Carta a los cristianos que sufren

Primero hay que tener en cuenta que todo lo que sucede en el mundoDios sabe que va a suceder. Existe el sufrimiento, y Dios lo sabe.

Si Dios se olvidara de las personas de la tierra, sería algo contradictorio y, en realidad, no existiríamos. Es decir, crear algo (que no le aporta nada, la creación es fruto toda de su bondad, pues en nada le mejora) para luego olvidarse de eso mismo que ha creado sería impensable en un Dios. Partimos de que Dios es justo, pues en Él, por su propia naturaleza no cabe mezcla de mal. Es el Ser en el que su esencia (lo que es) está completa, por tanto, es perfecto. (Perfecto significa pleno, acabado, que no puede tener más ser del que ya tiene, o sea, mejorar, puesto que nada le falta).

¿Entonces para Dios es imposible mentir o engañarnos? Sí, pero no solo eso, sino que es contradictorio, porque no puede ir contra su esencia. También es imposible que pueda hacer el mal o que pueda quererlo. 

Te preguntas, ¿por qué personas buenas (o no buenas, da igual) sufren?
Lo primero, como ya hemos dicho, es que Dios no hace ningún mal a nadie. Sino que tan solo lo permite, que no es lo mismo que querer.

-¿Por qué? Únicamente para conseguir un bien aún mayor.

Existen dos tipos de males:

  1. El mal que procede directamente del hombre y tiene consecuencias dolorosas, como el aborto, asesinatos, injusticia, terrorismo, guerra, soberbia, odio, etc., (llamado mal moral, que proviene del pecado).
  2. Por otra parte, el mal natural: (terremotos, huracanes, enfermedades diversas, incendios, catástrofes fortuitas…).

El segundo es causa del precio que hay que pagar por la autonomía que Dios ha dado al mundo: es decir, Él no está directamente interviniendo, sino que lo deja hacerse a sí mismo. Lo ha dotado de leyes que rigen el orden natural. Y en su desarrollo, emergen sobre todo cosas buenas, pero a veces también malas, por la limitación de los seres (ya sea inanimados o animados) creados. Siempre habrá en el universo un cierto caos opuesto al orden, una cierta desarmonía, hasta que el mundo entero sea transformado después del Juicio Final.

El primer mal, el mal moral, es producto de un bien aún mayor: la libertad.

¿Para qué nos da Dios la libertad si con ella vamos a sufrir? Si no hubiera libertad, es verdad, no habría pecado, porque estaríamos ya determinados, no podríamos actuar libremente, obligados a cumplir un fin ya estipulado de antemano, aunque no por nosotros. Pero tampoco existirían numerosas cosas buenas, que son infinitamente mejores que el mal, como el amor, la misericordia, la bondad… No tendríamos tampoco el premio eterno, el Cielo, estado de completa felicidad: el Cielo es aquello que ni ojo vio ni oído oyó, que no podríamos conseguir en ningún caso sin libertad. Sin esta, no podríamos ser tampoco felices, pues seríamos meros autómatas. Y entonces la Creación no tendría ningún sentido. Porque nuestro fin último es alcanzar la felicidad.

Precisamente, la fe es crucial en los momentos especialmente dolorosos, pues se pueden producir dos hechos: o la tomas definitivamente o la dejas. No te alejes de Dios, sobre todo en tu sufrimiento. Tu dolor es parte de la cruz de Cristo, Jesús te pide que le ayudes a cargarla. Él ha visto cada lágrima derramada, cada penuria sufrida, todo el dolor que has atravesado, y te recompensará en el Cielo con creces. Nada que se sobrelleva por amor a Él queda sin recompensa.

El dolor no es un fin en sí mismo, el dolor de ahora solo es parte de la felicidad futura. No tiene la última palabra. El dolor te quita las seguridades, tiene un deje de pánico. Pero porque Dios nos ama nos concede el dolor de sufrir, “los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen perfectos (C. S. Lewis)”.

Es importante no ser una persona triste porque llevamos, en el alma en gracia, a Cristo; por eso no da lo mismo estar una hora en gracia o en pecado mortal, la diferencia es abismal. Hay que confesarse. Que Dios nos limpie el alma. La gente no lo hace por ignorancia, o por vergüenza, pero es tan necesaria…

El mejor sitio para llorar es el oratorio. Todo esto que te digo, se mira con distintos ojos dependiendo de la fe que tengas, que es un don de Dios, yo le pido todos los días que me la aumente. Pídeselo. La fe da sentido a muchísimas cosas.

Llora ante Él, cuéntale tu angustia. Dios no se olvida de nadie: ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49, 15). Si te parece que te está pidiendo mucho, solo te pide uno, pero te dará, si no en esta vida, en el cielo, el ciento por uno. No lo olvides.

Jesucristo llevó a cargas en el madero todos nuestros pecados. Pues algo similar pasa con nosotros, nuestro sufrimiento es nuestra cruz, nuestra carga. Dice: Quien quiera seguirme, que cargue con su cruz y me siga, pero también: venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados, que yo os aliviaré, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Es que el amor hace liviano el sufrimiento. La cruz es medio de salvación.

