Despertar del letargo que nos tenía anestesiado

Primero nosotros, cada uno. Pero después, tenemos que ayudar a que despierte el vecino de la puerta de al lado, tu primo, el vecino que está en la terraza de enfrente a la tuya, haciendo ejercicio como tú, tu compañero de trabajo….

Cuantos hay que, hasta hoy, estaban anegando en las charcas de lo material, de la búsqueda desenfrenada del placer, de lo cómodo, de lo facilón, y se están dando cuenta estos días que están vacíos, huecos por dentro.

La vida sin Dios no tiene sentido, y cuando vemos a tantos sanitarios, médicos, enfermeras, sacerdotes, auxiliares de enfermería, policías y personal de las más variadas profesiones que trabaja estos días por los demás, que alegremente -supongo que con miedo, al menos al principio- se dejan la vida por ayudar en lo que pueden a tantos, uno piensa que debe hacer algo más por los demás.

Escuchaba el otro día el testimonio precioso de una chica, médico R1, que para ayudar sustituyó en una guardia a una amiga. Uno de los pacientes de la planta del hospital, ya mayor, enfermo de COVID 19, empezó a empeorar. Tuvieron que sedarle porque ya la respiración se agitaba mucho. Al ver que no pasaría de esa noche, llamó a su familia, para que vinieran a despedirse, porque veía que se moría. Los problemas familiares hacían imposible que nadie pudiera venir a acompañarle, por lo que esta joven doctora, decidió quedarse toda la noche a su lado, agarrándole de la mano para que sintiera el cariño, rezando avemarías y pidiendo por este hombre que ya apenas era consciente de que se estaba muriendo solo. En ese momento entró una auxiliar, y le llamó por su nombre, a lo que el anciano contestó, diciendo que se encontraba mejor. Y efectivamente así era. La doctora llamó al adjunto que se dio cuenta de que algo extraño estaba pasando allí: “Tu Dios se ve que hace milagros”. Y ese hombre mejoró y empezó a recibir medicación normal para recuperarse a los pocos días.

Cuántos hechos similares estarán sucediendo estos días. Y muchos más, que a lo largo de las próximas semanas, rezando por la gente, y agarrándoles fuerte de la mano, vamos a vivir tú y yo, ayudando a despertar a tantos de la sedación espiritual que están padeciendo: vivir de espaldas a Dios, anestesiados por lo material y muriéndose poco a poco para la vida del cielo.

Reza por todos los que vas a poder ayudar a volver al mundo de los vivos cuanto todo esto acabe. Aprovecha estos días, esa arma infalible de la oración. Ofrece las molestias e incomodidades del confinamiento, tu esfuerzo por mantener la alegría con los tuyos y anima a los que lo estén pasando peor. Y verás cómo tu serás como esa joven médico, porque ayudarás a muchos a recuperar el aliento de la vida con Dios que están necesitando.

Jaime Sanz Santacruz (sacerdote)