¿Y yo qué puedo hacer?

    Soy Inma, @icehache en Instagram, madre de familia numerosa, amante de mi esposo, supernumeraria del Opus Dei, inquieta, intensa…

    Hoy leo que en mi ciudad un empresario anónimo ha donado cientos de trajes de protección para los sanitarios. También hay miles de personas confeccionando mascarillas…

    Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado advierten a todos, incansablemente, luchan hasta con lo absurdo, contra la gente ingeniosa que se inventa triquiñuelas para evadir su responsabilidad; ese tipo de gente por la que tenemos que rezar para que se convierta, porque no piensan en el 20% de la población de riesgo que si coge este virus quizás fallezca.

    Los informativos son espeluznantes. Hay héroes limpiando las calles, en los supermercados, en los bancos, en los estancos, en las panaderías, periodistas, bomberos, auxiliares, farmacéuticos, dentistas, sacerdotes… Todos acompañando a los que en el Estado de Alarma tenemos que permanecer en nuestras casas.

    Y ya sabemos lo que pasa con el trabajo y la vocación de nuestros sanitarios, que no solo ponen en riesgo sus vidas salvando otras, sino que arriesgan las de sus familias al volver a casa, las de sus padres e hijos. Y por cuidar a unos, exponen a otros. ¡Qué preocupación!

    ¿Y qué puedo hacer yo? Siento que nada es suficiente. Escuché que muchas mujeres se ponían manos en la masa, digo, en la máquina de coser. Y traté de coser una mascarilla, pero me salió más bien un tocado de boda (un tanto hortera). No tengo una economía como para hacer un ingreso y ayudar a alguna residencia de ancianos… Así que he pasado unos días de enfado, bloqueo y angustia.

    ¿Qué puedo hacer?

    La vida me ha parado en seco y me ha hecho reflexionar.

    ¿Qué puedo hacer? ¡Lo tengo!

    Primero, intentar no perder la paz, ya que el demonio ataca cuando bajamos la guardia.

    Puedo ser mejor amiga de mis amigas. Puedo escribir cartas. Puedo mandar mensajes. Puedo llamar por teléfono y acompañar a alguien. Puedo intentar bailar en el balcón con mi marido, bien agarrados, para que vean los vecinos que en pocos metros cuadrados tantos días de convivencia no tienen por qué saltar chispas y nos podemos querer mucho más y mejor.

    Puedo intentar ser mejor madre, hacer que la vida de mis hijos sea épica, haciendo extraordinario lo que les rodea, invirtiendo el tiempo que antes no teníamos, cocinando lo que les encanta, aunque sea laborioso, cuidando los detalles, ingeniando sorpresas… Puedo poner amor donde antes no lo ponía. Puedo hacer que nos sintamos más piña, más familia; y sembrar valores, cosechar recuerdos, crecer en unidad poniendo a Dios de por medio… porque en tiempos de furia, de miedo y de pandemia lo que más consuela es el AMOR. Lo que todo lo sostiene es el AMOR. Lo que todo lo puede es el AMOR. Y la confianza en Dios de amor te colma.

    ¿Qué puedo hacer? Pues puedo rezar.

    ¿Y cómo puedo rezar? Me falta la misa. Me falta comulgar. Me faltan mis medios de formación que me mantenían encendida y motivada.

    ¡Comuniones espirituales constantes! ¡Sintoniza la wifi con Dios! ¡Escucha música que te invite a recogerte, que te dé paz! Y siente cómo la llama vuelve a encenderse. Busca silencios. Invéntatelos. Y siente que como más útil puedes ser es rezando. Si eres cristiano, sirve. Sirve rezando.

    Reza entre fregones, reza mientras hagas camas, cuando te laves las manos o pongas secadoras, cociendo huevos, untando mantequilla en las tostadas. Reza al encender la luz, al cerrar la puerta o al dar un beso. Reza por todos los que no saben rezar. Pide el milagro. Jesús te escucha. No necesitas entrar en catedrales, Él te escucha, está contigo donde tú estés.

    Podemos salvar y acercar almas a Dios a golpe de padrenuestros y avemarías. ¿Te apuntas?

    Puerta que abras, avemaría. Interruptor que pulses, avemaría. Taza en el microondas que metas, avemaría. Cuando cojas la escoba, avemaría. Mano que aprietes, avemaría…

    Pero no frunciendo el ceño, sonriendo, aunque perdamos a seres queridos, aunque echemos de menos, aunque no entendamos. Recemos sin fruncir el ceño. Adoptemos la actitud de orar sonriendo, y si podemos, en familia; porque estamos llamados a ser felices y hacer felices a los demás.

    Apoyemos a golpe de oración a todos los que en primera línea de batalla luchan por vencer la enfermedad.

    Eso podemos hacer, REZAR. Ya verás qué útil te puedes llegar a sentir.

    Un fuerte abrazo,

    Inma.