Quien confía en sus propias fuerzas y rechaza a Dios es víctima de la opresión del hombre y cae en la amargura y la desolación. Porque todos esos que buscan placer en una vida vacía, vuelven luego pidiendo ayuda, saciados hasta el hastío de sus pecados. Pues claro que ser cristiano, seguir a Cristo merece la pena. Él lo es todo. Ha venido a la tierra para unirse a todos y cada uno. Claro que importa mantener la unidad de la fe en Cristo. No da igual que uno se haga un cristianismo a su medida, tomando elementos de aquí y allá, porque en realidad estaría engañándose, alejándose de la voluntad del Dios único.
Si aceptas la cruz de Dios como muestra de Su amor, escucharás las palabras de Jesús: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Cuando la esperanza se ha perdido, que es lo último que se pierde, la vida queda sin sentido, por eso un católico nunca la pierde. Los malos momentos, temporadas, aunque te parezca que duren mucho, siempre pasan de largo. Después de la tormenta siempre llega la calma y la paz. La duración de nuestra vida es insignificante con respecto a la eternidad que nos aguarda. La cruz es un regalo para hacerte santo.

Dios da cargas distintas a los seres humanos según su capacidad de aguante. Él no te pediría nunca nada que no fueras capaz de soportar (apoyado en su gracia). Confianza en Él, eso es tener fe, pese a todas las dificultades. Si caemos, caemos en sus manos. En un cristiano no hay cabida para la tristeza y menos aún para la desesperanza y el sinsentido de los que viven sin Dios.

Nosotros somos templos del espíritu Santo, los que vivimos habitualmente en gracia, participamos de la vida divina, del mismísimo Dios, “vivir con el corazón en el cielo, pero los pies en la tierra” esos son los santos. Hablar de alegría no significa ignorar el sufrimiento, sino de encontrar un significado a todo eso. Y el cristianismo te da ese significado. Este es un mundo acosado por el pesimismo y las lamentaciones, porque nadie que no sea cristiano entiende el sufrimiento, no puede entenderlo, nunca podrá. En Jesús se entienden nuestros padecimientos.

Dios no nos deja solos, todos los días se hace cuerpo y sangre para que podamos recibirle. No se olvida de nosotros, aunque a primera vista pudiera parecer que sí. Cristo nos pide más fe, él mismo dijo que es muy pequeña (si tuvierais fe como un grano de mostaza…). Cuando desciende del Cielo en la consagración durante la Santa Misaquiere entrar en nosotros, y colmarnos con su amor. Vayamos a comulgarle.

Un corazón egoísta no tiene cabida en el Cielo. No se puede intentar entender a Dios con la inteligencia, quien lo intente caerá en el desánimo. Pues su sabiduría sobrepasa infinitamente nuestro pequeño entendimiento. En cambio, nos ha dado un corazón con el que sí podemos entenderle, amándole: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén», digamos con piadoso ardor.

Voy acabando: solo hay un mal irremediable, el infierno. Sí, no pido disculpas por mencionarlo, por lealtad con la verdad que Dios nos ha revelado. No se trata de atemorizar a nadie, todo lo contrario. El infierno es la soledad eterna del odio, la rabia en el sepulcro de la soberbia. Eso es separarnos voluntariamente de Dios. Aquí no lo experimentamos así, porque muchas criaturas nos invaden, y parece que solapan ese vacío que hemos creado en nuestra alma. Pero cuando llegue la muerte, todas las criaturas desaparecerán, y nos quedaremos cara a cara con el Creador, no habrá «nada» más en que apoyarnos. No podremos escapar de la verdad patente a nuestros ojos. Dios ama incluso cuando condena (Padre Orbe). Nosotros le obligamos a condenar. Le obligamos a aceptar nuestra decisión de vivir eternamente instalados en el mal. Por eso, vivir ahora separados de Dios, vivir en pecado mortal, es tan nefasto. Si vivimos en gracia, la Vida está en nosotros, y podremos tener firme esperanza de llegar al Cielo, donde toda lágrima será enjugada, donde no habrá llanto, ni luto, ni gritos de dolor o de fatiga. El sufrimiento de ahora no tiene comparación con la gloria que nos espera en el Paraíso. Cristo quiere almas que se unan a su Pasión, para convertir cada dolor ofrecido en gracia de salvación que distribuya por todo el universo.

Omnia in bonum! (Para los que aman a Dios, todo sirve para su bien Rm 8, 28).

P. D. La fotografía la tomé hace unos años de mi barrio. La belleza admirable de algo tan minúsculo como una rosa es capaz de restañar la herida del dolor con el bálsamo de la bondad. Permite creer en que el bien es una llama poderosa, inextinguible.

Escrita por Francisco Javier Garrido Delgado en el blog que lleva su propio nombre