El Señor de la vida, el vencedor de la muerte

A todos los que os preocupáis diariamente por mí.

Dios siempre puede más, en muchas casas, en muchas familias se viven momentos difíciles, de dolor, de sufrimiento, de angustia, de mucha incertidumbre. Como escribió el Papa de los Jóvenes, San Juan Pablo II: “Nuestro mundo necesita una profunda mejoría, una honda resurrección espiritual”.

Hoy quiero hablar contigo, mi querido amigo, que te preocupas y me llamas, que me escribes desde los sentimientos más profundos y los anhelos que habitan en tu corazón. Celebremos la vida, la vida de los otros y la nuestra, convirtamos nuestra casa en una Parroquia doméstica, recemos para lograr una vida nueva en Jesús, en Él está la vida, la verdad y el camino.

Estos días se leen, se ven muchas cosas, gestos, pequeñas caricias, curación de heridas entre las familias, por esos héroes que desde el silencio ponen su confianza en el Señor, apartan de sus vidas el pesimismo estéril. Son días de reconciliarse con Dios, que nos conmueva el dolor humano desde nuestro corazón, es el momento de sufrir con el que sufre, de llorar con el que llora, siempre al modo de Jesús, del Evangelio, de la vida celebrada, no permanezcamos indiferentes ante el sufrimiento, seamos artesanos de la misericordia, buscadores del rostro de Dios.

El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre (Reconciliatio et Penitentia,18), experimentar a Cristo vivo, Cristo muerto, Cristo crucificado, Cristo resucitado. Nuestra resurrección, nuestra curación de estos días es sentir el perdón de Dios a través de los demás. Responder al mal de este mundo silenciado con el bien, con un profundo sentido de Dios.

Tratemos mucho al Señor estos días, en este tiempo de oportunidad y de esperanza. ¡Buscad a Cristo, mirad a Cristo, vivid en Cristo!. En nuestras casas estos días vivamos la caridad con los demás, el deseo de ayudar. Construyamos una nueva sociedad asentada en la civilización del amor y de la verdad, en los valores del Evangelio.

Vivamos lejos de la oscuridad y de la muerte, busquemos la vida, descubramos el rostro de Dios, aquel Jesús sencillo, humilde y pobre, rechacemos en nuestra vida la idolatría del mundo, el amor vence siempre como Cristo ha vencido.

Me estoy acordando de muchas personas en estos momentos, muchos con los que hacía tiempo que no hablaba, con los que no os he dedicado el tiempo que merecíais, os pido perdón.

Pregúntate como yo, Dios nos quiere sencillos y pobres, pero… ¿Que has hecho por Cristo?, ¿Que haces por Cristo?, ¿Que vas a hacer por Cristo?

Me acuerdo de aquellas almas buenas, que pasaron esa peregrinación en la tierra junto a nosotros, hoy gozan de la esperanza verdadera del Cielo, acuérdate de ellos estos días, tus padres, algún hermano, tus abuelos, algún amigo, ellos están ya junto al Dios de la Esperanza. Con El Señor, en el Señor y Contento.

Pongamos a Dios estos días en sus manos a los fallecidos, a los enfermos, a las familias, a los médicos, a las enfermeras y enfermeros, a nuestros amigos, a los niños, a los jóvenes, a las personas mayores, a los matrimonios, a las madres y a los padres.

Que nuestra Madre, la Virgen María, nos colme de amparo y protección en nuestros hogares por la travesía de nuestra vida no exenta de dificultades.

Alberto Diago Santos