Camisa negra, corazón de santo, semblante de héroe

Estando en una ocasión con mi gran amigo, Joaquín López, canciller de la Diócesis de Orihuela-Alicante, entramos junto con otros allegados a una tienda de un rustico pueblo, y en un momento de nuestra estancia en aquel comercio, el tendero, con tono sarnoso mezclado con malicia, dijo: “Con estos curas hay que llevar cuidado”. El canciller, sin saber que decir, puso cara de circunstancia, y dejó intuir, que tenia un fuerte arrebato de abandonar el lugar de manera precipitada. El comerciante se dejó llevar. Rehén de los rumores, de las difamaciones, de las habladurías, y de las malas costumbres prejuiciosas de esta sociedad.

Manía, la que tiene la gente de generalizar conductas en un determinado colectivo. Capricho, que no es de esta era, Platón ya la criticaba en sus divagaciones filosofales. Tendencia a aplicar los mismos criterios a todas y cada una de las personas que conforman una comunidad. Cien sacerdotes de millares aprovechan su situación privilegiada para abusar de la pureza de los niños, y ya se mete a todos en el mismo saco como si todos tuvieran un problema para controlar sus instintos primarios y se encontraran con los afectos desordenados. ¿Acaso hicimos lo mismo cuando vimos los abusos de Harvey Westein asignando la etiqueta de acosadores a todos los productores de Hollywood? ¿Tachamos a la totalidad de los entrenadores de gimnasia cuando Larry Nassar utilizó a sus pupilas para satisfacer sus deseos sexuales? ¿Por qué lo hacemos con los curas? No tiene sentido. De hecho, la Presidenta de la Federación de Asociaciones para la Prevención del Maltrato Infantil (FAPMI), Raquel Raposo, asegura que “en cualquier lugar donde hay una jerarquía de poder se producen abusos sexuales”, destacando además que “se cometen más abusos sexuales en la familia, las escuelas y el deporte”. ¿Ven como no se puede hacer de la excepción la regla? No hagamos que paguen justos por pecadores.

Justos, que no merecen ser metidos en el mismo saco que en el de los ingratos. No podemos vivir, como si todos los clérigos fueran descendientes de los Borgia y personificaciones de las fechorías mortales de Alejandro VI. Es evidente, que algunos sacerdotes han aprovechado su ventajoso cargo para aprovecharse de feligreses en uno u otro termino, y que quizá la Iglesia en términos institucionales ha tardado en reaccionar tapando en tiempos pasados esos escándalos, pero se esta en ello. El Papa Francisco, ha sido el primero en pedir perdón y en condenar a todos aquellos que hayan llevado de manera desleal los votos y el hábito. Del mismo modo que existieron pontífices impresentables como León X o Juan XXII, hubo otros santos como Juan Pablo II o Pio XII, el cual, salvó a millones de judíos del holocausto ocultándoles de los ojos demoniacos del nazismo, y en palabras de Gary Krupp, judío y fundador de Pave the Way, asociación que pretende restaurar el buen nombre aquel Obispo de Roma, “Pio XII fue el líder de la época que salvo la vida de más judíos”.

Un héroe con alzacuellos, como los que surgen en estos días asolados por el coronavirus. Líderes, que infunden esperanza a sus feligreses, con una llamada, con un mensaje, o con diversas actuaciones, que marcan la diferencia rompiendo moldes. Sacerdotes, que están pereciendo por el mayor mal que ha atacado el mundo moderno. Mártires, como Giuseppe Berardelli, párroco italiano enfermo de Covid-19, que renunció al respirador que le compró su comunidad parroquial para dárselo a una joven afectada por el mismo enemigo, y falleció días después de realizar dicha obra de caridad. Otro Cristo, un hombre que dio la vida para salvar la de otro ser humano. Impresionante. Chocante también es el comportamiento de otro ciudadano ejemplar de esta guerra, Cirilo Longo, un clérigo italiano de 95 años que mantuvo la sonrisa hasta que fue sentenciado por el coronavirus, y que paradójicamente, este, en su ultimo aliente, fue el que estuvo aguardando y embriagando de esperanza a los sanitarios que lloraban por su perdida. Cuanto tenemos que aprender de estos dos mártires… No duden que pronto los veremos en el santoral, y recitaremos oraciones invocándoles. Gracias. Agradecidos a todos los que han caído en manos del enemigo, cincuenta en Italia, y otros tantos también en España…Almas sacerdotales de Cuenca, de la Bañeza, Getafe, Oviedo que perdieron la vida enfrentándose al peligro. Sin palabras.

Personal de riesgo, los sacerdotes, que, en mi opinión, están siendo olvidados a la hora de aplaudir a los servidores de la causa. Sanitarios, reponedores, trasportistas, cajeros… ¿Y qué pasa con los que llevan sotana? Ellos, cuando en nuestro mundo se han caído todos los Ídolos que habíamos creado en el anterior mundo, son los que hacen que por mucho que perdamos un sinfín de elementos, nunca nos veamos necesitados de esperanza. Si seguimos en pie, es porque en cada comunidad hay un siervo de Dios que nos ampara y nos recarga las pilas cuando las tenemos a cero. ¿Qué seria de mucha gente si sacerdotes como Patxi Bronchalo no practicaran catequesis a través de YouTube? ¿Qué seria de las almas si curas como Jesús Silva no celebrará misa a través de las RRSS o practicará ejercicios espirituales para no perder el diálogo con Dios? No tiene nombre la labor que están haciendo muchos. Saben que están en peligro, pero no se achantan, siguen al pie del cañón. Valientes como Vicente Esplugues, uno de los sacerdotes encargados de socorrer a las almas en la morgue temporal de El Palacio de Hielo. Cada vez que se acerca a los cuerpos inertes de los fallecidos sabe que corre peligro de ser atrapado por las garras del virus, pero con valentía acude con fe y tristeza a rezar los responsos pertinentes. Al igual que el resto de personal de riesgo, están en la línea de fuego, son igual de vulnerables que cualquiera que vaya a un hospital todos los días. De hecho, escuchando en una ocasión al padre Patxi Bronchalo, cuando anunció que padecía coronavirus, me impactó la tranquilidad y serenidad con la que lo llevaba, aseguraba que era de esperar, y que, al haber estado en contacto en enfermos del virus, no le pillaba por sorpresa. Vaya bemoles, con perdón.

Gracias a los siervos de Dios de camisa negra por tener un corazón santo y semblante de héroe, por ayudarnos a no perder la esperanza en tiempo de oscuridad.

Jorge Brugos