¿Por qué no pruebas a decir sí?

Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2,13-25). Con estas palabras hacía referencia Jesús a los días que llegarían con su Pasión, Muerte y Resurrección. Tal y como anunció, el Templo fue destruido por la libertad humana y levantado, a los tres días, por la fuerza de Dios.

Esa destrucción del Templo equivale a la ausencia de Dios en el alma, a la soledad, al dolor, a la tristeza, al error, al miedo, a la frustración, al desánimo. Sin embargo, la alegría de sufrir con Cristo radica en que, tras esa demolición, tiene lugar la reconstrucción. Tras la Muerte, llega la Resurrección.

Quizá de manera inconsciente, el ser humano tiende a pensar que la felicidad la da una vida sin complicaciones y que, mientras todas las piezas encajen en el puzzle que cada uno ha diseñado, no hay problema. Perfección y armonía: hijos, amigos, padres, trabajo, etc. Todo, absolutamente todo, a nuestra medida. Afortunadamente, esto no es así. Pues de serlo, todos estaríamos irremediablemente condenados a la eterna infelicidad.

Decía San Josemaría que “la alegría cristiana tiene las raíces en forma de Cruz”. El sufrimiento -la Cruz- está inevitablemente presente en la vida del ser humano. A veces será más ligera (pereza en el estudio o el trabajo, una discusión con un familiar, una decepción que no esperábamos, un gesto hiriente de un ser querido, un desprecio, un pequeño fracaso, una humillación…) y otras, más pesada (la muerte, la enfermedad, la ruina económica, el abandono…), pero siempre estará. Y aunque nos cueste entenderlo, la única forma de alcanzar la paz verdadera e imperturbable pasa por integrar el dolor en nuestra vida. Pasa por ser cireneos y cargar sobre nuestros hombros el madero. Implica descubrir el sentido profundo de nuestra existencia y no quedarnos en la superficie.

Pero ¿por qué el dolor? ¿por qué el sufrimiento? ¿por qué la Cruz? Ojalá tuviera la respuesta a todas esas preguntas. El dolor siempre será un misterio para nosotros. Somos limitados, frágiles y vulnerables. Dios nos hizo infinitamente libres y, en muchas ocasiones, vemos cómo el dolor es consecuencia de esa libertad, ya sea propia o ajena. Sin embargo, hay muchas otras veces en las que el dolor parece inmerecido y resulta emanar de una fuente escondida. La única certeza, es que Dios no nos castiga, no nos envía el sufrimiento. Él sufre con nosotros y la mayor prueba de ello es que cargó con su Cruz. ¿Para qué? Para sacar amor del dolor, para traer luz en la oscuridad.

¿Por qué tuvo que morir Jesús en la Cruz? No lo sabemos. Cristo resucitó, sí, pero para ello tuvo que morir primero. Cristo lloró, sangró y cayó hasta tres veces durante el camino al Calvario. ¿Acaso nos sentiríamos comprendidos por un Dios que nada conoce de nuestra naturaleza humana y de los sinsabores de la Tierra?

Los días de Semana Santa, que este año hemos vivido probablemente más pegados que nunca a la Cruz, reflejan la actuación divina en nuestra vida: acompañamiento, silencio y esperanza.

Jesús, libremente, dice “sí”. Dice “sí” al dolor confiando en que, finalmente, todo saldría bien. ¡Cuánto bien nos haría a nosotros decir “sí”!

El mismo “sí” dio María. El mismo “sí” dieron San José y los Apóstoles. El mismo “sí” dan diariamente todas las personas que se comprometen en su vida cotidiana a vivir como Cristo.

Carmen Rodríguez Baleato