El Crucifijo, protagonista en la plaza vacía de San Pedro

El protagonista de la oración que en la tarde del 27 de marzo -anticipo del Viernes Santo – celebró el Papa Francisco en una plaza vacía de San Pedro sumida en un silencio irreal, fue Él. El Crucifijo, con la lluvia torrencial que irrigó su cuerpo, añadiendo a la sangre pintada en la madera el agua que el Evangelio nos dice que brotó de la herida infligida por la lanza. Así percibimos todos lo que aconteció en presencia del mundo entero, pero a través de los medios de comunicación, y así lo describe Vatican News de una forma bellísima.

El Papa Francisco parecía pequeño, y aún más curvado al subir los escalones del atrio, no sin esfuerzo y en soledad, haciéndose intérprete de los dolores del mundo para ofrecerlos al pie de la Cruz.

Cuando las campanas sonaron, llegado el momento de la bendición Urbi et Orbi, el Papa, aun solo, reapareció en la plaza desierta y azotada por la lluvia, trazando la señal de la cruz con la custodia. Una vez más, el protagonista fue Él, ese Jesús que inmolándose quiso hacerse alimento para nosotros y que también hoy nos repite: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?… No tengáis miedo».

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