Hablando de Jorge

    Hoy he vuelto a releer las conversaciones que tuve con Jorge Ribera. Bromeábamos bastante.

    • Camino del Resort, a ver si me dan drogas duras y el rechazo se relaja un poco.
    • No entiendo cómo una persona tan agradable como tú puede provocar rechazo.
    • Jajaja, será la envidia.

    Jorge tiene un sentido del humor estupendo. Él decía que para batallar bien, no sólo había que rezar, también había que llevar una sonrisa cargada siempre.

    Y llevaba un montón en la recámara, porque su vida era como las nuestras, con sus problemas cotidianos. Le costaba como a todos, levantarse y ponerse a trabajar.

    La leucemia le salió al encuentro muy joven, era un adolescente. Cuando se enteró hizo lo que haría tantas y tantas veces, primero disfrutar ese momento con la familia, viniera lo que viniera después, luego aferrarse a Dios y luego, ya sí, ir dócilmente al hospital, su campo de batalla.

    A Jorge le gustaba Maldita Nerea. Un día compartió una de sus canciones favoritas:

    No eres el miedo que queda

    Eres la vida que das.

    Y llegó sin avisarte

    Y llegó sin preguntar

    Y en tus ojos adentrarse

    Y tu libertad llevarse

    A donde nunca quiso entrar.

    Y se trajo el frío a casa

    Y las ganas de llorar

    Y se atreve a andar diciendo

    Que ya no te queda tiempo

    Y que te tienes que marchar

    Pero tu amor puede más, puede más.

    Jorge sabía muy bien a quien se enfrentaba, no era la enfermedad su enemiga, sino el desánimo.

    Y contra él presentó a diario cada batalla y las ganó todas. Cuanto más dura era la situación, más crecían sus ganas de vivir.

    Le encantaba estar con sus Amigos, así, con mayúscula. Tenía unas amistades impresionantes, les quería con locura y ellos a él. En cuanto cogía un poco de fuerza las volcaba en ellos, en su familia, en todos.

    Decía muchas veces que nos tenía abandonados cuando pasaba un tiempo fuera de las redes. Pero no era verdad, estábamos siempre con él, nos llevaba a cada uno en el corazón.

    La enfermedad se convirtió en la carta con la que le hablaba a Dios de nuestras necesidades. Día tras día, línea tras línea. Cada pinchazo era un punto y seguido, cada aspirado de médula un nuevo párrafo y cada sesión de quimio, un paréntesis.

    También buscaba momentos en los que estar solo, como el Señor. Entonces montaba en su «pequeña» y hacía unos kilómetros, sintiendo el viento y saboreando su libertad.

    Jorge era libre, completamente libre. Libre para gritar al mundo lo que pensaba y lo que creía. Y libre para expresar lo que sentía.

    No tenía problemas en decirnos cuando estaba preocupado, o cuando se sentía débil. Al revés, en esos momentos era plenamente consciente de que tenía un ejército en la tierra y en el cielo del que podía disponer.

    Y nos pedía oraciones. Y con esas oraciones se llenaba los bolsillos. Con ellas le llevamos día a día a hacer los exámenes. Con ellas tomo pizzas y se bañó en la piscina, dio charlas y entrevistas, y con una maleta de ellas se marchó a Tierra Santa.

    La gente me decía que pensaban que Dios no escuchaba nuestras oraciones por Jorge, pero la verdad es que sólo en el cielo sabremos cuántos días le «arrebatamos» a Dios para que estuviera más tiempo con nosotros.

    Él era tan consciente de esto, que no desaprovechó ni un día para hacer lo más importante que existe: amar.

    Con su amor promovió campañas de recogida de fondos para investigar contra el cáncer, y organizó a su ejército en torno a sus queridos smile soldiers: niños y muchachos enfermos como él, a cuyo alrededor desplegaba trincheras de miles de personas, que oraban por él y por ellos a lo largo de todo el Planeta.

    Jorge era católico y también universal. Era Iglesia viva y si, puedo decirlo, santa. Enamorado de la Virgen, con la que se hizo fotos, como las que nos hacemos con las personas que más queremos.

    Y devoto de Don Álvaro del Portillo, al que le tenía mucho cariño. El Beato le debe unos cuantos milagros a Jorge, aunque sólo sea por la difusión que le ha hecho, que es impresionante.

    Jorge estudió magisterio. Las prácticas las hizo en el colegio de M. Inmaculada. Quería ser maestro. Uno de los buenos, de los que llevan trufas al departamento para agradecer el trabajo que hacen a todo el equipo. De los que inspiran y animan a esforzarse y a estudiar. Muchos chicos se preparaban en salas de estudios empapeladas con fotos y mensajes de Jorge.

    Quería ser maestro, pero no era consciente de que ya lo era. Un maestro de santidad. El doctor de la sonrisa. Los buenos maestros te enseñan muchas cosas para esta vida, pero los maestros santos te enseñan muchas más para la otra.

    No puedo enumerar la cantidad de gente que empezó a rezar gracias a Jorge. Y muchísimas otras que ofrecieron sacrificios. Pidiéndonos rezar por él, nos ayudó a ser santos.

    Y nos enseñó a contemplar la vida desde otra perspectiva. Su gran pasión era la fotografía, y se le daba muy bien. Con el ojo en el objetivo captaba el instante perfecto. Sus fotos son preciosas, llenas de luz y de detalle.

    Le pedí una para poder tenerla en el oratorio de mi casa para que me recordara como debo ver la vida, con todos sus matices. No pudo ser. No importa, me conformo con que me siga desde donde está, ajustando mucho el zoom.

    Ayer fui a una adoración muy especial, el sacerdote estaba contando que nuestra vida se parece a la de un boxeador, porque que a veces la vida te golpea muy fuerte, una y otra vez, y parece que no queda otra que rendirse. Pero fijaos: el boxeador no es el que tira la toalla. El que la tiene que tirar es el entrenador.

    Así que no queda otra que luchar, sabiendo, además, que tenemos el mejor de los entrenadores, que confía en nosotros y tampoco la tirará. Nunca nos dará por vencidos.

    Y así es Jorge. Él había entendido esto y por eso se convirtió en uno de los mejores luchadores. Simplemente, la opción de rendirse no existía. Y por eso fue venciendo asalto tras asalto. Consiguiendo una victoria tras otra. Nada pudo con él. Venció.

    Y tras el último de los asaltos, vio que toda su vida había sido buena y descansó.

    Te lo ganaste, Jorge. Te ganaste el aplauso de todos. Siempre serás nuestro campeón.

    Feliz día Mundial de la Sonrisa.

    Chiti Hoyos