Tiempo de purificación del deseo de la Comunión Sacramental

Seguimos en tiempo de Cuaresma y lo hacemos en un ambiente raro, diferente, probablemente desde casa, sin poder salir a las calles más que para ciertas cosas y encontrando las iglesias sin Misa dominical. Se hace duro. Diríamos que, una vez más, valoramos más lo que significa el poder asistir a la Eucaristía y comulgar ahora que no lo tenemos.

Pareciera que se cumple en nosotros lo que murmuraba el pueblo en la primera lectura del pasado domingo III de Cuaresma, que el Señor nos ha abandonado a nuestra suerte. Fieles infectados, sacerdotes infectados, muchas dudas sobre qué debemos hacer… verdaderamente parecería un castigo ante nuestra incredulidad. Y quizás lo sea, pero no creo que eso sea lo importante ahora, sino, como tantas veces hemos dicho, comprender este mal, estas tentaciones que podemos tener de pensar mal de Dios o de la Iglesia, como una oportunidad de mirarnos a nosotros mismos y empezar a cambiar el mundo por nosotros mismos. Y eso se hace únicamente cuando miramos a Jesucristo, a nuestro Salvador. Por tanto, en lugar de murmurar contra el Señor, contra los sacerdotes, contra el resto de la familia, debemos preguntarnos si acaso Dios no ha permitido esta pandemia porque tiene sed de nosotros. ¿No puede ser que el Señor se quiere hacer el encontradizo con nosotros, como hace con la samaritana, y ha permitido este Coronavirus para que paremos, para que hagamos algo de silencio vital y le hagamos más caso? ¿Acaso no está Él a la puerta y nos llama siempre? (Ap 3, 20)

Por eso, más que el lado del castigo, debemos comprender que, como le sucedió al pueblo y a Moisés, todo esto no es más que una Masah (un examen) y una Meribá (prueba). Debemos confiar en que Dios saca agua viva de las rocas, que Dios saca un bien espiritual de allí de donde nadie lo espera. No dudemos de que, si el Señor permite todo esto, es para nuestra salvación, es para que le miremos a Él, para que comprendamos que sólo ÉL, sólo Jesús, puede darnos de esa agua con la cual apagaremos nuestra sed definitivamente, esa agua que salta hasta la vida eterna. No son palabras huecas, son palabras de Jesús a la samaritana, esto es, a esos fieles de la iglesia enfermos corporal o espiritualmente, a esos miembros de la iglesia necesitados de conversión, es decir: a todos nosotros.

No es momento de echar en cara nada. Ni a nosotros ni a otros. Es momento de hacer como hace Jesús con aquella mujer samaritana: ponerse en verdad, aunque ésta sea que tenemos cinco maridos (Jn 4, 18) u otras verdaderamente incómodas, entablar conversación con Él y acabar por evangelizar nuestros hogares, como hizo la samaritana, que acabó colaborando para la conversión de un pueblo entero. ¡Jesús no la llama pecadora en ningún momento! ¿Por qué? Porque tiene el corazón abierto a la conversión y ella ya sabe de sobra que necesita cambiar. Y tú, ¿cómo afronta tu corazón esta cuarentena?, ¿con el corazón abierto para dar lo mejor de ti en clave de conversión o como si fueran unas vacaciones sin importar lo que le suceda al resto?

Muchos no podréis comulgar sacramentalmente. Pero el Señor nos regala providencialmente unas palabras que nos han de llegar muy hondo estos días: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. El Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad (Jn 4, 23-24). ¡Nos está diciendo hoy justamente que lo importante es adorarle de corazón! Debemos pedirle al Señor la gracia de vivir con espíritu sobrenatural esta crisis y que sólo nos importe conocerle más, amarle más. ¡A nadie más que a ÉL! ¡Ser santos! Que hagamos de nuestros hogares pequeños santuarios en estas fechas de reclusión. Que confiemos en la comunión de los santos, en la oración incesante de la Iglesia. Porque sólo cuando entramos de corazón y no sólo físicamente con el Señor y con su Cuerpo, que es la Iglesia, podremos superar todo mal, es decir, podremos vencer al pecado, que es el verdadero enemigo, también en este tiempo. Comulgar no sólo es manducar el Cuerpo de Cristo (eso lo puede hacer un animal, de hecho); comulgar es entrar en comunión con el Señor espiritualmente, entregarle todo nuestro ser. Y eso sí lo podemos hacer en el día de hoy. Si no se puede comer la Eucaristía presencialmente por las circunstancias, siempre se puede comulgar espiritualmente, cosa que, por cierto, no sucede a la inversa, pues, como denuncia san Pablo en su carta a los Corintios, quien come el cuerpo y bebe la sangre del Señor indignamente come y bebe su propia condena (1 Cor 11, 27). Valoremos, por tanto, lo que significa comulgar espiritualmente, a lo cual nos puede ayudar, paradójicamente, el ayuno de comunión sacramental.

Vivamos este tiempo de ayuno eucarístico como un tiempo de purificación del deseo, que seamos verdaderos adoradores en espíritu, como nos pide el Señor hoy, y que siempre, siempre, tengamos claro que cada obstáculo ha de ser una oportunidad para crecer en el amor a Cristo. Preparémonos para el día en que podamos volver a comulgar sacramentalmente, demos gracias si lo hemos podido hacer alguno de estos días y pidamos… pidamos salud espiritual y corporal para todos. En esto también debemos ser uno como el Padre y Jesús son uno (Jn 17, 22).

Nos acordamos también, cómo no, de todas esas personas que, arriesgando su salud y sus vidas, aún sin fe muchas de ellas, entregan su tiempo y dedicación a intentar salvarnos de la pandemia de la mejor forma posible. Que en nuestro rezo del Rosario nos acordemos de ellos para que, en medio del drama espiritual y sanitario, puedan encontrarse con el Señor. Y, también, cómo no, para que perseveren en su lucha por garantizarnos a todos la salud corporal y el Señor les proteja.

D. Javier Peño