Un encuentro con Jesús

Normalmente cuando empiezo a escribir ya sé qué tema voy a tratar y me hago un pequeño esquema para no irme por los cedros de Úbeda. Pero hoy no lo voy a hacer así, no sé porqué siento que Jesús no quiere que hable de lo que tenía pensado, es más parece que prefiere que hagamos un poquito de oración juntos (pensándolo bien es muy buena idea ya que estamos en Cuaresma)

Es curioso cómo Jesús en cada momento, cada día, te invita a seguirle. Creemos que, una vez casados o en mi caso, ordenado sacerdote, ya no tenemos porqué estar atentos a la voz de Jesús porque “como ya nos ha dicho lo que quiere y nos está bien”. Pero resulta que Jesús cada día nos vuelve a llamar y cada día aguarda a que le respondamos ¡Hágase! Porque, como dice la canción “estoy a la puerta y llamo, esperando a que me abras” y, ¿qué pasa si no le abrimos? Pues que se queda aguardando a la puerta a que decidamos abrirle.

San Ignacio de Loyola es el maestro del examen de conciencia. Este examen es un repaso que se suele hacer por la noche y vemos cómo ha ido el día. Hay gente que lo tiene mal entendido y cree que sólo sirve para ver lo mal que hemos hecho y pedir perdón. Es cierto que esto sería un punto del examen pero es mucho más. El examen de conciencia es un momento de oración con Jesús, con la Virgen. Yo me lo imagino como esos ratitos que se tienen en familia en el que no hay móviles, ni tele, ni visitas… estamos todos los de la familia y nos contamos qué tal ha ido el día: los niños hablan del cole, sus amigos, si se han discutido o si les ha pasado algo gracioso. Los padres escuchan atentos porque todo aquello que es importante para sus hijos también lo es para ellos. Al escribir esto tengo la tentación de pensar que en muchas casas ya no se hace esto, ya no se dialoga en familia, ya no se ponen las cosas en común… pero bueno esto sería tema para otro artículo, por ahora vamos a seguir escribiendo como si la vida familiar fuera lo más común y lo más valioso que tenemos. Entonces el examen de conciencia sería esto, al final de la jornada nos sentamos con Jesús, con la Virgen y les vamos contando las alegrías, las penas, las anécdotas del día. Ellos escuchan porque todo lo nuestro les interesa y también en cuanto algo no está bien nos lo hacen ver para nuestro bien. Es el momento de darles gracias por tantos regalos que seguro nos han hecho durante el día y el momento de darles todos los besos que no les hemos dado durante el día, pues todos llevamos una vida muy acelerada.

Visto así, el examen de conciencia deja de ser algo pesado, una práctica en la que nos desmoralizamos porque vemos que siempre caemos en lo mismo y por muchos propósitos que hagamos de nada sirven. Visto así, el examen se convierte en ese rato de oración que estás deseando tenerlo durante todo el día, esperas con ilusión que llegue la noche, durante el día vas pensando “uy, esto se lo tengo que contar a Jesús”, y cuando llega el encuentro sabes a qué hora empieza pero no sabes cuándo va a terminar.

Y es que debemos dejar de ver la oración como una carga pesada, como una obligación. Quizás si se te hace pesado hacer oración, es porque aún no has tenido un encuentro de verdad con Jesús, no has experimentado su amor, no lo conoces… Si es así, sólo te digo ve a Él, díselo, dile: Jesús quiero verte, quiero sentirte, quiero notar tu presencia. Ya me contarás qué tal.

Antonio María Domenech