Ser cristiano

Minutos antes de escribir estas líneas, hablaba con un buen amigo sacerdote, y le confesaba mi caos interior o sensorial durante el sábado santo. Notaba un ambiente extraño, hostil, difuso, distinto al del resto de las jornadas. Donde había orden, se había levantado el caos. Incluso esos momentos en los que recojo para calmar esos ruidos exteriores, no surtían efecto y aquellos gritos extrasensoriales no dejaban de sonar más que nunca. Algo estaba pasando.

Lo que acontecía, no era nada extraordinario, sino algo normal, o al menos así debería de ser para los que creemos en la encarnación de Dios en la figura de Cristo. Jesús, al perecer en el árbol de la cruz, había abandonado este mundo hasta que resucitó. En este sábado, es el primero en el que caigo en la cuenta de que, durante una vez al año, todo esta permitido, como anhelaba aquel filósofo alemán que asesinó al Creador. Una realidad, de la que me he dado cuenta a lo largo del día, y la he expresado, con un mensaje a este mismo allegado con el que he charlado antes de teclear estas letras, me sentía solo, huérfano en un mundo sin la voz de la verdad. Circunstancia, que estaba analizando desde un punto de vista negativo, sin tener en cuenta le prisma realista y positivo, que no es otro que estar agradecido de poder experimentar la ausencia del Altísimo. Es la primera vez que sentía algo así, la única vez en donde me veía desnudo e indefenso, sediento de Dios, de su seguridad. Que esté viviendo en unas circunstancias monacales como consecuencia del confinamiento, quizá tenga algo que ver. Sin duda, me encuentro ante la Semana Santa en la que más estoy rezando, reflexionando, y leyendo sobre la vida y Pasión de Jesucristo. Tengo la seguridad, de que este panorama anómalo, me ha venido de perlas para interiorizar más esta celebración. No me cabe ninguna duda, de que, si estuviera atravesando una fiesta pascual ordinaria en la que poder salir a la calle y hacer vida normal, la única lectura sobre la que meditaría sería el relato de la muerte de Jesús que se lee durante la misa del domingo de Ramos, y que no me tomaría la mínima molestia para buscar otros materiales con el fin de profundizar en la materia del sacrificio del Cordero de Dios. Quien me iba a decir a mí que vería la Pasión de Cristo de Mel Gibson, que estudiaría sobre la Sabana Santa, o que leería Jesús de Nazaret de Benedicto XVI. Con esto no quiero decir que antes de que esto sucediera yo fuera un católico postural, como dice un buen amigo, pero sí que pese a ser creyente practicante, prefería informarme sobre otras cosas del saber antes que conocer elementos de mi fe. Sin duda, estoy redescubriendo mi amor por Cristo.

Un Jesucristo, que independientemente de que uno sea o no creyente de su faceta de Hijo de Dios, creo que es digno de admiración. De hecho, Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid durante los años 80, pese a no ser un ferviente creyente, de hecho, escribió una obra titulada ¿Qué es ser agnóstico?, cuando llegó a su despacho del Ayuntamiento y uno de sus hombres de confianza le consultó por si deseaba librarse del crucifijo que presidia la sala, negó contundentemente alegando que como le iba a molestar tener a un hombre bueno que había muerto por defender sus ideales. La figura de Cristo desde el punto de vista histórico es digna de admirar. De hecho, en cierta manera, todo hombre que se precie debería considerarse cristiano, puesto que no hay mayor referente moral, y espejo de virtudes que el nazareno. Desde el primer momento que se puso las sandalias para pisar la arena y empezar a predicar en su vida pública, no dejó de preocuparse de los enfermos, de los oprimidos, de todos aquellos que eran marginados por el resto de la ciudadanía. Leprosos, prostitutas, pobres…Luego algunos se llenan la boca invocando a otros nombres de la historia que adornan incluso sus camisetas, como es el caso del Che Guevara, -uno que asesinaba y maltrataba a los homosexuales-, o siguen las doctrinas de los mayores asesinos en la historia de la humanidad mientras desprecian al hombre más justo de la historia, nuestro Cristo.

Ser cristiano desde el punto de vista espiritual es extraordinario, solo unos elegidos tenemos fe para considerarlo nuestro Padre, nuestro Todo, pero tomando el prisma histórico de la época y basándonos en todos los hechos que han precedido su heroísmo, ser seguidor de la figura de Jesús, es ordinario, algo normal si uno quiere tener un modelo de entrega, de sacrificio, de fortaleza, de virilidad, de templanza… de todas y cada una de las virtudes que conforman la perfección. ¿A quién no le gustaría tener como modelo a un ser magnánimo?

Jorge Brugos