La paradoja del amor: odio y amor

Uno no puede leer “Ortodoxia” de G.K. Chesterton y quedar indiferente. No voy a hablar del libro en general, sino simplemente de una idea que él utiliza a través de la paradoja (recurso utilizadísimo por el escritor británico).

Dice nuestro autor: “Lo que necesitamos (…) no es la fría aceptación resignada del mundo, sino algún modo en que podamos odiarlo y amarlo de todo corazón. No queremos que la alegría y la rabia se neutralicen mutuamente y produzcan una hosca satisfacción, sino un deleite y un disgusto mucho más feroces. Hemos de tener la sensación de que el universo es, al mismo tiempo, el castillo de un ogro que debemos tomar al asalto y nuestra propia cabaña a la que podemos regresar todas las noches”. Y más adelante dice sobre el mundo: “¿Podemos odiarlo lo bastante para cambiarlo, y amarlo lo suficiente para creer que vale la pena cambiarlo? (…) ¿Podemos ser, en suma, al mismo tiempo no sólo pesimistas y optimistas, sino fanáticos optimistas y fanáticos optimistas? ¿Somos lo bastante paganos para morir por el mundo y lo bastante cristianos para morir para él?”. Para Chesterton el que triunfa es el optimista irracional, dispuesto a destruir el universo entero en beneficio del propio universo.

Esta paradoja tan bien trabada, me sugirió una nueva manera de entender el mundo, una nueva manera de amar, donde el amor fuese realmente lo único que nos mueva. Decimos muchas veces que debemos transformar el odio en amor, y eso es lo que nos pide y enseña Cristo, y en este caso, nos propone también Chesterton.

El amor auténtico se dirige de forma total al bien y rechaza de forma radical el mal. Sin embargo, no podría comprenderse un amor que no descubre, incluso en el odio más extremo, algún género de bien. Y a esa esperanza se aferra para amar tan profundamente ese bien, que procure convertir el odio en amor, aún a costa de destruir muchas cosas.

Imaginemos una selva frondosa que esconde en su corazón un tesoro desconocido. El explorador prudente y mediocre, no se jugará la vida porque solo ve los peligros que entraña adentrarse en la selva. En cambio, el explorador intrépido será capaz de destruir toda la maleza de la selva para encontrar ese tesoro, aún a costa de arriesgar la vida. Este explorador solamente se mueve por ese bien posible; el primero niega que ese bien valga la pena.

Detrás de cada odio hay un hombre y un corazón, pero sabemos también que en todo hombre y en todo corazón habita Dios, que nos impulsa a amarle aunque podamos rechazar siempre y para siempre Su invitación. Y lo que hace un hombre de Dios, un verdadero cristiano lleno de amor, es odiar de todo corazón todo el odio de esa persona y, a la vez, amar del modo más profundo la presencia divina en esa alma. Así, estará dispuesto, con la verdadera libertad del que ama, a actuar destruyendo por el camino todo lo necesario para alcanzar aquello bueno que hay en el corazón del que tanto odia, la misma Presencia Divina.

Llegué de esta manera a la conclusión: odia lo suficiente para querer que la persona cambie (se convierta), pero ama lo suficiente para luchar por que cambie. Y esto significará muchas veces perder prestigio y alabanzas, recibir insultos e improperios, perder amistades, ser calumniado. Provocará un temor e incertidumbre que traerán la duda sobre si estás haciendo bien o mal. Por ello es necesario purificar verdaderamente nuestro amor, conseguir con la gracia de Dios que sea auténtico, movido por Él, que es el Amor. Solamente el que ama a Dios de esta manera, es capaz de entregar realmente la vida, de sacrificar cualquier cosa por hacer imperar el amor por encima de todo odio. El único que triunfa es el optimista irracional, porque no mide las consecuencias, sino que ama y busca el amor, en todo ve una oportunidad, un atisbo de bien por el que vale la pena luchar hasta la muerte. No pondera, no razona, cualquier pulgada de bien es ocasión para volcar todo el amor. Ningún odio es suficiente para hacer apartarnos del amor. Es más, el odio es un acicate para que nos produzca un rechazo de tal calibre, que queramos desterrarlo del corazón del que odia.

Las reprensiones de Jesús en el Evangelio están en esta línea. Tal rechazo le provoca el mal, que reprende a pesar que pueda obtener nuestro rechazo total, incluso hasta el punto que podamos llevarlo a Él a la muerte. Así fue nuestra respuesta: odio ante un acto de amor. Pero Cristo ve en nosotros el bien que llevamos dentro, y cree de veras que vale la pena morir por nosotros poniendo amor donde hay tanto odio.

Esta paradoja no es más que un fiel reflejo de lo que hace Dios por nosotros: envía a Su propio Hijo para vencer y abrazar en amor todo odio. Aborrece tanto el pecado, que muere por él. Ama tanto al hombre, que cree que vale la pena salvarlo. Todos los católicos estamos llamados a hacer lo mismo.

P. Pablo Pich-Aguilera