Conviene decirlo cuanto antes mejor: vivir en el mundo es lucha, conflicto, tensión, exigencia, falta de descanso y todo lo demás. No por hacer desesperar y desistir a nadie antes de tiempo, sino por involucrar activamente desde el inicio de la existencia. La misma vocación que Jesús hace a aquellos pescadores (Pedro, Juan, Santiago, Andrés) es eso, renuncia de su mundo. Lo mismo que sucedió en el encuentro con María en Nazaret o María Magdalena en su situación. Toda llamada es llamada a la conversión, a dejarlo todo, pese a los miedos e inseguridades. (Entre paréntesis: Nunca hablamos de si María siguió adelante con temor y temblor o sin él, normalmente damos por supuesto que se calmó su corazón apaciblemente, y yo tengo mis dudas sobre ello.)

La cuaresma es un tiempo de sabiduría eclesial e intemporal, que nos sumerge en prácticas ascéticas que pretenden disponernos para los acontecimientos definitivos. Algo así como lo que hace todo atleta profesional en su día a día, pero especialmente en la preparación inmediata. Buscar lo mejor de sí es buscar el límite de lo posible. Aquello que supone o bien un reto, o bien un miedo infranqueable. Esto es ayuno, especialmente de sí mismo, y no de cosas.

La cuaresma supone la voluntad que se dirige hacia una meta, que tiene un objetivo. En cristiano, el objetivo es siempre respuesta a un diálogo. No una conversación de acuerdos, sino la capacidad de recibir de Dios. ¿A qué estamos dispuestos en todo esto? ¿A los mínimos que nos conformen con lo esperable, o a lo inesperado que supone hablar con Dios? La oración es ese diálogo, en el que no caben mínimos, pero se acoge a cada persona como es. Pura contradicción y paradoja. Nos situamos ahí, en que cada persona en su momento habla con Dios, a puerta cerrada, en lo escondido de su corazón. Esa conversación, para ser de verdad conversación y no acuerdo, se produce en la autenticidad, en la libertad de expresión máxima, en el diálogo más íntimo posible, donde no es posible ni guardarse ni reservarse nada.

Por último, una pregunta: ¿en qué queda todo esto?

Descubrimos, desde la negación y el diálogo, que la apertura al otro, especialmente al otro sin condiciones, nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos. No es la limosna de las monedas, sino el compartir de la propia riqueza. Lo que Isaías preguntó, volviendo al inicio: ¿Cuál es el ayuno que Dios quiere? El mismo Isaías responde: El retoño que brota del tronco de Jesé, la proximidad llevada a la reconciliación y la paz, que es lo más desconocido.

¿No será la Cuaresma la preparación para nuestra meta? ¿Cuál es nuestra carrera, estamos andando sin más, como quien se pasea o corriendo para dar lo mejor, ser semilla para otros?

Josefer Juan

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