Cuando Dios se esconde

    La verdad, nunca pensé que escribiría la carta que me publicaron hace dos semanas. Más que nada, nunca me había planteado dar a conocer mi vida, mi relación con Dios, mis dificultades. Sin embargo, cuando esa carta salió a la luz, me escribieron muchas personas agradeciéndome y abriéndose, contándome sus dificultades, como se habían visto reflejados…etc. Después de esa experiencia me animo a volver a escribir. De nuevo parto de mi experiencia, de mis vivencias, de mi situación.

    Puedo decir que nací conociendo a Dios. Como muchos de vosotros he crecido con Dios en casa, en el colegio, en la calle. Los domingos íbamos a misa en familia, en el colegio teníamos misa de curso, catequesis…etc. En esos momentos nunca jamás pensé que ese Dios que yo conocía, que me habían dado a conocer podía realmente desaparecer de mi vista, de mi cabeza, de mi corazón.

    Siempre he visto la vida cristiana como un camino. Creo que a más de uno nos lo han enseñado así. Un camino que empieza cuando naces y acaba cuando mueres. Un sendero donde el fin es el cielo, la vida eterna, Dios. Es cierto que a los lados hay árboles que dan sombra, pero también hay arbustos con espinas con los que puedes rozarte por el camino. De vez en cuando se abre una bifurcación, que te aleja del camino central. En mi cabeza de adolescente “mecreoenlaverdad”, solo gente rara se salía del camino, o no rara, pero gente que no era como yo, gente distinta, que no conocía cuál era la meta.

    Empecé el camino de la mano de mis padres y profesores del colegio. Mi madre, punto de referencia total, algunas profesoras que admiraba y seguí las huellas que dejaban en el camino. A medida que fui creciendo empecé a fijarme en amigas un poco más mayores que cogieron el relevo de ese “modelo” que dejaba huellas en el camino para que yo pudiera seguirlas. Yo y todos los que hemos seguido ese camino, nos hemos raspado con los arbustos del camino, pero seguíamos el camino que siempre nos habían marcado, o pensábamos que nos habían marcado. ¿Qué nos podía pasar? Ahora me doy cuenta de que hice el camino mirando a esas personas guía, mirando hacia el suelo, fijándome en sus huellas. Me faltó levantar la mirada y mirar a Dios.

    Llegó un momento en que me vi cogiendo una bifurcación. Me sentí mirada por la gente que pensaba que me estaba alejando del camino. Pero yo, por diversas razones, no podía seguir el sendero de siempre. Tenia que torcer. Entonces Dios desapareció. ¿Y todas las personas que me acompañaban? ¿Y el sendero fácil? Quería volver al camino central, pero si vuelvo me pierdo, tengo que seguir adelante.

    En este punto del camino me hallo ahora mismo. Veo gente a mi alrededor que también han cogido esta bifurcación. En este camino no hay tantas huellas, tantas referencias. Y Dios parece no estar. Los que caminamos nos guiamos porque una vez vimos a Dios, y supimos que debíamos ir hacia Él. Pero yo, y sé que muchos más, ahora mismo no le vemos. La mayoría hemos intentado buscarle en distintas partes del camino, pero no le vemos. Nos hemos rozado las piernas con las espinas del camino, hemos caído por pequeños barrancos que no hemos visto, pero seguimos mirando para adelante, porque sabemos que ese camino también termina en Dios, aunque ahora Él se esconda. Quiero pensar que aparecerá y nos/me hará ver claramente el camino. Por ahora solo puedo dar un paso, y después otro. Sin pensar en que obstáculo me encontraré cuando haya dado 5 pasos. Me siento sin embargo con suerte, porque, aunque hay menos señales, menos huellas menos referencias para guiarme, en este camino me he encontrado compañeros de viaje. Compañeros que están igual de desorientados que yo. Alguno (y creo que yo a veces también) lleva un pañuelo en los ojos, ese no ve nada. Pero nos cogemos de la mano y nos animamos, y nos ayudamos. Hablamos de las promesas que Dios nos hizo y de la recompensa que tendremos cuando lleguemos, cuando hayamos atravesado todo este camino que a veces se hace tan cuesta arriba. A veces añoramos el camino amplio, las señales, las guías que nos hacían el camino más fácil. Pero nos acordamos de que en aquellos tiempos no mirábamos a Dios, aunque estuviera allí, nos mirábamos a nosotros mismos y juzgábamos a los demás. Ahora en cambio nos damos la mano, no nos juzgamos, y miramos hacia arriba. Miramos arriba porque sabemos/sé que Dios está impidiendo que nos perdamos, y que cuando menos lo esperemos la meta volverá a ser clara y nítida. Solo debemos tener paciencia, rezar y esperar.

    Nuria Pinto