#LaColecta de la Misa de hoy. La Humildad de Cristo

Oración colecta de la Misa de hoy:

«Dios todopoderoso y eterno, que hiciste que nuestro Salvador se encarnase y soportara la cruz para que imitemos su ejemplo de humildad, concédenos, propicio, aprender las enseñanzas de la pasión y participar de la resurrección gloriosa».

La colecta de la Misa de hoy no dice nada de palmas, ni ramos, ni procesiones. Habla de la encarnación y pasión del Salvador, habla de lo que estamos a punto de revivir: la muerte y resurrección de Cristo. A lo esencial: es cierto que lo demás nos ayuda, pero no es lo mismo.

Este domingo es el pórtico de la Pasión del Hijo de Dios. Solía tener un aire festivo, es verdad, con la entrada solemne: como este año no va a ser así, mejor nos centramos en lo que la Iglesia medita hoy durante y con la Misa. Podemos centrarnos en la Cruz y el Crucificado.

Porque de esto va la Semana Santa: de adentrarnos en el sentido de la Encarnación del Hijo. Ya sabemos que es para la redención (quien no necesite redención, no hace falta que se interese por la fe; pero que no se queje luego). Pero hay más miga: es la redención por la cruz.

Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre como se hizo hombre, la Cruz (con mayúscula, porque sólo me vale la de Dios) es el camino de la salvación. Ni el éxito, ni la eficacia, ni los buenos sentimientos. Es la Cruz. ¿No podía haber sido de otro modo? Tal vez. Pero da igual.

Él se hace cargo de nuestro sufrimiento. Se hace cargo del dolor, de la muerte, del pecado. Sufre el dolor, sufre la muerte, sufre el pecado. Y sin dañar, sin matar, sin pecar. Lo mira, cara a cara, y lo recibe. Cristo, hombre perfecto, sufre perfectamente, sin ahorrar nada.

Es la humildad de Dios, porque se humilla una distancia infinita para ponerse por debajo de todos nosotros. Hay un «tesoro que poseen incluso los que no poseen nada: la capacidad de dar las gracias»; pues bien, a Dios le podemos negar este agradecimiento. Se deja despreciar.

La liturgia nos invita hoy a aprender de esta humildad de abrazar todo lo desagradable de nuestra vida sin esperar nada a cambio, de este servicio ofrecido como un regalo, como un don dado por amor. Las palmas parecían agradecimiento, pero quedaron en nada: que no se repita.

Rubén Pereda (sacerdote)