«La sobreabundancia es el signo peculiar
de Dios en la creación. El hombre solo
es justo cuando se olvida de sus pretensiones,
cuando es generoso con Dios y con los demás,
porque Cristo es el infinito derroche de Dios».

Joseph Ratzinger
Introducción al cristianismo, p. 218

Grandeza de alma, disposición del ánimo para acometer grandes obras por Dios y por los hombres, grandeza para mirar a quienes nos rodean con una mirada benevolente, amplia, llena de esperanza, a pesar de errores reiterados, conscientes de su valía y de los tesoros que encierra ese hijo, ese amigo, aunque en aquellos momentos esta capacidad esté oculta y haga su aparición, por el contrario, lo negativo, lo feo, lo sin sentido. Esta virtud es esencial para la convivencia; es la que permite remontar situaciones difíciles. Se ha dicho que uno es, o llega a ser, aquello que los demás piensan que es, o lo que tiene capacidad de ser. Por el contrario, el ánimo estrecho, la visión negativa hacia los demás, el juicio pequeño, raquítico y pobretón, impide volar alto.

Esa capacidad de apreciar mejora el alma propia y la hace especialmente apta para comprender, facilita las confidencias y permite alentar a las personas a ser mejores. Ese aprecio tiene la virtud de acortar distancias y de facilitar la sinceridad, tan necesaria en la dirección espiritual y en la vida misma.

Cuando las personas se sienten comprendidas y estimadas, se crecen en sus mismas posibilidades y llegan a metas que parecían inalcanzables. Es una ayuda no pequeña. [F. F. Carvajal en Pasó haciendo el bien]

Publicado por el P. Rafael Sanz Carrera en Tan_gente

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