Corazón con corazón

En el Evangelio de ayer encontramos una de las mejores actitudes para vivir esta Semana Santa y la verdad es que nunca lo había visto así. Hablo de la querida María de Betania, esa amiga del Corazón de Cristo. ¿Por qué fijarnos en ella si no estuvo en la Pasión, ni a los pies de la Cruz? ¿Cómo vivir la Semana Santa como María de Betania si ni siquiera estuvo ahí?

Los Evangelios no dicen nada sobre que estuviera pero quizá sí lo estuvo. En cualquier caso, nos fijamos en ella porque nadie del círculo de los amigos de Jesús, sólo la Virgen, entendió lo que pasaba en el Corazón de Nuestro Señor, y el Evangelio de ayer nos lo muestra perfectamente.

Jesús antes de celebrar la Pascua con sus discípulos, un poco empanadetes todos ellos, va a su hogar favorito, a casa de sus amigos de Betania para estar con ellos, para pasar esos momentos tan angustiosos con ellos. ¡Cómo debía sentirse Jesús en esa casa! Verdaderamente es modelo para todos nosotros. Y es que ahí Su corazón descansa, goza. Lázaro amigo íntimo, predilecto; Marta modelo de servicio y acogida; y, María ejemplo de sintonía y reparación del Corazón del Señor, amiga íntima del Corazón de Cristo como lo es también Juan, el discípulo amado.

Están cenando todos, Jesús busca estar con los más queridos, con los que más ardientemente quiere salvar y busca que le entiendan. En mitad de la cena, María se levanta y unge los pies del Señor con «una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.» (Jn 12, 2).

Sólo ella ha entendido lo que está pasando por el Corazón de Cristo, ella entiende la agonía del Corazón del Señor y lo que sufrirá Jesús por sus pecados. Entiende que su Señor, su Rey morirá para la salvación y redención de sus pecados y del mundo entero. Mientras el día anterior todos lo aclamaban, ahora cena sus más íntimos y, sin embargo, ¡qué pocos le entienden y le acompañan! María sintoniza con ese Corazón, vive en ese Corazón y por eso entiende y derrama lo mejor que tiene, lo más costoso. Percibe que su Señor morirá y no lo podrá ungir y por eso lo hace ahora. ¡Qué delicadeza la de esta mujer! Entrega todo, se rompe por completo, y enjuga el ungüento ¡con sus cabellos! Aunque los demás no lo entiendan, aunque parezca ridículo. Sin embargo, a ella todo esto le da igual, Jesús y María se entienden y eso basta. No vive para el mundo, su único público es el Señor. 

María de Betania se entera de todo y se adelanta. Entiende con el corazón, hay una correspondencia mutua entre Corazón y corazón. El cardenal Newman decía, «Cor ad cor loquitur», el Corazón habla al corazón. Así debemos vivir nosotros. María dona toda su vida, simbolizada en el frasco de perfume, sin estridencias. Sintoniza y repara. Pone amor donde no lo hay para que Jesús descanse ahí, descanse en ella, descanse en un amor correspondido, en un corazón que entiende y que agoniza con Él. ¡Menudo consuelo para el Señor! ¿Nosotros somos así? Hay una canción que dice: «Que mi vida sea para ti como un perfume a tus pies», pues así debemos ser. El que ama de verdad gasta todo por el amado, derrama toda la vida por el Amigo. Jesús descansa en María porque ve la entrega de su vida, porque hay sintonía entre sus corazones.

Y ese perfume «llena la casa», llena la Iglesia, porque el amor gastado y desgastado por el Amado llena el ambiente, lo transforma. En ese frasco los Padres de la Iglesia también veían simbolizada la Trinidad. El Padre que entrega a Su Hijo (María de Betania), el Hijo que se dona (el frasco en sí), y el Espíritu Santo que perfuma todo el hogar.

Creo, de todo corazón, que todos estamos llamados a ser María de Betania,a derramar todo a los pies de Jesús, de romper el frasco, romper nuestra vida para ungir al Señor, nuestro Rey, Salvador y Redentor. Y más que nunca en estas fechas donde el Señor está realizando la mayor entrega, el mayor amor. Que esta Semana Santa suavicemos y reparemos el Corazón de Cristo, le acompañemos en su agonía, agradezcamos su entrega, arrepintámonos de todas nuestras faltas y pecados, que Jesús pueda descansar en nosotros, como María de Betania. ¡Rompe el frasco, no te dejes nada, dalo todo, todo, todo! Que tu vida se derrame a los pies de la Cruz y unja el cuerpo del Resucitado.