Testimonio de un seminarista. Borja Moreno

    Mi nombre es Borja, tengo 24 años y estoy en el quinto curso de estudios teológicos en el Seminario Diocesano de Ciudad Real, donde me preparo para ser sacerdote.

    Desde muy pequeño el Señor ha estado presente en mi vida a través, sobre todo, de la figura de mis abuelos y de mi madre. Gracias a ellos siempre hemos crecido mi hermana melliza y yo conociendo la importancia de Dios en nuestra vida y lo mucho que el Señor nos quiere, pues Él nos lo ha dado todo. Muy pronto comenzamos la catequesis en nuestra parroquia y todos los domingos íbamos juntos a misa y, gracias a Dios, puedo decir que me he criado en un ambiente religioso y lleno de cariño.

    Un acontecimiento que marcó un antes y un después en mi vida cristiana y, posteriormente vocacional, fue que con doce años empecé a estudiar en el colegio de los Salesianos aquí, en Ciudad Real, en ese momento fue donde comenzó todo. Muy pronto me fascinó la figura de Don Bosco, un sacerdote santo que entregó toda su vida para que los jóvenes fueran «buenos cristianos y honrados ciudadanos». Allí empecé a hacer grandes amigos con los que me juntaba en el Centro Juvenil del colegio, donde jugábamos al futbolín, al billar, teníamos catequesis, oración y hacíamos teatro, ¡era un ambiente maravilloso! Pronto empecé a compaginar la vida y la catequesis en mi parroquia y en los salesianos.

    Todo esto fue una oportunidad también para conocer a los sacerdotes salesianos que nos acompañaban y nos querían, y así comencé también a tener acompañamiento espiritual, algo que fue importantísimo y determinante en mi discernimiento vocacional.

    Recuerdo que siempre había deseado formar una familia grande, con muchos hijos y ser un buen esposo y padre. Con esta decisión clara comencé a plantearme la importancia de Dios en mi vida y cómo yo debía vivir mi ser cristiano. Así, con quince años tenía director espiritual, doble catequesis (en la parroquia y en el colegio), y empecé a ir a Misa todos los días, pues si quería aclarar el papel que Dios debía tener, tendría que estar más con Él, y esto implicaba conocer también qué vida habría pensado el Señor para mí. Llegaba todas las tardes a la parroquia y me plantaba delante del Sagrario esperando que el Señor actuara en mi vida de alguna manera, así una y otra vez. Sentía en mí que el Señor me lo había dado todo, hasta su vida en la Cruz, y yo debía corresponder a ese amor de alguna manera.

    Recuerdo que de pronto, no sé por qué, empezó a despertarse en mí la pregunta: «¿Y si el Señor quiere que yo sea sacerdote?»; «No, no, no, estoy loco, ¿cómo se me puede ocurrir semejante barbaridad?», y le decía al Señor que si eso venía de Él, que me lo quitara, pero ese sentimiento no me abandonaba, al contrario, cada vez se hacía más fuerte.

    Yo no lo había hablado con nadie, ni siquiera con mi director espiritual, pues ¿cómo se me podría haber pasado por la cabeza que el Señor pudiera querer eso de mí? Nadie sabía nada, tan solo el Señor y yo. De pronto, cuando estaba en 1º de Bachillerato, un chico de la parroquia se marcha al Seminario, y eso me descolocó totalmente, un chico como yo había dicho que el Señor le llamaba a ser sacerdote y, por si fuera poco, al año siguiente otro chico de la parroquia también se fue, ¡era algo maravilloso, dos jóvenes de la parroquia eran llamados a la vocación sacerdotal! ¡Qué alegría! Y yo, mientra, seguía dándole vueltas a la cabeza y al corazón.

    Termino 2º de bachillerato, hago selectividad y ya había llegado el momento de ser claro conmigo mismo, con el Señor y también con mi director espiritual. Recuerdo que le escribí una carta larguísima contándole todo lo que yo rezaba y sentía, y él, que era muy listo, ya se lo olía todo. Era un momento crucial, pues podía empezar la universidad el curso próximo o podía  dar un paso y entrar en el Seminario para ver si era eso lo que el Señor realmente quería de mí. Tenía miedo, mucho miedo, pero con el Señor no hay que temer: «¡Sí, quiero entrar en el Seminario!» y con esa decisión fui a hablar con el Rector y con el formador del curso propedéutico. Gracias a Dios me acogieron con todo el cariño del mundo, y el día 15 de septiembre de aquel año 2014, día de la Virgen de los Dolores – y seguramente por eso nuestra Madre no me deja nunca – entré en el Seminario.

    Recuerdo anecdótico el momento en que le dije a mi madre que quería ser sacerdote. Llevaba tiempo queriendo contárselo, pero no era capaz pese a que sabía que ella iba a acoger aquella noticia como el mayor regalo que el Señor le podía hacer. Como no era capaz de contárselo, le escribí una carta, pero tampoco era capaz de dársela, hasta que un día me planté y, sin abrir la boca, alargué la mano y se la entregué; ella la leyó, se puso a llorar y me abrazó con todo el amor que una madre puede dar a su hijo.

    Doy continuas gracias al Señor por estos seis años que llevo ya en el Seminario y que me están ayudando a conocerle más íntimamente en los estudios de la Teología y en las experiencias pastorales. Darle la vida al Señor es una apuesta segura por la felicidad, pues no hay mayor alegría en el mundo que dárselo todo a Quien todo nos lo ha dado, únicamente por amor a Él  y al rebaño que pone en nuestras manos para acercarlo al Buen Pastor.

    Os pido a todos los que leáis esto que no dejéis de rezar por la santidad de los sacerdotes, por las vocaciones sacerdotales y, muy especialmente, que me encomendéis para que llegue a ser un sacerdote santo.

    Gracias a Dios y a mi Madre la Iglesia.

    Borja Moreno