Domingo

Dice un antiguo adagio de los primeros cristianos, de aquellos que vivían bajo persecución, que sin el domingo no podían vivir. Y es que el domingo, ya desde la era apostólica, pasó a ser el centro de la vida de aquellos que creían que Jesús había resucitado al tercer día de su muerte, el primer día de la semana, esto es, el domingo, que pasa a ser expresión de la resurrección que anoche celebrábamos y ahora conmemoramos.

Obviamente nosotros celebramos el domingo como el día del Señor debido a esta realidad histórica, pero que supera el espacio/tiempo en que la historia se realiza, pero cabe preguntarse si no estaremos perdiendo el sentido del domingo. Antes del Coronavirus, pero ahora, que todos los días parecen iguales, corremos un riesgo mayor. Cabe preguntarse: ¿podemos vivir sin el domingo? Y la respuesta, que puede ser teórica o existencial, debería ser en ambos casos un ‘no’ rotundo: ‘sin el domingo no podemos vivir’. Pero, no nos engañemos, muchas veces hemos convertido el domingo en un día de evasión laboral en lugar de una jornada para regalar al Señor; en lugar de descansar en el Señor, cumplimos el precepto y nos olvidamos de todo un poco.

Profundizando en la dimensión bíblica del significado de la semana como obra de Dios, debemos advertir que el día de descanso de Dios es el sábado, como así lo celebraron siempre nuestros padres en la fe. El Sabbat es el día en que Dios reposa en la creación, el día en que contempla cómo “todo era bueno”, que dice el Génesis. Y esto sigue vigente. Pero, tras la creación, el hombre pecó y el mal entró en el mundo como dinámica interna que desune y destroza la armonía de lo que es bueno. Así, se hacía fundamental que Dios mantuviera su alianza primigenia con el hombre, que es lo que Jesucristo nos ha revelado con su resurrección: el Señor nos dice, en el primer día de la semana, que la muerte no tiene la última palabra, que la bola de mal se acaba, que Él puede hacer nuevas todas las cosas, que Él puede recrear el mundo, que para Él no hay séptimo día sin más, sino que hay un octavo en el que la muerte ha sido vencida y, así, se nos abre la puerta a la plena satisfacción de nuestros deseos, del amor pleno y verdadero, no del sucedáneo que tantas veces se nos quiere vender. En el octavo día se nos regala la promesa de que volveremos a estar por toda la eternidad con quienes aquí hemos querido; en el domingo se nos da la eternidad, la libertad definitiva. ¡Esto es la Pascua! Antes, la memoria de la salida de la esclavitud de Egipto; ahora, de la salida de la esclavitud del pecado. En resumen, el domingo es conmemoración de la resurrección y todo lo que ella conlleva. Y no podemos perder el norte respecto a esta verdad tan importante en la vida del cristiano.

Como día de la nueva creación, por tanto, se nos muestra la plena continuidad con el antiguo sábado: es como si Dios, pese al pecado, reafirmara ese todo es bueno del que hablaba antes. Decían algunos de los primeros autores cristianos que hay que pasar el día del Señor en alegría festiva y guardar el antiguo Sabbat de un modo espiritual.

Es el día en que Cristo nos muestra el significado del verdadero amor. Un amor de eternidad, que no muere: El domingo es señal del tiempo escatológico, del descanso en Dios para siempre. Por tanto, es un día especial para amar en cuerpo y alma, tal y como lo haremos en el Cielo. Es un día de amor familiar, amor en la verdadera libertad, un día para amar como Dios ama.

La cuestión es si nosotros vivimos de esto o somos esclavos. ¿Qué es para nosotros el domingo: un día de culto a Dios y de familia o vivimos de la depresión del domingo por la tarde y nos amodorramos y tiramos el día del Señor a la basura? Ya sabéis: sentimientos de apatía, tedio y sensación de vacío los domingos por la tarde, que anticipan la rutina agitada de la semana. Ahora no vivimos así, pero, Dios mediante, volveremos a tener esa tentación y hemos de estar atentos, viviendo ya el domingo de un modo especial en este confinamiento. ¿Vivimos el domingo desde la dimensión normativa, desde el “hay que ir a Misa porque toca” o desde la dimensión del amor?

Renunciar al domingo es renunciar a gritar que Jesús ha resucitado; no vivir para el domingo es vivir para la esclavitud; no vivir el domingo es no vivir de Cristo; renunciar al domingo es rechazar el ejemplo de los mártires. ¡No podemos renunciar al domingo! ¡Tenemos que redescubrir el tiempo dedicado al Señor! Y esto sólo se puede hacer desde la contemplación evangélica del Señor resucitado, que hace nuevas todas las cosas.

Javier Peño (sacerdote)