Esto has hecho Tú por mí, y yo ¿qué he hecho por Ti?

Cuenta un antiguo arzobispo de París que siendo él un adolescente se encontraba con su pandilla haciendo de las suyas, y se le ocurrió ir a tocar las narices a la Iglesia. En uno de esos arrebatos de bravuconería adolescente, dijo a sus compañeros: “iré al confesionario (donde había un sacerdote confesando) y me confesaré para reírnos un rato”. Así se fue hinchado el jovenzuelo directo al confesionario.

Se arrodilló y comenzó como es costumbre en estos casos. El sacerdote le dio la palabra para decir los pecados, y como viese que venía en son de burla, no dijo nada al principio. Cuando terminó el joven, el sacerdote no dijo más que lo siguiente: “muy bien, hijo. Ahora bajarás allá abajo, donde está el Cristo (era un Cristo de tamaño natural), te pondrás de rodillas, lo mirarás y le dirás: esto has hecho Tú por mí, y yo ¿qué he hecho por ti? ¿Te atreverás?”. El joven respondió: “¡Por supuesto!”.

Fue el futuro arzobispo con tono burlesco hacia abajo adonde estaba el Cristo. Se arrodilló delante, lo miró, y comenzó: “Esto has hecho Tú por mí, y yo ¿qué he hecho por Ti?”. Así lo hizo rápidamente hasta la tercera vez. La cuarta la hizo más despacio, y luego ya no pudo continuar, prorrumpió en lágrimas y fue a confesarse pero esta vez con el corazón verdaderamente compungido. Este chaval fue después arzobispo de París, después de encontrarse con el amor de todo un Dios hecho hombre que muere por él en la Cruz.

En estos días de Semana Santa, no conmemoramos unos días históricos, no nos referimos a acontecimientos pasados y que restan inertes, marcados en tinta negra sobre un pergamino. La Semana Santa es el recuerdo vivo de algo que sigue aconteciendo, del amor hasta el extremo de Jesucristo por cada uno de nosotros.

Es necesario, de esta manera, que nos pongamos delante de ese amor grande que Cristo tiene por nosotros, para dejarnos transformar por Él. Ante Cristo crucificado se disipan todas nuestras dudas, nuestras quejas, nuestras ilegítimas aspiraciones, nuestras ambiciones desenfrenadas. Y así, por mucho que fallemos, podremos volver la mirada a ese Dios que nos pregunta: “¿me amas?”, y le responderemos: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

P. Pablo Pich-Aguilera