Esperanza, no ilusiones

En este periodo de cuarentena, en cierto modo, soy un afortunado: cada tarde puedo salir a celebrar misa en la parroquia (me queda a un par de minutos) e, incluso, puedo ir a atender mis otras dos parroquias rurales. También voy al cementerio, algún día varias veces, pero eso no me hace sentir nada afortunado: es una obra de misericordia, e intento hacerlo con todo el amor que soy capaz.

El caso es que, en estas cotidianas salidas, me he dado cuenta de cómo se han vestido balcones y ventanas con un lema hermoso bajo un arcoíris radiante: “todo va a salir bien”. Junto a él, ya son muchos los balcones que están vestidos con las colgaduras del patrón del pueblo. Y ambos, el colorido arcoíris o las tradicionales balconeras, me hacen pensar en la esperanza, la virtud que nos hace mirar el día de mañana ilusión, que nos da la fortaleza para afrontar las dificultades de cada día, que nos alienta en la lucha.

Pero no me convence. No, porque mucha gente no sale bien de esta epidemia. Los aplausos y los mensajes positivos no son suficientes, o al menos, no para los virus, que creo que nos se han dado aún por aludidos de lo mal que nos caen, y no se autodestruyen… No me convence porque, si no sale bien, ¿qué respuesta nos queda? No quiero ser un aguafiestas ni un ofendidito, pero tampoco quiero quedarme en una negación infantil del problema, como si arropándome debajo de la sábana, el monstruo del armario no me pudiera hacerme nada.

Hay una esperanza humana, buena y necesaria, que intenta ver el lado positivo de las cosas; que no pasa nada, y si pasa, se le saluda; que procura creer que mañana saldrá el sol y, si no sale, se le saca. Me admira esa filosofía de vida, pero la vida es algunas veces mucho más dura que la porcelana de la taza donde están impresas esas frases. Esto también vale para la fe: en la radio, oía cómo un locutor planteaba la pregunta eterna: si después de bendecir el Papa al mundo desde san Pedro no se detiene la epidemia, ¿la fe es inútil? Y si después de colgar la balconera de la Virgen, la enfermedad llega hasta mí, o lo que es peor, hasta los míos… ¿Dios me ha abandonado? Ante la muerte, son insuficientes las respuestas “piadosas”, laicas o religiosas. Porque la muerte lo cambia todo.

En esta sociedad posmoderna hemos reducido todo al criterio de utilidad y nos hemos rendido ante el dios de la apariencia siempre joven y lustrosa: para qué gastar en tratamientos médicos con los ancianos y los débiles, se preguntan en un país noreuropeo. Pero hay cosas que no tienen utilidad, y por eso no dejan de tener sentido: al contrario, dan sentido a las cosas más ciertas (y menos bonitas) de la vida. La enfermedad, la muerte y el dolor es mucho más dolor sin fe, sin esperanza, sin amor. O peor, reducirlas a lucha, esfuerzo o ideología, les hace perder su fuerza y nos suponen más un lastre que unas alas: no se pierde la batalla contra una enfermedad, porque no se guerrea en igualdad de condiciones. Es el rostro del dolor, de nuestra fragilidad: el misterio del mal, y punto.

La esperanza nada tiene que ver con las ilusiones, porque estas nacen en nuestro corazón, y generalmente se estrellan con la realidad.

En cambio, la esperanza es real, ¡y hay que hacerla vivir en nuestro corazón! “La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios”, enseña el catecismo… y san Juan de Ávila (+1569), que estuvo preso en Sevilla por predicar el amor de Dios, decía: “arrimaos a Dios, subíos al cielo, do no llegará tormenta de los trabajos, poned vuestra esperanza en Dios” (Sermón 18). A Sevilla había llegado, recién ordenado sacerdote, con el proyecto de pasar a Indias como misionero, pero ese proyecto se frustró, y no dio en tierra los ánimos del santo, porque “¡bienaventurado quien tiene esperanza de cielo! Todos los trabajos del mundo no bastarían para derribarlo” (ib.)

De trabajos y esperanzas sabía bastante mi paisano; puestos a esperar algo, ¿lo haremos de los hombres, que somos tan interesados? ¿de la ¿suerte?? ¿del progreso? Ninguna cosa se puede esperar cierta en esta vida. No, no hay cosa de este mundo que no se mueva, cambie o nos deje vencidos. No hay más que mirarnos en esta crisis, que no iba a ser más que “una gripe un poco más fuerte”, y ha resfriado la economía mundial, la política y nuestras vidas.

Retomo las palabras de san Juan de Ávila, porque puede ser un buen maestro de esperanza; en medio de su persecución –envidias ha habido siempre, y quien hace mucho y bien, no deja de tener a quien haga rabiar- digo, en medio de muchos sufrimientos, no perdió la alegría ni la paz; sin defensa, se confió a Dios, porque “no podía estar en mejores manos”. La esperanza “es remedio para que no le tengamos miedo (a la muerte); y tener miedo es señal de no tener esperanza” (Sermón 82). Así hablan alguien que hace de Dios el centro de su vida, y anima a “no andar desmayado y triste, sino fuerte y alegre, esperanzado de tan grandes bienes como están guardados” en el cielo para los que aman a Dios. Esa es la verdadera alegría, y es fruto de la santa esperanza: que todos los bienes de la tierra no valen nada y todos los males no pueden dañar el tesoro de nuestro corazón.

El Maestro de Ávila nos lo enseña en esto días previos a la Pasión del Señor: “¡Cuán firmes son los estribos de nuestro amor! Y no lo es menos nuestra esperanza: tú nos amas, buen Jesús, porque tu Padre te lo mandó, y tu Padre nos perdona porque Tú lo suplicas. De mirar Tú su corazón, resulta que me amas a mí; de mirar Él tu pasión y tus heridas, viene mi remedio y salud” (Tratado del Amor de Dios, 12). No dice el Doctor Manchego sino lo que san Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8, 35).

No perdamos la ilusión, pero hagamos crecer la esperanza: esta vida es un soplo, y se nos pasa volando; pero la vida eterna, la vida en el amor de Dios, ¿quién nos la hará perder? Nuestra esperanza estriba en los méritos de Cristo: sus llagas, cada una de las heridas de los azotes, espinas y cruz son otras tantas pruebas del amor que nos tiene; y nada nos lo arrebatará. Cierto que el temor al dolor, a la muerte –¡la muerte de los nuestros, que duele más que nuestra propia muerte!- nos atenaza el corazón. Pero, levantemos la vista a lo alto, pidamos con todo nuestro corazón, como pidieron los apóstoles:

¡Señor, aumenta nuestra esperanza! Que “sea Él en quien esperamos, y que sea Él mismo lo que esperamos” (Carta 44), porque esa esperanza no nos va a fallar.

P. Eduardo Guzmán