Además

La perfección de la santidad

En el evangelio de este domingo el Señor nos anima a ser santos diciéndonos: Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?

Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 38ss).

Indudablemente esto es difícil. Cuentan que la hermana de Santo Tomás de Aquino le preguntó una vez al Santo:

¿Tomás que es lo que hay que hacer para ser santo?

Y Santo Tomás le respondió: Quererlo.

Lo más importante para ser santos es quererlo. Y si uno lo quiere lo pide, porque no está en nuestra mano.

Es conocida la historia, que relata un autor irlandés, de un diablo inexperto que se inicia en su trabajo tentando a un ser humano.

Pero este diablo novato fracasa en su intento, tanto es así que el hombre al que el demonio tienta tiene una conversión espiritual.

Entonces el diablo escribe una carta lacrimógena a su experimentado tío, contándole la historia.

Su tío le anima diciéndole: No te preocupes, tiene arreglo. Ahora que cree en Dios, intenta que se haga una idea falsa de Dios.

Tú y yo estamos aquí porque creemos en Dios. Pero tenemos que preguntarnos: ¿qué idea tenemos de Dios?

Qué es lo que pensamos que Dios quiere de nosotros. Quizá estás aquí porque quieres mejorar. Buscas ser mejor. Eso es bueno.

Hablando con un chico joven, químico, me dijo que él pensaba que la santidad consistía en la perfección… Fue haciendo deporte.

Efectivamente algunos piensan eso. Y luchan por no tener fallos. Sufren por sus defectos. Piensan que su vida es como una gimnasio donde hay que hacer ejercicio. Como si hubiera que hacer pesas. Y alcanzar, con esos ejercicios, una meta egoísta.

Precisamente eso es la vigorexia, una enfermedad mental que, a los hombres, les hace estar obsesionado con tener músculo y estar en plena forma. Si uno vive pensando en no tener fallos, acaba mal de la cabeza. Es lo que los siquiatras llaman el anancástico, el perfeccionista.

La misericordia

Los santos no vivían obsesionados con la perfección, porque eso les hubiera apartado de Dios y hubieran caído en enfermedades mentales.

En uno de estos libros de autoayuda encontré una frase que erróneamente se la atribuyen al Señor. Dice el escritor que Jesús le dijo a sus discípulos: Si queréis ser perfectos, nunca me entenderéis.

Evidentemente estas palabras nos la dijo el Señor, pero la idea es muy aprovechable: Si queréis ser perfectos, nunca me entenderéis.

Gracias a Dios los santos siempre han tenido defectos: murieron con ellos. Las palabras exactas que el Señor dirigió a sus discípulos es que fueran perfectos como su Padre celestial es perfecto.

No les animó a que no tuvieran fallos, como su Padre no los tiene, sino que les dijo: sed perfectos a la manera como mi Padre es perfecto.

En otro punto les aclara la manera cómo su Padre es perfecto: sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso.

Dios es misericordioso. Él, que está aquí, carga con nuestra miseria. No todas las semanas sino todos los días. Y esta es la perfección que nosotros hemos de conseguir.

Buscar ser mejores es bueno pero que eso no nos lleve a estar centrados en nosotros mismos en nuestra perfección.

La perfección no está en nuestra perfección sino en nuestra misericordia. En qué pensamos habitualmente en lo que nosotros aportamos o en lo que nos aportan los demás.

Hacer como nuestro Padre del cielo, que no sólo hace cosas por los buenos sino por todo el mundo. También por los malos. La razón es porque Él es bueno, porque es misericordioso. Un santo es el que tiene corazón grande, no mezquino, pequeño.

Y un cristiano tiene que intentar ir por ese camino. Llevar la miseria de los demás, todos los días. Porque así se porta Dios. Por eso los santos son personas amables, cordiales, que no devuelven mal por mal. Uno puede tratar bien de vez en cuando a los demás. Para hacer eso basta ser un poco buena persona. Pero, para devolver bien por mal continuamente hace falta rezar.

Centrarnos en Dios y en los demás

Con frecuencia nuestra oración nos sirve para descentrarnos de nosotros mismos y centrarnos en los demás: en primer lugar en Dios.

Es muy bueno que en la presencia de Dios hagamos un balance, un resumen del cuatrimestre pasado.

Algunos podréis el foco en las notas que habéis sacado. Otros se fijarán más en los nuevos amigos.

En el Colegio Mayor donde vivo, en la comida me estuvieron contando alguna anécdota. Un chico me dijo: Después de un examen estuve cruzando un paso de cebra y una persona se agachó y cogió del suelo un billete de 50 euros. Venía tan aturdido por el examen que no me fijé.

No podemos ser despistados, porque nos perdemos mucho. No olvidarnos que en Granada estamos cruzando un paso de cebra. Hay personas que están descentradas. Para eso hacemos oración.

Hay personas que van a lo suyo, en sus estudios y pierden oportunidades. La oración nos sirve para llamarnos la atención sobre los billetes de 50 euros que nos encontramos por el camino.

Ya tenemos dos ideas: la primera es que no se trata de ser buenos nosotros sino de ocuparnos de los demás. Y sobre todo de los que tenemos al lado, en nuestro paso de cebra.

La tercera idea es que debemos que ser pacientes. El ser humano no es un ser estático, sino que va cambiando. Y como dice el poeta el hombre es un Además. Te leo el poema:

ADEMÁS

Ya tengo sitio

en el mundo:

he aprendido a vivir.

Ahora toca

no retroceder,

porque

todo hombre

es un Además.

Llega la juventud,

después

la madurez

y luego…

siempre y

en todo

habrá

un además…

Sigue la Vida

en un continuo

crecer

hacia un

infinito y eterno

además.

Nosotros tenemos nuestro ritmo y los otros el suyo. No podemos decir: ya la conozco, o ya lo conozco. No. Una persona continuamente Va cambiando para bien o para mal. Normalmente para bien.

Porque el ser humano es un además y el que no avanza retrocede. Nosotros conocemos a una persona en un tramo de su vida: en su juventud, en su madurez, en su infancia. Hay que tener paciencia y ayudar para que mejoren. Para eso estamos en Granada para encontrar a Dios en los semáforos y 50 euros en los pasos de cebra.

P. Antonio Balsera