María, añoranza de una Madre

La reacción de una gran parte del pueblo fiel cristiano en estos momentos de desconcierto y de esperanza, ha sido, y está siendo, el volver la mirada a María, la Madre de Dios, y madre espiritual de todos los que creemos en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre; y en su Corazón encontrar la serenidad y la paz que solo una madre sabe dar.

Al echar en falta la Santa Misa en las iglesias, y ser conscientes de que esa relación personal y única con el Señor que podemos vivir en la Misa no es posible vivirla a través de la televisión, o de cualquier otro medio digital, el hombre y la mujer cristianas dirigen en estos días su mirada anhelante, esperanzada, angustiada pero no desesperada a la Madre del Redentor, Reina de la Familia.

Rezo del Santo Rosario, rezos de Avemarías a una hora determinada; cantos del Avemaría por conocidos tenores y barítonos, y por grupos y conjuntos musicales, que mantienen latentes en el corazón de muchas personas esos clamores que surgen en el corazón humano y que, en no pocas ocasiones, hasta nos puede dar vergüenza manifestar. Y la renovación de la Consagración a su Corazón y al de su Hijo, vivida hace días en Fátima.

Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. “Que jamás se ha oído decir que ninguno que haya acudido a vos, haya sido desamparado”; “Santa Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”; “Madre mía, y aunque mi amor te olvidare, Tú no te olvides de mí”.

Estas situaciones de desconcierto ante realidades que no podemos dominar desde el primer momento, y que nos sitúan ante la vulnerabilidad de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades, a la vez que las despiertan porque acabamos venciendo la batalla, dan luz a nuestras conciencias para enderezar nuestros pasos y pedir perdón por nuestros pecados. Delante de Ella nos arrepentimos, y Ella nos invita a acudir a su Hijo, que nos perdona en la Confesión.

Llamar a María, viene a ser la reacción del niño, del adolescente, del hombre que en un momento de desorientación sabe que siempre puede contar con su madre; que siempre va a ser recibido y sostenido en sus batallas por el corazón materno. Juan se acercó a María, y se mantuvo firme al pie de la Cruz; los Apóstoles se pusieron bajo el amparo de la Virgen- “Refugio de los pecadores”, arrepentidos de haber abandonado al Señor, y esperaron con Ella, la Resurrección. Judas se cerró en su pecado, se alejó de María, y se ahorcó.

Salud de los enfermos”, “Consoladora de los afligidos”, “Refugio de los pecadores”, “Reina de la paz”, “Madre amable”, “Madre admirable”. “Reina de las familias”, “Auxilio de los cristianos”.

Ya Juan Pablo II comentó que el reverdecer de la Fe en Europa no sería a base de acontecimientos extraordinarios y aparatosos; sino del resurgir de la devoción a la Virgen María que renacería en las ermitas abandonadas dispersas por los montes.

Así lo vivió un sacerdote amigo hace unos años. Llegó a su parroquia que estaba abandonada por casi todos los creyentes, por el mal ejemplo que su predecesor les había dado. La Iglesia había dejado de ser Madre. ¿Por dónde empezar a reconstruir? Después de pensarlo un tiempo, lo comentó con los pocos fieles que habían quedado, y decidieron volver a levantar la ermita a la Virgen en las afueras del pueblo que estaba abandonada y casi en ruinas. Un año después, la Patrona volvió en procesión a la ermita acompañada de todo el pueblo, hombres y mujeres.

Francisco termina así su oración a María pidiéndole su amparo en estos momentos: “Bajo tu protección, buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de los que estamos en la prueba y líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!”

Con María la Iglesia siempre será Madre, no obstante nuestras miserias.

Ernesto Juliá Díaz