¿Tú también eres un poco Simba?

Hay una película de Disney que, todo hay que reconocerlo, es muy bonita, que se llama El Rey León en el que el protagonista, Simba, es un rey sin corona, un heredero sin reino. Y se queda sin poder ser el rey león por culpa de Skar, un tío malvado que quiere quitarle el reino -y lo consigue-. Pero Simba creció sabiendo que él tenía que ser el rey león, como se ve en la canción que canta junto a Nala, su amiga, en la que se mofan un poco del loro consejero del rey. Pero por culpa de Skar, que mata al rey legítimo y se encarga de causar en su sobrino un trauma terrible, tiene que huir. De su vida… y de sí mismo.

Pero Simba, en lo más profundo de su corazón, sabe de sobra que él y no otro es el rey y, aunque se intenta olvidar y vive como si él no lo fuera, lo lleva tan adentro que, en cuanto aparecen, ya de mayores, Nala y el mono Rafiki, que le recuerdan quién es él en verdad no lo puede negar aunque parezca que lo intenta. Así, tras un par de aventuras y de luchas feraces contra su pasado y contra su tío Skar, logra volver a ser el rey que siempre debió ser. Pues bien, muchas veces los jóveves cristianos somos un poco como Simba: ¡hijos del rey! ¡hijos de Dios! ¡Absolutamente especiales para Dios! ¡Amados con locura por Dios! Pero alejados y sin ocupar ese puesto que deberíamos. Exacto: Jesús, como dice el Evangelio, nos ha elegido. Nos ha elegido como reyes, y más que eso, como hijos de Dios. Él creó nuestros corazones y conoce mejor que nadie nuestros deseos más profundos. Pero la vida, tantas veces, provoca que nos exiliemos y acabemos por dar la espalda a Dios, olvidándonos que Jesús nos ha concedido vivir como Simba siempre debió vivir, como hijos herederos del gran rey, hijos predilectos del buen Dios.

Hay un momento de la peli en el que Rafiki le dice a Simba que su padre está en él, en su interior. Eso es lo que hace la catequesis y la formación integral de las personas en nosotros: nos deja una huella imborrable que, tarde o temprano, saldrá. Una huella de paz y alegría… pero sobre todo de amor, del Dios que es amor. Y esa es nuestra esperanza.

Ese recuerdo inolvidable saldrá a nuestro encuentro cuando menos lo esperemos, incluso en esos momentos en que parece que hemos perdido de vista definitivamente quiénes somos, los hijos herederos del rey del mundo. Dios pondrá un Rafiki en nuestras vidas y recordaremos quiénes somos: hijos de Dios cuyo hogar, cuya paz del corazón, está en su amor.

Por eso son tan importantes los tiempos litúrgicos fuertes como la Cuaresma que se nos avecina: es tiempo de conversión, de vuelta a aquello que fundamenta de veras nuestra vida, de eliminar todo lo supérfluo que hemos añadido a las bases de nuestra existencia.

Afortunadamente, Dios no se deja ganar en generosidad y, así como en la película, al volver Simba a ser el rey, comienza a llover y a verdear, así en nuestras vidas, cuando volvemos los ojos a Dios, verdeará del mismo modo esa alegría, esa paz y ese amor que un día de niños -o no tan niños, cada uno tiene una vida diferente- recibimos. Sólo así, desde el amor recibido y gratuito, podemos construir una vida de amor plena.

P. Javier Peño