Coronavirus, los primeros cristianos y Dios

En los siglos pasados, cuando el estandarte del Águila campeaba por el mundo occidental, y Jesucristo había ya subido al Padre, la civitas romana se veía asolada en ocasiones por la úlcera de la peste. Entonces, sin recursos médicos que pudieran contravenir los nocivos efectos de la pandemia, los gentiles más pudientes huían acobardados y temerosos, abandonados por sus deidades, de las urbes, en un intento, ineficaz muchas veces, de evitar el contagio, arrastrando consigo a los médicos de familia (quizá más por inercia que por verdadera confianza en sus cualidades).

Los menos bendecidos en materia económica por la providencia de las deidades paganas quedaban condenados al ostracismo, paradójicamentes desterrados al confinamiento de su ciudad desolada. Entonces, con ellos, víctimas inocentes, el virus se ensañaba cruelmente, mientras sus gritos eran desoídos por los estamentos de los adinerados. Hasta tal punto llegaba el amor por la propia vida que los padres abandonaban a sus hijos enfermos y sus hijos enfermos dejaban a sus progenitores contagiados en el lecho de muerte. Dos de las epidemias más mortíferas, las del año 165 d. C y las del año 251 d. C, causaron ciertamente estragos vastísimos a la población romana, y las virtudes de que hacían gala, como el tan manido heroísmo que les había conducido a la conquista de tierras numerosas, quedaron en el más trémulo entredicho.

Hago esta somera descripción para dirigir tu atención, querido lector, hacia lo que me interesa: como he dicho, Cristo había ya venido al mundo a distribuir su gracia salvadora, eficaz y transformadora del corazón de los hombres. Sus discípulos, los primeros cristianos, llevados de la mano del Espíritu Santo, actuaron en verdad de manera heroica, pues ellos no despreciaron a los enfermos con tal de salvar a toda costa su vida, y permanecieron en las urbes, asistiendo con valor divino a los necesitados. Eran conscientes de que podían sucumbir al contagio de la peste, pero Dios les daba vigor y fortaleza para resistir firmes, y también les infundía una esperanza sobrenatural, con la cual no estimaban como los paganos la vida temporal, que la alzaprimaban por encima de todo, sino que sabían que estaban destinados al Cielo, y que antes o después morirían, y que nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13).

Hoy nos amenaza el coronavirus, y yo me pregunto, ¿cuál es nuestra actitud? ¿La del miedo terrorífico, capaz de invadirnos de incertidumbre, y hacernos mirar con sospecha al prójimo, olvidando que tiene la misma dignidad que tú? ¿Acaso desconocemos las palabras de Cristo, Nuestro Señor, que no pasarán aunque pasen el Cielo y la Tierra: vuestros cabellos están todos contadosAsí que, no temáis (Mt 10, 30)?

Vivamos confiados en Nuestro Padre del Cielo, con gran paz en el alma, pues estamos en sus manos, y el momento de nuestra muerte llegará cuando Él la permita, cuando la haya fijado desde la eternidad. Vivamos, por tanto, en gracia de Dios, evitando todo pecado, y pidámosle el don de fortaleza y sabiduría para olvidarnos de nosotros mismos, de nuestros egoísmos, hasta dar la vida por él: el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la salvará (Mt 10, 39). No olvidemos a nuestros enfermos, cultivemos la virtud de la escucha atenta y paciente. ¡Tantas personas necesitan solo que las escuchen con espíritu comprensivo!

Señor, auméntanos la fe.

Publicado por Francisco Javier Garrido en su blog personal