglesia en el silencio y en la prudencia, en la caridad y en la oración desde tantos hogares. He descubierto más todavía eso de ser y sentirme iglesia doméstica en la Iglesia Madre.

Me siento feliz y digno de, como dice el papa Francisco, formar parte con sus pecados y debilidades de una Iglesia que quiere ser familia en la gran familia de la humanidad. Somos un Pueblo lleno de la Unción de Cristo y no un partido religioso. Una Iglesia que es comunidad de amigos, donde la fe no se puede vivir en solitario y en el egoísmo de las trincheras. La fe es una memoria viva de lo que Dios hace por su pueblo, no una colección de museo, ni una convicción ideológica. La fe es estar en comunión con el Santo Pueblo Fiel de Dios como la define en la exhortación Evangelii Gaudium ( n° 119-120) y en la homilía de Santa Marta (28-03-2020).

¿Somos cristianos? ¿O cumplidores de una Ley? Quiero con humildad invitar a todos los jóvenes a vivir con pasión nuestra fe. No son momentos para sembrar la tristeza sino para sembrar la esperanza, para curar heridas y actuar con los mismos sentimientos del Señor. Me gustó la expresión que usó el Papa en la vigilia Pascual: restituir el derecho de la Esperanza. Creo que es una llamada a la misión en este tiempo de pandemia. No consintamos que se robe la esperanza. No vivamos la vida con mediocridad o mundanidad, sino con la alegría del resucitado.

El mundo que vivimos necesita nuestra humilde voz frente a otras voces que proclaman el miedo o tienen planes contrarios a la “Casa Común” que Dios nos regaló en la Creación. Delante del dedo acusador de la desinformación que nos trae en ocasiones el mundo mediático o las voces que eligen con facilidad a Barrabás, te propongo con urgencia emprender el camino de la Verdad. Recuerda que la Verdad nos hará libre ( Jn 8, 31-38). Es el momento de apostar por el Señor, de echar raíces, de mantener la memoria, de anclar nuestra vida y de ejercitar la virtud clásica de la fortaleza. La verdad es Cristo y es nuestra roca segura. Es hora de no perder el horizonte de nuestra existencia. Tenemos el Camino, la Verdad y la Vida. Y compañeros de camino como los discípulos de Emaús para sostenernos ¿Queremos más? Me viene a la memoria las palabras de la Hermana Clare Crokket del Hogar de la Madre: “Lo que me preocupa no es morir joven, lo que me preocupa es morir sin servir. Sin estar sirviendo, sin estar dando todo de mí, que fue para lo que el Señor me llamó”.

Por último, quisiera recordar las palabras cercanas del Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Christus Vivit: Si bien hay jóvenes que disfrutan cuando ven una Iglesia que se manifiesta humildemente segura de sus dones y también capaz de ejercer una crítica leal y fraterna, otros jóvenes reclaman una Iglesia que escuche más, que no se la pase condenando al mundo. No quieren ver a una Iglesia callada y tímida, pero tampoco que esté siempre en guerra por dos o tres temas que la obsesionan. Para ser creíble ante los jóvenes, a veces necesita recuperar la humildad y sencillamente escuchar, reconocer en lo que dicen los demás alguna luz que la ayude a descubrir mejor el Evangelio. Una Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen, pierde la juventud y se convierte en un museo. ¿Cómo podrá acoger de esa manera los sueños de los jóvenes? Aunque tenga la verdad del Evangelio, eso no significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que crecer siempre en la comprensión de ese tesoro inagotable.

Descubramos en nuestra vida esa alegría profunda y verdadera que viene de un manantial: quedémonos para siempre con el Resucitado. Nos esperan las calles de la Esperanza.

Alberto Diago Santos