Las lecciones del coronavirus

Pese a que Heráclito dijo ya en el inicio de la civilización que todo cambia y que nada permanece, antes de que el virus entrará en nuestra realidad, vivíamos como si todo se fuera a perpetuar, como si fuéramos inamovibles, como si nuestros planes y designios fueran inquebrantables. Sin percatarnos, estábamos endiosados. Hasta los creyentes habíamos caído en una especie de cristianismo descafeinado en el que diseccionábamos la doctrina arrancando a nuestro gusto las páginas del Catecismo de la Iglesia Católica. Sin ser conscientes, habíamos simplificado a Cristo. Precisamente, Patxi Bronchalo, autor de Santos o nada, señaló en una de sus catequesis telemáticas producidas durante este confinamiento, -las que recomiendo ver fervientemente-, que, “por hacer un Dios demasiado humano, a veces nos quedamos sin Dios”. Un ser superior, que, de no existir, como dijo Nietzsche, todo esta permitido.

Una libertad, que muchas veces ejerce como un arma de doble filo. Autonomía, que, en exceso, se corre el riesgo de no saber valorarla, de no poder saborear la felicidad en plenitud. Como reza un mantra muy repetido estos días en los que somos conscientes más que nunca de los lujos con los que contábamos y de los que ahora el destino nos ha despojado, antes éramos felices y no lo sabíamos. Acostumbrados a la sociedad consumista, la que supone para los católicos una verdadera cruz, habíamos banalizado los lujos que nos brindaba el mundo. Un café con un amigo, un abrazo de más de diez segundos con alguien a quien queremos, e incluso un beso a nuestra pareja se habían trasformado en mero costumbrismo, en temas baladís de los que uno disfruta de manera indefinida pudiendo despreciarlos porque sabe que tarde o temprano obtendrá la misma recompensa. Las relaciones sociales, y el intercambio de sentimientos, estaban mecanizados. De manera inconsciente, habíamos perdido la capacidad de sorprendernos. Quizá por eso ahora vemos menos milagros que en tiempos pasados…

Prodigios, que se están palpando hoy, en tiempos del coronavirus. Cada vez que a un enfermo se le quita el respiradero y este empieza a coger aire de forma autónoma, un milagro surge entre tanta muerte y enfermedad. Cada uno de los médicos, enfermeros y demás trabajadores que en estos momentos están dando la cara por nosotros mientras estamos en las trincheras infinitas del hogar, representa un portento que embriaga de esperanza a los que no están bien. Valientes que ejercen de dique de contención para que nosotros no suframos la peor cara del enemigo. Mal, que ha convertido a los besos y a los abrazos en un arma mortal.

Tenemos que aprovechar este prisma, para salir reforzados, no solo como sociedad, -en la que sustituimos el derecho natural por el positivo por muy injusta que fuera una ley-, sino de forma individual. Estamos ante una oportunidad que nos da la vida para cambiar. Porque pese a que el que no avanza, retrocede, para caminar, primero hay que parar, y meditar a donde se va. En palabras de una allegada, “vivíamos tan cuesta abajo y sin frenos, que ha tenido que pasar algo tan feo, para que, de una vez, aprendamos el valor de las cosas del día a día”. Sin quedarnos a reflexionar, pasábamos las hojas de la agenda y tachábamos las fechas del calendario como si el tiempo fueran meros huecos superfluos que había que llenar.

Que bien nos va a hacer este plazo. Estoy seguro, que cuando todo esto termine, el primer beso, o el primer abrazo que demos, serán especiales, serán los primero de una nueva vida, de una nueva existencia. La vida cristiana, es comenzar, y recomenzar, decía hasta la saciedad San Josemaría. Este período, nos lo tenemos que tomar como una lección para evolucionar. Estoy meditando mucho estos días. Con Dios, y conmigo mismo. Me he dado cuenta, que, en el anterior mundo, -no les quepa duda de que tras esto nuestro orbe será una caricatura de lo que fue-, vivía sobreexcitado, y en ocasiones, no disfrutaba lo suficiente de estar con los míos. Este paréntesis, o punto y aparte que inicia paradójicamente un nuevo episodio con alarde de ser una nueva historia, estoy seguro de que me va a ayudar a ser consciente de cada instante que pase con las personas.

Paremos, meditemos, no banalicemos este tiempo, porque estoy seguro de que nos hará mejores. No rellenes los huecos, deja que esos huecos te llenen a ti. El tiempo siempre ha sido oro, pero lo habíamos convertido en un plomo que nos empujaba al abismo de la inconsciencia.

Jorge Brugos