Domingo de burros

Hoy es el «domingo de burros», o también llamado «de ramos». En Granada sale la Burriquita. Jesús a lomos de un borrico es aclamado como Rey, y la gente lo vitorea agitando los ramos.

Hace unos meses, estando en una plaza de Granada, precisamente la que está delante de la parroquia de San Ildefonso, una señora de ese barrio me dijo:

«Me estoy leyendo una biografía de san Josemaría. ¡Qué humilde! ¡Mira que creerse que era un burro…!»

Efectivamente, san Josemaría, en su humildad se consideraba un burrito. Y le decía al Señor:

«Como un borriquillo estoy delante de Ti».

Y, cuando alguien le pedía una foto suya, le regalaba un burrito pequeño.

Si tenéis oportunidad de ir a la Parroquia de San Ildefonso veréis que hay una capilla dedicada a san Josemaría, entrando a la izquierda.

Pues en la urna de cristal donde se conserva una reliquia suya, encima se ha puesto precisamente un burrito.

Y es que todos los santos se han considerado pequeños ante Dios. Han tenido que pasar por la puerta estrecha y baja de la humildad.

POR LA PUERTA DE LA HUMILDAD

Y nosotros tenemos que ser como Jesús, humildes, porque su corazón es así. Por eso a los santos, les emocionaba la figura del burro, ese animal humilde.

Y así nos dice el Señor: «Cargad con mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

El yugo se ponía encima de un animal para que pudiera transportar una carga. En nuestro idioma se utiliza la palabra «subyugar», que es igual que humillar.

De eso se trata, de ser humildes, porque sólo los que cogen el yugo de la humildad son capaces de llevar a Jesús.

Los humildes son los libres. Los egoístas son los esclavos.

A LA FELICIDAD POR LA HUMILDAD

Jesús nos dice que la felicidad la obtendremos por la humildad. Porque sólo los humildes crean un clima grato a su alrededor, donde la gente se siente a sus anchas, como en su casa.

Estaba profetizado que el Señor vendría como Rey a poseer la tierra. Y esto se cumplió cuando Jesús, montado en un burro, entró en Jerusalén. El profeta Zacarías nos dice:

«…mira a tu rey que viene a ti (…) modesto y cabalgando en un asno, en un burro…» (9, 9s).

Los reyes van sentados en su trono. A algunos les hubiera parecido más lógico que Jesús hubiera utilizado un caballo, como hacían los emperadores.

Pero el Señor quiso servirse de un animal humilde para entrar a tomar posesión de la capital de su Reino, que era Jerusalén.

En un día como hoy comienza la Semana Santa, en la que los amigos de Dios revivimos la Pasión del Señor.

El Señor quiere que conozcamos el amor que nos tiene. Él hubiera muerto solo por nosotros. Y pasando por esos tormentos tan crueles.

El Señor quiso padecer la flagelación, la crucifixión, y el abandono de sus amigos para que nosotros conociésemos que aunque un Dios no puede sufrir, él es capaz de hacerse hombre y padecer como padecemos los hombres (cfr. Is 50, 4-7).

Y así no le tuviéramos miedo a Dios sino ternura. Esto es lo que le sucedía a los santos cuando lo veían tan golpeado y lleno de heridas, se le enternecía el corazón.

Jesús en la cruz rezó esa oración, el salmo que recitamos hoy: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Salmo 21).

Esta era la oración de un hombre que pide ayuda a Dios Padre, al verse acorralado por sus enemigos (cfr. Mt 26,14-27,66).

Y Dios Padre parece que no le escucha, pero la pasión no fue la última palabra.

También en nuestra vida habrá sufrimiento. Sucesos que flagelen nuestro cuerpo y nuestra alma.

Pero al final –si sabemos confiar en Dios nuestro Padre, como Jesús– los látigos se convertirán en ramos de triunfo (cfr. Mt 21,1-11).

A LA FELICIDAD POR LA HUMILLACIÓN

Ahora ya sabemos el porqué de las palmas que aclaman a Jesús como Rey: «el Señor triunfaría convirtiendo el mal en bien. Los ramos eran señales que anuncia su triunfo final.

Pero no sólo profetizaban el triunfo de Jesús, también el nuestro, el de cada uno de los que ayudan al Señor.

Si nosotros sabemos sufrir con el Señor también resucitaremos con Él. Si somos capaces de recibir los palos a causa del Señor, entonces nos aclamaran.

Por muy burros que hayamos sido en esta vida, porque lo importante será haber llevado al Señor como aquel animal.

Te leo un poema dedicado al burro:

Con cabeza de monstruo y con las alas

raras de mis orejas color gris,

soy la caricatura del diablo

andando a cuatro patas por ahí.

Vagabundo andrajoso de la tierra,

trabajando sin fin he de vivir,

sufriendo hambre y desprecio… y siempre mudo

me guardo mi secreto para mí,

porque vosotros olvidáis mi hora

que fue inmortal, tremenda y dulce. Allí

alzaban todos a mi paso palmas

y aleluyas al Hijo de David.

(G. K. CHESTERTON, The donkey)

Pues algo así de celebrada será nuestra entrada en la eternidad, por haber llevado en esta vida a nuestro Señor por los caminos de este mundo.

Nosotros también tenemos que cargar con

Jesús. Llevarlo. Como también la Virgen lo llevó dentro de sí.

Nosotros aunque seamos un poco burros podemos en estos días comulgar, y así vamos a llevar la alegría a mucha gente.

Antonio Balsera (sacerdote)