Un testimonio sobre el ayuno

Quien me conoce sabe que a según qué horas del día (varias veces, como buen hobbit) siento hambre y atravieso una delgada línea en la que mi estado de ánimo me puede volver plomizo, inquieto o incluso irascible. Eso sí, al llegar a la mesa, ya sea habiendo cocinado y/o servido o bien estando en un restaurante y comenzar y si es posible en agradable compañía cualquier diablillo muere y recobro el buen humor y las fuerzas. Ayunar no me resulta fácil y los viernes miro con otros ojos cualquier cosa que lleve carne. Como ya tengo una edad esto está más que asumido y se que Dios lo abraza y acoge incluso mejor que yo.

Sin embargo esta Cuaresma está tocando ayunar de otras cosas que tan seguro tenía en mi día a día: trabajar cara a cara, el transporte público lleno de gente (no se si llegaré a echar de menos las averías), ir de cervezas, al cine o al teatro, un paseo, reuniones familiares, con amigos… casi todas serían cosas para las que la Cuaresma podría invitar a dejar en segundo plano y sin embargo, me encuentro con que también esta Cuaresma tenemos en nuestra diócesis un ayuno muy particular y doloroso: El ayuno de la Eucaristía presencial.

Es muy difícil desprenderse de algo que llevas celebrando cada domingo desde más de 22 años y muchas veces de forma diaria. Comulgar, tomar en tu boca el Cuerpo de Cristo, a veces también su Sangre, volver al asiento a recogerte en adoración, pedirle que sea tu alimento verdadero, que te capacite para amar y entregarte en la sencillez de las cosas diarias como así, sencillamente, se ha querido El hacerse presente en un pedazo de pan blanco sin apenas sabor.

Sería fácil caer en la desesperanza o en la rebelión contra quienes de forma muy prudente y nada fideista quieren salvaguardar con nuestro ayuno el que otros más necesitados puedan comulgar. Al respecto, D. José Rico, obispo auxiliar de mi diócesis escribe de forma muy clara las razones para mantenernos en esta situación de ayuno (pdf).

Pero también es un momento para hacer autentico examen de conciencia y renovar la vivencia del misterio eucarístico. Me toca preguntarme cuántas veces he recibido la comunión con un deseo encendido y no por rutina, cuantas veces el ayuno previo ha sido un ejercicio de la voluntad y no un simple cumplimiento vacío, cuántas veces el recogimiento posterior ha sido de oración interior y no un esfuerzo por no perderse en pensamientos o en la canción que resuena en el templo. Y podría seguir, pero sé que el Señor me ánima a renovar el deseo y que el Maligno busca y buscará siempre acusarme o acusar a otros para hacerme dudar del Amor de Dios.

En estos días ha sido especialmente bello encontrar a tantos sacerdotes, parroquias y diócesis que a través de los medios quieren acercar la Eucaristía a nuestro hogar. Suscribirse a canales de youtube para que puedan retransmitir en directo, aunque luego solo estés en una misa diaria, ¡Y estar en esa misa! Saber que sacerdotes amigos te están poniendo en el altar, en su ofrenda y su vida entregada por ti y es un consuelo muy grande. Aprecias ver como comulgan y se enciende un anhelo sano, una espera que aumenta el deseo, y un deseo que, a través de la Comunión Espiritual, se deriva en la Gracia recibida. Don José en la carta lo explica mejor que este pobre que os escribe, pero supongo que se me entiende. Se hacen aún más bellas las palabras: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una Palabra tuya bastará para sanarme”.

Mi mujer y yo también somos adoradores, un turno doble de madrugada en la que a través de la red ofrecíamos rezar por las intenciones que tuviesen quienes leían el tuit de aviso. Por razones sanitarias, una capilla tan pequeña y llena de gente mayor es un peligro y han tenido que cerrarla. Ahora la Adoración en casa se vive frente a la pantalla y, como hicimos ya la semana pasada, continuaremos adorando y ofreciendo rezar. Y resulta que también crece el deseo de adorar “en espíritu y verdad”, de rezar con más intensidad por la gravísima situación que estamos viviendo, de pedir por tantas intenciones que estos días claman al Cielo. Y sabemos que la paz del corazón, la esperanza, la fe y la caridad renovada son frutos, es el ciento por uno por que Dios es el que siempre atraviesa cualquier distancia entre el Cielo y la Tierra, entre la Capilla y la pantalla del salón, entre sus heridas y las nuestras.

Pienso que, en esto también San José puede ser de gran ayuda. Él ya no vivía cuando Jesús instituyó la Eucaristía, pero cada día de su vida pudo tenerlo en sus brazos, cogerlo de la mano, abrazarlo contra su pecho. Dormirlo o dormirse con Él después de una jornada dura en el taller.

Que él nos ayude a vivir estos días y que los aprovechemos para alimentar el deseo y la comunión entre nosotros. Quejarse, dividir o sembrar cizaña nunca calma el hambre, por mucha hambre que tengas. Es momento de adorar su presencia eucarística, de renovar día a día a través de la Comunión Espiritual nuestra unión con Él.

Y el día que salgamos de esta situación podamos hacer vida “Qué alegría cuando me dijeron: ¡Vamos a la Casa del Señor!”. Después de que, por tantas veces, el Señor haya entrado a nuestra casa.

Javier Díaz Vega