Feliz Pascua de Resurrección desde la Casa de la Alegría

    Hay ocasiones en las que no puedes dejar de agradecer a Dios que te permita vivir ciertas experiencias y hace ahora justo un año que tuve la oportunidad de plasmar sobre el papel todo lo que pude sentir con una de esas vivencias que te llenan el corazón y tardan en ser olvidadas:

    Han pasado algo más de cinco años desde aquel verano de 2013 en el que pisé por primera vez la Casa da Alegría que las Misioneras de la Caridad tienen en la ciudad portuguesa de Setúbal. Un hogar que fundó la Madre Teresa de Calcuta para acoger a niños discapacitados que habían sido abandonados por sus familias o que habían sido encomendados al cuidado de las Hermanas por no tener la familia los recursos suficientes para ello.

    Aún recuerdo mi llegada a este lugar cuya belleza exterior no pasa desapercibida, pero la primera sensación que pude sentir fue más bien de sobrecogimiento ante las discapacidades, el dolor y el sufrimiento que gran parte de los niños tenían. 

    Es innegable que en líneas generales la sociedad actual nos quiere transmitir que es más feliz quien más tiene, no solo en el terreno material, sino también a nivel personal; la búsqueda constante del éxito y ese afán de destacar por encima de otros unido a una gran ambición por querer ser los mejores en cada una de las facetas de nuestra vida. Competición que en muchas ocasiones nos impide VIVIR y disfrutar de aquello que la vida nos está ofreciendo en cada momento.

    ¿Cuántas veces nos ponemos a pensar en qué podemos hacer para sacarle mayor partido a algo  y cuando nos damos cuenta, ya es tarde y no hemos disfrutado de nada? 

    Según esta creencia de gran parte de la sociedad, de poca felicidad podían gozar estos pequeños que se pasaban gran parte del día sentados en su silla de ruedas y  completamente dependientes de otros, sin embargo, el corazón de cada uno de estos niños era tan grande, y estaban tan deseosos de dar y recibir amor que necesitamos poco tiempo para darnos cuenta de que lo realmente bello de la casa eran las personas que habitaban en ella.

    Con el paso de los días, pude comprobar que efectivamente esto no era un reflejo de la cotidianidad de nuestro mundo, sino un oasis completamente ajeno al ajetreo de nuestra rutina. Obviamente, observas el sufrimiento y te duele, porque cuesta trabajo pensar que estos niños no van a tener todas las oportunidades que tú has tenido y es difícil asimilar que los avances de la medicina no alcancen a curar estas enfermedades. Sin embargo, sería injusto tachar de tristeza lo que allí se veía, ya que en la casa reinaba un ambiente de plena alegría: los rostros agradecidos de las Sisters, las sonrisas  de los niños al escuchar una canción o la paz que se vivía al bendecir cada una de las comidas.

    Algunos podrían tacharme de ingenua por pensar que estos niños realmente son felices, sin embargo, estoy tan convencida de que su felicidad  era real, que además me atrevo a afirmar y recalcar su autenticidad, porque las adversidades y contrariedades que claramente quedaban de manifiesto no eran suficientes para que se tambalearan. 

    Allí, en medio de esta situación, las Misioneras de la Caridad, que se sienten llamadas a hacer que los demás tengan una vida más digna y más humana.  Aunque esté en juego su propio cansancio y el ritmo de sus jornadas sea realmente agotador, a ellas  les  importa poco, si eso supone que los demás van a tener un descanso mejor. Su generosidad es tan grande que sólo se preocupan de que tú estés a gusto y su mayor afán es que reconozcamos a Jesús en cada niño enfermo.  El testimonio de sus vidas hace que te sientas conmovido y con una profunda admiración ante tanta capacidad de entrega y AMOR ofrecido a los demás. 

    Tras darle muchas vueltas, concluyes que no puede haber felicidad en una sociedad en la que no se respetan los derechos de tantas personas vulnerables: cada bebé no deseado, cada persona mayor abandonada, aquellos que están solos porque no tienen a nadie que se preocupe por ellos, las personas que arriesgan su vida y dejan su lugar de origen para tratar de alcanzar ese futuro mejor que anhelan y se encuentran con la barrera de egoísmo y así un largo etcétera de realidades dolorosas que en ocasiones solo salen a la luz como buenas herramientas para originar un debate político.

    Volver allí en plena Semana Santa me ha ayudado a ver que aún hay lugares en los que ese mismo Jesús que sufre su Pasión cada Jueves y Viernes Santo, en esta casa es querido, cuidado y amado hasta el extremo y que es un fiel reflejo de que Jesús VIVE y que tiene la última palabra sobre tanto mal que la sociedad nos ofrece.

    Ha sido realmente especial. Los gemidos de Califo no habían cambiado y continuaba llamando a su madre a quien no conoció porque falleció en el parto, pero que se veían interrumpidos cuando jugabas con él; la serenidad de Joao y Abrao que postrados en una cama miraban al infinito  con una dulzura especial y en quienes veías a un auténtico regalo de Dios por la paz tan grande que transmitían; la energía de Joana y sus gritos de alegría al ver a alguien llegar; el brillo de los ojos de Romao entremezclado con una sonrisa constante; los sonidos de Dani y sus risas que cada día nos ofrecía. Por último, pero no menos importante, no puedo dejar atrás a Edith y Aliana, quienes son conscientes de sus limitaciones, pero no se quejan y aportan su granito de arena para que nada altere el ambiente de armonía que en esta casa reina.

    Con el paso de los años, algunos como Claudio, Gibril, Linda ya no viven allí, porque al alcanzar la mayoría de edad van a otra institución y otros como Solange ya gozan de la cercanía de Dios en ese CIELO al que todos aspiramos llegar, pero donde estos angelitos tienen un lugar privilegiado. Sin embargo, al haber estado en la Casa da Alegría, ya forman parte de su vida y de su historia y se puede seguir viendo sus fotos en los pasillos y en las habitaciones que las Misioneras cuidan con todo lujo de detalles, pues por encima de todo, ellas han puesto todo su empeño en que esta casa sea un HOGAR y todos se sientan parte de una familia.

    Unos van y otros vienen, cambian las Sisters y los voluntarios, pero la esencia permanece… no es relax lo que allí hay porque el ajetreo es continuo, mucho menos silencio por los ruidos evidentes en un hogar en el que viven niños, y están las puertas abiertas de par en par para acoger a quien quiera entrar,  pero de lo que no cabe la menor duda es del AMOR y la PAZ que allí se respira, y donde se puede ver, que también hoy Jesús vive y ha resucitado.”

    FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

    Rocío Arévalo Suárez