El amor (de verdad) en los tiempos del coronavirus

Entre las grandes obras de la literatura occidental, hay una de Gabriel García Márquez en la que, su autor, escribe: “pues habían vivido juntos lo bastante para darse cuenta de que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte”. Y aunque ahora no es el cólera la enfermedad que nos abruma, acercándonos a la incertidumbre de la muerte, sino el Covid-19, lo cierto es que el amor sigue siendo amor en cualquier tiempo y en cualquier parte.

En los últimos días se han multiplicado las muestras de cariño, apoyo y solidaridad no solo entre los habitantes de las ciudades en las que vivimos, sino también a nivel nacional e internacional. Aflora entre los españoles un sentimiento de unidad, perdido desde hace siglos, mientras que animamos a nuestros vecinos italianos transmitiéndoles mensajes de “forza e coraggio”, al tiempo que, pendientes de la evolución de los acontecimientos, seguimos con interés lo que ocurre en Francia, Alemania, Inglaterra y en el resto de países no solo de la Unión Europea, sino de todo el mundo, incluyendo a los ciudadanos chinos que, estos días, continúan dándonos lecciones de civismo.

Como comunidad internacional, nos hemos confundido muchas veces y nos seguimos confundiendo. Continúan los bombardeos en Siria, se agolpan los refugiados en las costas turcas, ante la impasividad de los europeos, y África sigue siendo el triste hogar de 224 millones de personas que pasan hambre. Sí, nos confundimos y nos confundiremos. Pero si algo estamos aprendiendo de esta nueva pandemia es que, cuando ponemos el amor en el centro de nuestra vida, los seres humanos somos capaces de todo acto de generosidad, responsabilidad, solidaridad, entrega y voluntad. ¿No era éste el mensaje de Jesús?

En nuestra casa, como en tantas otras de España y del mundo, ya contamos con familiares enfermos por coronavirus, algunos hospitalizados y en estado grave, a los que no podemos visitar. Hemos visto a amigos enterrar a sus seres queridos y no hemos podido estar junto a ellos, sin poder ofrecer nuestra cercanía con un abrazo. Hemos sufrido la distancia y el desasosiego por tener lejos a las personas que amamos. Hemos cargado con la Cruz. Pero, también, llevándola por amor, hemos escrito mensajes cargados de cariño, hemos ordenado y embellecido nuestras casas, hemos hecho pequeños detalles para alegrar a nuestros compañeros de cuarentena, nos hemos organizado para llamar a nuestros abuelos y, en definitiva, hemos recuperado el sentido, quizá, más olvidado de la realidad humana: la creatividad del amor.

A la mayoría no se nos exige firmar grandes tratados, participar en comisiones sanitarias, presenciar largos consejos de ministros ni tomar decisiones políticas de gran calado. Tampoco se nos está pidiendo que nos embarquemos en el Open Arms, que vayamos a un campo de saharauis ni que dejemos todo para lanzarnos a la Misión. Lo único que se nos pide, esta vez (y siempre), es que vivamos el amor en los pocos metros de nuestra casa. La Iglesia, para hacernos las cosas más fáciles, nos ha enseñado algunos “trucos” para vivir el amor. Nosotros las conocemos como “obras de misericordia” y si solo atendiéramos al propio significado de la palabra misericordia, del latín, misere (sufrimiento) cordis (corazón), entenderíamos que esto solo significa acercarnos con el corazón a los sufrimientos de los demás. Hagamos esto desde casa, siendo creativos, y sin olvidarnos de las palabras de Jesús: «Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». También escribe García Márquez, “solo imagina lo precioso que podría ser arriesgarse y que te salga bien”. Arriésgate. Porque el amor, que sigue siendo amor en cualquier tiempo y lugar, lo es también ahora, en los tiempos del coronavirus.

Paloma Martín-Esperanza Montilla