La Cuaresma, un camino hacia el Amor

La Cuaresma es un camino de cuarenta días que nos prepara hacia el encuentro con el amor. Un amor único, personal y absoluto que está representado de una manera concreta en la imagen de un Dios hecho hombre clavado sobre una cruz. La cruz es la muestra más expresiva del Amor de Dios por el hombre, un amor que no ha querido reservarse nada para mostrar al mundo la pasión que Dios ha tenido y tiene por la humanidad entera.

La imagen de Cristo clavado en la cruz forma parte de nuestro imaginario colectivo. Estamos muy acostumbrados a ver esta representación, que forma parte de nuestra cotidianidad como cristianos. En templos, capillas e incluso en nuestras casas está presente la imagen de Cristo crucificado sin que muchas veces nos paremos a pensar el trasfondo profundo que está oculto tras ella. La cruz nos interpela sobre nuestra propia correspondencia a ese amor manifestado por Cristo hasta el extremo. Desde lo alto del madero, el Redentor nos sigue diciendo a cada uno de nosotros: Estoy aquí clavado por tu amor, ¿me amas tú?. La cuaresma por tanto, es el momento idóneo para responder a esa pregunta, a ese cariñoso reproche que el Señor nos lanza desde la cruz. Una pregunta y una respuesta que tienen que ser el eje de nuestra vida cristiana. Una vida que debería ser un continuo amar al Amor para corresponder a quién con tanta intensidad nos ha amado primero.

Para reflejar lo que acabamos de decir he querido traer una obra de arte que representa de una manera simbólica todas estas ideas. Es un cuadro del pintor extremeño Francisco de Zurbarán, fechado hacia 1650 y que se encuentra en el Museo del Prado. No entraremos aquí a analizar las cualidades técnicas de su autor que quedan sobradamente manifiestas en el depurado estudio anatómico, en el magistral empleo del claroscuro y en su equilibrada composición a pesar de la sencillez que presenta toda la escena. Nos quedaremos con los valores espirituales que transmite la obra, un componente esencial para entender toda la producción artística de Zurbarán.

En ella queda reflejada de una manera magistral la magnitud del sacrificio de la cruz. Sobre un fondo neutro, que nos transmite la soledad de la crucifixión, se recorta la imagen de Cristo muerto sobre la cruz. El Redentor aparece vencido por el peso de su propio cuerpo, que se presenta inerte, exhausto por los sufrimientos que ha tenido que soportar. A sus pies se encuentra un hombre, un pintor que se ha querido identificar con San Lucas, de quién se dice que ejerció esa actividad profesional. El evangelista ha dejado su trabajo, su ocupación cotidiana para plantarse ante la cruz y dirigir una mirada cargada de compasión y de piedad hacia el crucificado. La obra es un diálogo mudo, un requiebro de amor entre los dos personajes, que de una manera silenciosa se dicen lo que se aman. El tiempo se ha detenido, todo está en pausa. Lo único que permanece es una conversación entre la criatura y su creador, entre quién se ha entregado y quien corresponde a esa entrega, con una mirada que intenta aliviar el dolor de un Salvador que lo ha sufrido todo única y exclusivamente por pura misericordia hacia el hombre.

Esta obra de Zurbarán es una invitación a hacer un alto en el camino. A situarnos frente a la cruz y responder a esa manifestación de amor al menos con una mirada compasiva. Desde lo alto, Cristo nos sigue repitiendo de una manera insistente una pregunta a la que tenemos que dar respuesta: ¿me amas tú?

Víctor M. López Arenas. Historiador del Arte