El mejor viaje de la vida

Alegría y testimonio

El camino del conocimiento parte de los sentidos. Esto es vital. Significa que la primera impresión puede ser fundamental, que lo más superficial puede hablar de algo más profundo, que lo visible trasluce lo invisible, que viendo un acto de amor, lo siento en mi interior. ¿Quién no se conmueve ante una Santa Teresa de Calcuta acariciando a un moribundo? La caricia habla de amor, amor encarnado como Jesucristo, que tomó carne humana para que a través de ella pudiéramos alcanzar a Dios divinizándonos.

Traslucir el amor de Cristo en nosotros es condición sine quae non. ¿Quién no se va a enamorar si me ve enamorado? ¿Quién podrá resistirlo? Hay algo profundamente contagioso en la alegría de vivir enamorado de Jesucristo. La libertad gozosa con la que actúa un cristiano es profundamente llamativa.

Suscitar preguntas

Difícilmente encontramos, en las conversaciones de Jesús, tajantes “consejos” o reprimendas (excepto a los escribas y fariseos). Su modo de conversar suele ser preguntando, proponiendo parábolas o algún ejemplo donde el interlocutor se sienta reflejado y pueda responder por él mismo a lo que propone el Señor.

Jesucristo es Maestro, y como tal enseña a preguntarnos, y quiere que lleguemos a las respuestas correctas. Y no nos abandona a nuestra propia inteligencia, sino que Él mismo se esconde detrás de las grandes preguntas y nos impulsa hacia la respuesta que es Él mismo para que podamos reconocerlo.

“¿Quién dice la gente que soy? ¿Y vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,13-16) Si llevamos a Cristo en nuestro interior, y lo mostramos con nuestra vida, cuando preguntemos a los demás quién es Cristo para ellos, verán en nosotros a Cristo que actúa en nosotros.

El deseo profundo del corazón

Un eminente testimonio de este deseo profundo, lo encontramos en la Samaritana, que reconoce que tiene sed de eternidad, sed de infinito, sed de Dios. Ese es el deseo profundo del corazón que Jesús logra sonsacarle.

San Agustín lo expresa de forma magnífica: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. San Agustín pasó largo tiempo de su vida preguntándose sobre la verdad, y pasó por distintas corrientes filosóficas, de pensamiento y religiosas (maniqueísmo). Finalmente encontró el descanso del corazón a través de la predicación de un obispo, san Ambrosio, que logró dar razones para que pudiera encontrar respuesta a las preguntas que tenía en su corazón.

Jesucristo

Conocer la figura de Jesucristo es fundamental, por ello la sitúo en el centro del artículo. Él es la clave: “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et Spes 22). Jesucristo, hombre perfecto y perfecto Dios, nos enseña a ser hombres y nos diviniza devolviéndonos a la comunión con Dios. Nos muestra nuestra vocación más profunda: ser hijos de Dios, llamados a estar con Él.

Vemos ahora tres caminos para seguir y conocer a Jesucristo: Sacramentos (Liturgia), Oración (Palabra de Dios), Moral (vivir en Cristo)

Liturgia, Trascendencia, Misterio y Belleza

La Liturgia es el medio por el cual “se ejerce la obra de nuestra Redención” (Sacrosanctum Concilium 2), y es el medio donde se expresa mejor “el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia” (SC 2). En los Sacramentos se nos entrega el mismo Dios, de la forma más plena. “Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica” (SC 7).

Es necesario que cuidemos profundamente la Liturgia, puesto que en ella tiene lugar la entrega del mismo Cristo. A Dios, que es Bello, nos acercamos también a través de la belleza. Cuando esta se pierde, se pierde también capacidad de captar a Dios. Cuidar la celebración litúrgica es un medio indispensable para que nuestro corazón, bien preparado, pueda encontrarse con el Misterio. El canto, los ornamentos, el silencio… hacen posible que nuestra mirada trascienda y penetre en ese Misterio.

La oración, camino de amor

Todos tenemos experiencia de amistades que se enfrían por la falta de contacto. Lo mismo pasa con Dios. Si no tratamos con Él, se apaga el calor de la amistad.

Mediante la oración, dejamos que Dios vaya dándose a conocer, se nos comunique y nosotros vamos dejándole entrar en nuestra vida. En el cara a cara con Él delante del Sagrario o con el Santísimo, a través de la lectura reposada de la Palabra, Dios se nos va mostrando y comunicando. Es una verdadera amistad, una relación personal e íntima. Así, por ser camino de amor, nos vamos sintiendo cada vez más atraídos hacia Su presencia.

Invitar a rezar, a abrirse a Dios, es un ingrediente que no puede faltar jamás.

La moral, vida en Cristo

Si bien a veces hemos presentado la moral como una carga, como leyes “arbitrarias” que se proponen pero que no guardan relación con Jesucristo, debemos romper con esa desatinada visión.

La moral no son solamente un conjunto de normas que he de cumplir, sino que son el camino que Dios me pone para alcanzar la unión con Él. Es decir, es condición de posibilidad para amar a Dios. En el obrar bueno (obrando la caridad), donde encontramos a Dios, pues Dios es Amor. Y por ser la Caridad virtud teologal, es don de Dios, de modo que voilà, nos encontramos que la moral no es el cumplimiento de normas sino el permitir que Dios mismo obre en nosotros por el Espíritu Santo, y así lo alcancemos. Entonces la moral ya no consiste en un “no hacer” sino en un “dejarse hacer” por el Espíritu Santo. El que se ha encontrado con Dios, se mueve espontáneamente hacia Él porque es movido por ese Amor que es Dios.

Y en Jesucristo, por su Encarnación, tenemos, como hemos dicho, el modelo de hombre que nos enseña a ser verdaderamente humanos y nos diviniza. Vivimos en Cristo movidos por el Espíritu, y con Cristo recorremos la distancia que nos separa de Dios y lo alcanzamos. ¡Tremendo!

En conclusión, dejarse encontrar por Cristo, conocer a Cristo, unirse con Cristo.

P. Pablo Pich-Aguilera