#LaColecta de la Misa de hoy. La muerte ha sido vencida

Oración colecta de la Misa de hoy:

«Oh, Dios, que en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito, concede, a quien celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida».

Hoy llega la colecta de las colectas, la Misa de todas las Misas, el día de los días. Hoy llega la Resurrección. Esta es la entraña del cristianismo, que la liturgia recoge: lo que Dios hace -ha hecho en Semana Santa- es para nuestra resurrección, para elevarnos por siempre.

A partir de la Resurrección podemos mirar al futuro con confianza: no al futuro que será pasado, sino al futuro que siempre será presente. Ese es el que la Pascua nos trae, el que de verdad da plenitud al corazón humano. Ese es el que tenemos que vivir, ahora y para siempre.

La muerte ha sido vencida: no queda abolida, sino que se pone al servicio del hombre. El esclavo ahora reina, quien temblaba al apagarse, ahora mira a la cara a la muerte y ve más allá. Por eso la mano de Dios bendice a quienes miran cara a cara a la muerte, ahora y siempre.

Con esta victoria, todo un nuevo reino se abre. Un reino que no es de este mundo, que es más que cualquier otra cosa que podemos imaginar -el creyente tiene un impulso formidable para mejorar el mundo, porque quiere el Cielo cuanto antes y para todos-. Un reino para siempre.

El Hijo de Dios nos hace levantar la mirada, los corazones, los deseos y la esperanza. No nos conformamos con nada que pueda dar este mundo: no es malo, pero tampoco es suficiente. Es bueno, pero se acaba, como se acabó la vida en la Cruz. Es divino, pero no es para siempre.

Celebramos la Resurrección, porque celebramos que hay vida eterna, y que está al alcance de la mano. Celebramos que aquello que buscamos y parece imposible -bien, verdad, belleza- existe y es nuestra herencia: con la ayuda de Dios la vida eterna es nuestra casa para siempre.

Todo lo caduco ha sido vencido: llenos del Espíritu Santo, con su ayuda, con su luz, en el destello de vida eterna que encontramos cada día -si miramos bien- reconoceremos la luz de vida; una llamarada que purifica y limpia, que calienta e ilumina, que es hogar para siempre.

D. Rubén Pereda (@donrupereda)