Un Sagrario abandonado

Estos días que muchos de nosotros no podemos recibir sacramentalmente la Eucaristía es un momento muy especial para unirnos más y más al Señor. Y aunque es verdad que muchos templos están vacíos, muchos Sagrarios quizá abandonados… Nosotros desde casa podemos cuidar un Sagrario, nos podemos proponer trasladarnos mentalmente a un Sagrario en particular y cuidarlo como lo haríamos si pudiéramos asistir presencialmente, incluso más. Pensemos en pueblos muy pequeños donde pocas personas asisten a la Liturgia… Podemos trasladarnos mentalmente a cualquier Sagrario ¡del mundo! No desaprovechemos esta oportunidad y cuidemos más que nunca al Señor encerrado en un Sagrario por amor a nosotros, nuestro ¡Divino prisionero! 

Para animaros os proponemos varios textos de san Manuel González, obispo de los Sagrarios abandonados. Que nuestro amor, cariño y delicadeza hacia el Sagrario se multipliquen estos días y podamos reparar al Señor todo el abandono y el daño causado. ¡ÁNIMO! Que nuestra vida sea un vela desgastada a los pies del Sagrario, acompañando a Jesús Eucaristía, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos. En todo: Contigo, Señor, Contigo.

En el Santísimo… – Evangeliza Fuerte

«¿Cómo mira Jesús? El Corazón de Jesús está mirándome en el Sagrario. El Corazón de Jesús en el Sagrario me mira. Me mira siempre. Me mira en todas partes… Me mira como si no tuviera que mirar a nadie más que a mí. ¿Por qué? Porque me quiere, y los que se quieren ansían mirarse. Pero, ¿cómo me mira a mí? Su amor impide dejar de mirarnos, como una madre mira a su hijo cuando duerme, cuando se levanta, cuando come… ¿Cómo podemos perder de vista al Señor si Él nunca nos deja de mirar? Él nos ama con un amor omnipotente, siempre y en todo lugar».

“¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí – nos cuenta él mismo – mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro que aún estaba amarrado a los aldabones de la puerta de la iglesia y salir corriendo para mi casa! Pero no huí. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo: pero sobre todo encontré… allí, de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades, a través de aquella puertecilla apolillada a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba… sí. Me parecía que después de recorrer con su vista aquel desierto de almas, posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más, que me hacía llorar y guardar al mismo tiempo las lágrimas para no afligirlo más, una mirada en la que se reflejaba una ganas infinitas de querer y una angustia infinita también por no encontrar quien quisiera ser querido. Sí, sí, aquellas tristezas estaban allí en aquel Sagrario oprimiendo, estrujando al Corazón dulce de Jesús y haciendo salir por sus ojos su jugo amargo, ¡lágrimas benditas las de aquellos ojos!… ¿verdad que la mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca?”.

«¡Nada! Yo no os pido ahora dinero para los niños pobres. Ni auxilio para los enfermos. Ni trabajo para los cesantes. Ni consuelo para los afligidos. Yo os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado; un poco de calor para esos Sagrarios tan Abandonados. Yo os pido, por el amor de María Inmaculada, Madre de ese Hijo tan despreciado, y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que hagáis compañía a esos Sagrarios Abandonados».

«Alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud, proporcionar desahogos a Su Corazón con mis sacrificios, servirle de pies para llevarle donde lo desean, manos para dar limosna, de boca par hablar de Él, y consolar por Él, y gritar por Él cuando se empeñan en no oírlo. La mirada de Jesucristo en esos Sagrarios se graba en el alma y no se olvida nunca».